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18 de julio de 2014

El lado bueno de Federico de Montefeltro (los retratos de Piero della Francesca)

Marga Fdez-Villaverde
Piero della Francesca - Díptico de Urbino - Federico da Montefeltro y Battista Sforza
Piero della Francesca, frontal del Díptico de Urbino (1465-1472), Galleria degli Uffizi, Florencia. 
Esta pareja tan seria que se está mirando a los ojos son Federico de Montefeltro, duque de Urbino, y su señora Battista Sforza. Federico era un condottiere, que es la forma fina e italiana de decir mercenario. Los condottieri estaban muy en boga en la Italia del Renacimiento, que estaba dividida en ciudades-estado. Vendían sus servicios al mejor postor y guerreaban por él hasta que llegaba otro que les pagase más. Algunos de ellos llegaron a tener casi más poder que los señores que les contrataban.

Además de oportunista y chaquetero, Federico de Montefeltro era también un humanista y un mecenas que convirtió su ducado de Urbino en un referente cultural de la época. Uno de los pintores que tenía a sueldo era Piero della Francesca, que retrató al condottiere y a su segunda esposa en este famoso díptico. Colocar a los retratados de perfil les daba prestigio, ya que era la postura típica de los poderosos en las medallas conmemorativas. Pero la elección de esta pose no se debía solo a eso. El duque obligó al artista a pintarle por su lado bueno. Y es que tenía el otro lado de la cara hecho un cromo: había perdido el ojo derecho en un torneo y una fea cicatriz le deformaba toda esa parte del rostro. Su característica nariz partida era otro de sus trofeos de guerra.

Su esposa Battista Sforza lleva la frente depilada, a la moda flamenca y aunque en la época en que se pintó el cuadro tenía menos de veinticinco años, parece mucho mayor. Hay quien dice que se trata de un retrato póstumo (Battista murió en 1472) y que el artista pintó su rostro a partir de una máscara mortuoria. Con esa cara tan "vivaz" que luce en el cuadro, bien podría ser.

Los dos personajes están retratados dominando sus extensas tierras, que parecen no tener fin (qué pelota que era Piero). Para pintar este paisaje, el artista se inspiró en las obras flamencas que tanto le gustaban a su jefe, y consigue dar unidad a ambas tablas creando un paisaje continuo interrumpido por el marco. Este paisaje se extiende también por la cara B de las tablas (que están pintadas por las dos caras), donde vuelve a retratar a ambos personajes en sendos carros triunfales.

Piero della Francesca - Díptico de Urbino - Federico da Montefeltro y Battista Sforza
Piero della Francesca, trasera del Díptico de Urbino (1465-1472), Galleria degli Uffizi, Florencia
En este caso ha tenido que darle la vuelta a Federico, pero sigue pintándole el lado bueno. Va vestido con su armadura y deja que la Victoria le corone de laureles. El carro está tirado por caballos blancos y guíado por un cupido, y sus ilustres pasajeras son las cuatro virtudes cardinales: la Prudencia, la Justicia, la Templanza y la Fortaleza. El carro de Battista lo arrastran dos unicornios y va acompañada de las tres virtudes teologales, la Fe, la Esperanza y la Caridad, y de una acoplada, la Castidad (o Pudor). Desde luego, Piero della Francesca se sabía ganar el sueldo.

