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5 de julio de 2014

Buscando pistas en la casa vacía (símbolos ocultos en la pintura holandesa)

Marga Fdez-Villaverde
Samuel van Hoogstraten - Vista de un corredor
Samuel van Hoogstraten, Vista de un corredor (1654-1662), Museo del Louvre, París. 
Este sencillo corredor del pintor holandés Samuel van Hoogstraten es uno de esos cuadros que esconden mucho más de lo que se aprecia a simple vista. El artista, que había sido discípulo aventajado de Rembrandt, estaba verdaderamente obsesionado con las perspectivas y los engaños visuales. Una de sus obras más conocidas es el Hombre con barba asomado a una ventana, que explicamos hace unos días en nuestro recién estrenado blog El cuadro del día.

En cuanto a la composición, esta sucesión de estancias de una casa burguesa del siglo XVII es magistral. Para dar sensación de profundidad, van Hoogstraten va cambiando la iluminación de las habitaciones y el diseño de las baldosas del suelo. También alterna la colocación de las tres puertas abiertas de la casa, de forma que la primera y la tercera se abren hacia la derecha y la del medio, hacia la izquierda.

El pintor utiliza un punto de fuga central que lleva nuestra mirada directamente a la pared blanca del fondo. Me explico. El punto de fuga es el lugar de la obra en el que convergen las líneas de perspectiva y está situado sobre la línea del horizonte (siempre hay horizonte, aunque no se vea claramente). Inconscientemente, la mirada del espectador se dirigirá siempre hacia ese lugar, que es donde los artistas suelen colocar los detalles más importantes de la obra, para que no pasen desapercibidos. Para que se entienda mejor, he dibujado las principales líneas de perspectiva del famoso fresco de Leonardo da Vinci. La mirada de Jesucristo coincide con el punto de fuga de la obra y los ojos de la mayoría de los apóstoles están situados sobre la línea del horizonte. Colocando las figuras correctamente, el artista se asegura de que nos fijemos en lo esencial.

Perspectiva - Punto de fuga - Línea de horizonte - Última cena de Leonardo da Vinci
Perspectiva central de La última cena de Leonardo da Vinci
En este caso, van Hoogstraten también está utilizando una perspectiva central (el punto de fuga está situado justo en el centro del cuadro), por tanto en esa pared del fondo hay algo en que lo que debemos fijarnos. Y ese algo es el detalle más llamativo de la misma: el cuadro que cuelga sobre la silla. Este cuadro, que es el elemento que nos dará la clave de lo que está sucediendo aquí, es una de las múltiples versiones que se hicieron de la Conversación galante de Gerard ter Borch, una obra que fue famosísima en su época.

Gerard ter Borch o Gerard Terborch - Conversación galante - Amonestación paterna
Gerard ter Borch, Conversación galante (h.1654), Rijksmuseum, Amsterdam
Los pintores del siglo XVII no les ponían título a sus obras, así que durante mucho tiempo se pensó que el lienzo de Gerard ter Borch era una encantadora escena doméstica en la que un padre le pegaba el sermón a su hija, mientras la madre bebía sorbitos de vino. El mismísimo Goethe describió la obra en estos términos en su novela Las afinidades electivas:
En tercer lugar habían elegido la que se conoce como "Admonición paterna" de Terborg, y ¡quién no conoce el espléndido grabado de nuestro Wille, copia de esa pintura! Un padre noble y con aspecto de caballero se encuentra sentado con las piernas cruzadas y parece que trata de hablarle a la conciencia de su hija, que se halla de pie ante él. A ésta, una impresionante figura envuelta en un vestido de satén blanco con muchos pliegues, sólo se la ve de espaldas, pero todo su ser parece indicar que trata de contenerse. De todos modos se puede deducir que la admonición paterna no es violenta ni vergonzante por la cara y los ademanes del padre; y en cuanto a la madre parece que trata de disimular cierto apuro mirando al fondo de un vaso de vino que está a punto de beber. (Johann Wolfgang von Goethe, Las afinidades electivas, 1809)
Hoy en día se sabe más sobre las convenciones de la pintura holandesa y el cuadro de Gerard ter Borch ha recuperado el significado que realmente tuvo en su momento: la venta de favores sexuales. El hombre es demasiado joven para ser el padre de la chica, va vestido de soldado y sujeta sobre sus piernas un sombrero lleno de plumas, que generalmente simboliza la ostentación, el derroche y el vicio. La viejecita que le está dando al tarro no es una modesta ama de casa, sino una alcahueta. Y la chica del impresionante vestido de satén gris perla está a punto de venderse al soldado por dinero. La cama con dosel del fondo, el perro, la vela apagada y torcida y la cinta tirada con descuido sobre la mesa son otros detalles que suelen aparecer en escenas de este tipo. De hecho, es probable que el soldado estuviese sujetando en origen una moneda entre los dedos de su mano. Cuando se restauró otra versión de esta misma obra realizada por el propio ter Borch, y que hoy se conserva en el Staatliche Museen de Berlín, se vio que la pintura había sido rascada en esa zona. Seguramente, algún mojigato quiso eliminar el vil metal que dejaba a la chica en evidencia.

