11 de enero de 2015

Las dos caras de Madame Récamier

Jacques-Louis David, Madame Récamier (1800), Museo del Louvre, París

Esta chica del cuadro es Madame Récamier, una de las mujeres más populares de la Francia postrevolucionaria. Jeanne Françoise Julie Adélaïde Bernard, Juliette para los amigos (entre los que nos incluiremos para ahorrar en letras), era la única hija de una familia burguesa de Lyon. Cuando cumplió quince años, sus padres la casaron con un viejo amigo de la casa, un banquero cuarentón y millonetis llamado Jacques-Rose Récamier. El buen hombre respetó siempre la castidad de su señora, que se negó en redondo a consumar el matrimonio (y eso que estuvieron casados casi treinta y siete años). Según las malas lenguas, Récamier era en realidad el padre ilegítimo de la moza y se habría casado con ella para que ella pudiese heredar su fortuna. En plena época del Terror, el pobre desgraciado veía peligrar su cabeza día sí y día también. El caso es que al final se libró de la guillotina y la pareja se estableció con gran pompa en París. Juliette se convirtió rápidamente en la chica de moda la capital. Su salón literario congregaba a los grandes intelectuales y artistas de la época y ella encandilaba a todos con su belleza y su forma de ser: dulce, modesta, encantadora, aficionada al arte y muy leída. Estaba siempre rodeada de admiradores que babeaban a sus pies sin ningún pudor pero, que se sepa con certeza, nunca se encamó con ninguno. Juliette no se acostaba con su marido, pero tampoco le ponía los cuernos.

Juliette Récamier tenía veintitrés años cuando le encargó el retrato a Jacques-Louis David, el pintor más reputado del momento. El artista la pintó recostada en un diván, con un vestido imperio blanco, que imita las túnicas clásicas, y el pelo recogido a la antigua. Los escasos muebles que vemos en el cuadro están inspirados en los que se habían encontrado en las excavaciones arqueológicas de Pompeya y Herculano (era la última moda en París). La mujer nos está dando la espalda, pero ha girado la cabeza para mirarnos. Esta postura, que más adelante copiaría Ingres en su Gran odalisca, hace que se establezca una distancia infranqueable entre la modelo y el espectador. Madame Récamier es un "mírame y no me toques", una belleza que solo podemos admirar de lejos, lo que la hace aún más deseable. El cuadro prometía mucho, pero al final quedó inconcluso. Las paredes y el suelo quedaron solo abocetados, con esas pinceladas sueltas de tonos ocres que hoy nos parecen casi impresionistas (pero que no lo eran). El artista trabajaba muy despacio, no acababa de estar satisfecho con el resultado y amenazaba con empezar todo el cuadro de nuevo. Juliette Récamier no lo veía claro. Su objetivo era que la inmortalizasen antes de que se le pasase el arroz, así que le encargó otro retrato a François Gérard, uno de los discípulos de David. Como era de esperar, al maestro le sentó como un tiro que un advenedizo sin experiencia le quitase el sitio y dejó el cuadro sin acabar, o bien la señora prescindió de sus servicios, no lo sabemos. El artista le pidió permiso a la dama para quedarse con la obra y la conservó en su estudio hasta el final de sus días.

François Gérard, Madame Récamier (1805), Musée Carnavalet, París

El retrato de Gérard no tiene nada que ver con el de Jacques-Louis David. Juliette Récamier vuelve a posar vestida de blanco, descalza y sentada en una butaca de inspiración clásica, pero esta vez no lo hace en un interior, sino en un porche o logia. En vez de darnos la espalda, nos mira con coquetería, dejando caer de sus hombros, como por descuido, el chal amarillo y uno de los tirantes de su vestido. Ya no es una mujer fría y distante, sino una joven accesible y cercana. Esta Madame Récamier es una mujer insinuante, de carne y hueso, que exhibe su belleza sin recato. El cuadro se lo regaló a uno de sus enamorados, el príncipe Augusto de Prusia, un sobrino de Federico el Grande que le había propuesto matrimonio. Era un mocetón guapo y bien plantado, y Juliette Récamier estuvo a punto de divorciarse de su marido para casarse con él, pero al final se lo pensó mejor y rechazó el ofrecimiento, dejando a Augusto compuesto y sin novia. En este cuadro de Franz Krüger, podemos ver al príncipe posando en su casa, frente al retrato de Gérard.