Piero della Francesca - Virgen del huevo - Palla de Urbino - Palla Brera
Piero della Francesca, La Virgen del huevo (h. 1472-1474), Pinacoteca Brera, Milán
Una de sus mejores obras, encargo del duque de Urbino, es La Virgen del huevo, también conocida como la Palla de Urbino (palla es retablo en italiano). A pesar de que aquí nadie se dirige la palabra, es lo que se llama una sacra conversazione o conversación sagrada, es decir, la Virgen y el niño rodeados de santos. La composición es renacentista a más no poder, con una perspectiva central y el punto de fuga situado en las manos de la Virgen, que con tanto rezar no se ha dado cuenta de que el niño está a punto de caérsele al suelo. El ábside semicircular de la arquitectura del fondo se repite en la colocación de los personajes, todos con las cabezas a la misma altura (isocefalia). De izquierda a derecha y quitando a los cuatro ángeles, enjoyados como señoronas ricas, tenemos a San Juan Bautista, siempre despeinado y mal vestido (como buen anacoreta), San Bernardino de Siena, monje franciscano que solo asoma la cabeza, y San Jerónimo, el otro gran ermitaño, que va todavía peor vestido que el Bautista, con esa túnica agujereada y peligrosamente abierta por delante (un movimiento en falso y nos enseña las vergüenzas). Del otro lado están San Francisco de Asís, creador de la orden de los franciscanos, enseñándonos la pupa (uno de los estigmas que "amablemente" le regaló Jesucristo), San Pedro mártir, que murió de un machetazo en la cabeza, y probablemente un evangelista (por el libro), que no se sabe bien quién es. Como corresponde en estos casos, la Virgen es un poco más grande que el resto (si se levantase del trono, les sacaría varias cabezas a todos ellos). Justo encima de ella cuelga un extraño huevo de avestruz que en la iconografía religiosa simboliza el nacimiento virginal. La concha es el atributo típico de Venus y probablemente aluda a la fertilidad.
La simetría perfecta sólo está rota por nuestro amigo Federico, que sigue con la armadura puesta y que vuelve a mostrarnos su lado bueno. En su hombro se refleja claramente una ventana. Esta forma tan precisa de pintar el metal de la armadura, la perfección con que está hecha la alfombra o los detalles de las joyas, es característica de la pintura flamenca. Lo que es auténticamente "Piero della Francesca" son las figuras solemnes y serias, que tienen siempre la misma cara (mujeres, hombres, niños, jóvenes, viejos, ángeles y ermitaños, todos parecen hermanos). Menos Federico, claro está, al que podemos ver aquí abajo retratado por Pedro Berruguete, con esa armadura que nunca se apeaba y como siempre de perfil, aunque un poco más arrugado.

Pedro Berruguete - Federico da Montefeltro y su hijo Guidobaldo
Pedro Berruguete, Federico de Montefeltro y su hijo Guidobaldo (h. 1475)
Galleria Nazionale delle Marche, Urbino

Marga Fdez-Villaverde / Historia del arte - Gestión Cultural

Autora de los blogs Harte con Hache y El cuadro del día. Organizo visitas a museos y exposiciones en Madrid e imparto cursos online sobre arte.

6 comentarios:

  1. Urbino (a 30 km escasos de Pesaro) es una ciudad/pueblo, bellisima y el Palacio es para morirse de gusto. Creo que lo hemos visitado/disfrutado unas tres veces. Si alguna vez es posible volver al ROF, Urbino y Ravenna (otra cita ineludible de los veranos rossiniamos, aunque màs lejana) seran de nuevamente admiradas.
    El post es una gozada. Gracias

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  2. Pues mira, no conozco ni Urbino ni Pesaro... Habrá que hacer alguna excursión un verano de estos. La combinación con Rossini debe ser letal. Gracias a ti por comentar :-)

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  3. Como siempre una entrada interesantísima y trufada con tus impagables comentarios.
    Una abraçada i bon cap de setmana

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  4. Se hace lo que se puede... El fin de semana estupendo (me pilla de vacaciones). Un abrazo :-)

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  5. ¡que recuerdos!, el 19/5/2008 me comí el coco con esos dos últimos cuadros,
    Estaba empezando a traducir a Piero de la Francesca y zas me encuentro con que la portada de las Vidas que estaba usando, y aún tiro de ellas, era un recorte del cuadro de la virgen del guevocolgao, pero lo más curiosos es que se trata de un cuadro QUE NO CITA VASARI en ninguna de las 2 ediciones, y tal,..
    Que me tuve que ir al médico a por analgésicos...
    (pa nota: Atención al collar del musaso)
    Un saludo

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    Respuestas
    1. Tela Vasari, mira que saltarse la Madonna del huevo... Le tendríamos que suspender.
      El collar de coral se usaba contra el mal de ojo (madre supersticiosa), pero lo lleva colocado como la banda de una miss.

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