Gerard ter Borch o Gerard Terborch - Conversación galante - Amonestación paterna
Gerard ter Borch, Conversación galante (detalles)
Este cuadro de Gerard ter Borch fue copiado y reinterpretado por muchos pintores de su época. El propio artista estaba tan orgulloso de esta vistosa rubia de espaldas que la utilizó en otras obras similares, como El mensajero del Museo Hermitage, donde le puso una carta entre las manos. Las obras de Gerard ter Borch son deliberadamente ambiguas y aunque podemos intuir lo que está pasando, nunca lo deja claro del todo. Como buen barroco, le gusta jugar con nosotros. El tema de la carta lo explotó bastante, pintando a multitud de chicos y chicas que escribían o recibían misivas de carácter amoroso. Para saber si la nota en cuestión es inocente o pecaminosa, tenemos que fijarnos siempre en el resto de elementos que aparecen en el cuadro. En este caso, la joven está leyendo la carta que acaba de entregarle un mensajero, que espera muy formalito su respuesta. Al fondo, volvemos a ver una cama y un retrato masculino colgado de la pared. Quizás sea el marido de la chica, al que está a punto de crecerle una buena cornamenta.

Gerard ter Borch o Gerard Terborch - El mensajero
Gerard ter Borch, El mensajero (fecha?), Museo Hermitage, San Petersburgo
El tema de la carta tenía un importante precedente iconográfico que no se les escapaba a los contemporáneos de ter Borch: la figura de Betsabé, una de las adúlteras más famosas del Antiguo Testamento. Cuando el rey David la vio bañándose desde la azotea de su palacio, quedó prendado de ella y le envió un mensajero para proponerle un revolcón. Betsabé aceptó, pero se quedó embarazada. Como era imposible endosarle la criatura al marido oficial, que estaba en la guerra, el rey se las apañó para que le matasen en batalla y poder así casarse con la viuda. Algunas representaciones tradicionales de Betsabé la muestran sujetando la carta con la propuesta del rey David. Un buen ejemplo es esta versión que pintó Rembrandt, en la que vemos a Betsabé con la carta en la mano y la mirada perdida, que es la forma que tiene el pintor de decirnos que está pensándose si aceptar o no la proposición indecente. Gran parte de los espectadores de entonces relacionarían rápidamente la escena de la carta de ter Borch con la iconografía de Betsabé.