Franz Krüger, El príncipe Augusto de Prusia (h. 1817), Nationalgalerie, Berlín

Mientras tanto, el señor Récamier se había convertido en uno de los banqueros de Napoleón Bonaparte. Obligado a financiar sus ruinosas campañas militares, había perdido casi toda su fortuna. Aprovechando que muchas de las amistades de Madame Récamier eran enemigos declarados del emperador, el listillo de Napoleón invitó amablemente a la pareja a que abandonase París (y así de paso se libraba de tener que pagarle la deuda a un enemigo de la patria). Los Récamier estuvieron unos años exiliados en Roma y cuando regresaron, se instalaron en un pisito mucho más modesto. La popularidad de Juliette seguía intacta y su salón volvió a llenarse de intelectuales, entre ellos Chateaubriand, con quien parece que la dama tuvo un romántico affaire (algunos dicen que hasta con tocamientos).

¿Qué tenía Juliette Récamier para traer de cabeza a tantos hombres? La respuesta nos la puede dar este otro retrato que hizo de ella el escultor Joseph Chinard (existen varias copias, en mármol y terracota). Cronológicamente, este busto estaría situado entre el cuadro de David y el de Gérard, y la imagen que da de Juliette Récamier vendría a ser una combinación de ambos retratos. Por un lado, tenemos a una joven discreta y pudorosa, que no se atreve a mirarnos de frente y cubre su desnudez con un ligero chal. Por otro lado, a una mujer presumida y amante del lujo (fijaos en el elaborado peinado que lleva), que deja asomar con picardía uno de sus pechos. De cara a la galería, Juliette Récamier era la joven atractiva y sensual que vemos en el cuadro de Gérard, una mujer que hechizaba a todos con esa mezcla explosiva de carnalidad y recato, pero en las distancias cortas, cuando los admiradores se acercaban más de la cuenta, se convertía en la mujer fría y distante del retrato de David. Seducía, pero manteniendo las distancias (lo que en lenguaje coloquial viene a ser una calientabraguetas).

François Chinard, Madame Récamier (h.1801-1802

Esta galería de retratos de Madame Récamier quedaría un poco coja si dejásemos fuera estos curiosos cuadros del pintor surrealista René Magritte. Forman parte de una serie titulada Perspectivas, en la que el artista sustituía a los personajes de cuadros famosos por ataúdes (aquí tenéis otro ejemplo, basado en El balcón de Manet). Son divertidos e irónicos, pero también nos hacen reflexionar sobre la vanidad y la fugacidad de la vida. ¿Qué es lo que está enterrando Magritte? ¿Los estilos artísticos a los que pertenecían estas obras o el propio arte del retrato? ¿Qué sentido tiene dejar un retrato para la posteridad? ¿Puede el objeto sustituir a la persona que ha dejado de existir?

René Magritte, Perspectiva: Madame Récamier de David (1950), colección particular
René Magritte, Perspectiva: Madame Récamier de Gérard (1950), colección particular

9 comentarios:

  1. Un nuevo post que me ha enganchado hasta el final.
    Una abraçada

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    1. Una vida interesante la de esta señora :-) Gracias, Josep!!!

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  3. Me encanta. Felicidades por tus escritos.

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  4. Extraordinario texto. Te felicito.
    Francesc Cornadó

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    1. ¡¡Me alegro mucho de que te haya gustado, Francesc, y bienvenido!!

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  5. No me gusta tu lenguaje vulgar, hay que tener gusto hasta para llamar a alguien calientabraguetas.
    Mal mal.

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