Rembrandt - Betsabé con la carta de David - Louvre
Rembrandt, Betsabé con la carta del rey David (1654), Museo del Louvre, París
Y ahora que hemos analizado estas dos obras de Gerard ter Borch, es hora de volver al corredor de su compatriota Samuel van Hoofstraten. Lo que más llama la atención es la ausencia total de figuras. Los pintores holandeses del XVII no pintaban nunca interiores vacíos. (De hecho, en el siglo XIX, el propietario de la obra mandó añadir un perrito y una niña sentada para rellenarla un poco, que se eliminaron posteriormente en una restauración.) Sin embargo, a pesar de que no hay personajes, es evidente que estamos ante un espacio habitado. Algunos de los objetos de la casa no están colocados en su sitio: hay una escoba apoyada en la pared, junto al trapo de pasar el polvo, dos zuecos tirados en el vestíbulo, las llaves de la última puerta colgando de la cerradura y un libro sobre la mesa del fondo, en precario equilibrio. Está claro que alguien bastante negligente y que probablemente tenía prisa, lo ha dejado así.

Samuel van Hoogstraten - Vista de un corredor
Samuel van Hoogstraten, Vista de un corredor (1654-1662), Museo del Louvre, París
Los espectadores nos vemos obligados a relacionar este espacio vacío con el cuadro del fondo que, como vimos, está situado en un lugar clave. La mujer del cuadro es la misma que la de las obras de Gerard ter Borch, así como los muebles (cama, mesa y banqueta) que se distinguen perfectamente por su color rojo intenso. La figura masculina de la izquierda podría ser el amante, pero por su postura algo cohibida, de pie y con el sombrero en la mano, es más probable que sea un mensajero. Si tenemos en cuenta ahora las pistas que nos ha dejado van Hoogstraten en estas habitaciones, podemos concluir que la señora de la casa, tras recibir una nota de su amante y contestarle que no hay moros en la costa, le ha abierto las puertas de su hogar. En este preciso momento, están retozando en la cama, que no podemos ver desde nuestra posición. Es una de esas "malas mujeres" que deja su casa descuidada por un aquí te pillo, aquí te mato. Desde la Edad Media, las llaves eran consideradas como un símbolo sexual (y aquí para colmo están metidas dentro de una cerradura). Estas llaves han abierto la habitación del fondo, un espacio privado de la casa, seguramente la alcoba, y simbolizan la aceptación de la mujer que entrega su cuerpo al amante. ¿Y qué me decís de la vela apagada y torcida? Igualita, igualita que la que decoraba la mesa de La escena galante de Gerard ter Borch. Sirve para recordarnos la fugacidad de la vida y de los placeres terrenos.

Samuel van Hoogstraten - Vista de un corredor
Samuel van Hoogstraten, Vista de un corredor (detalle)
En este lienzo, Samuel van Hoogstraten hizo una variante más del famoso cuadro de Gerard ter Borch, pero era un pintor tan sumamente original que consiguió reinterpretar la escena de adulterio sin necesidad de utilizar personajes. Hoy en día nos hace falta una verdadera labor detectivesca para entender su significado, pero para los espectadores del siglo XVII, acostumbrados a todos estos símbolos, era más que evidente lo que se estaba contando.

¿No os parece fascinante la pintura del siglo de oro holandés?

Marga Fdez-Villaverde / Historia del arte - Gestión Cultural

Autora de los blogs Harte con Hache y El cuadro del día. Organizo visitas a museos y exposiciones en Madrid e imparto cursos online sobre arte.

6 comentarios:

  1. Tan fascinante como tus explicaciones... bueno... un poquito más aun, pero ahí, ahí

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    1. Me parece que te has pasado un pelín, jejeje. Me alegro de que te haya gustado. ¡Viva Holanda!

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  2. La pintura me parece extraordinária, peró sin tus explicaciones, no habrian sido más que eso. La fascinación se produce una vez leidas tus acertadas elucubraciones. Me ha encantado.
    Una abraçada

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    1. Muchas gracias Josep. Da un poco de rabia que hoy necesitamos explicaciones para entender lo que antes pillaban a simple vista. Pero bueno, habría que ver a un holandés de esa época enviando un correo electrónico. Supongo que estamos empatados. A cada época, sus habilidades.

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  3. No cambia la cosa ni ná, luego de leerte.....
    vamos que de un puñetero bodegón pasa a tener más maldad que un avispero recién agitado.
    dejado encima del boe de la reforma fiscal.
    (a mi me suena al cuarto de Tula, por lo de la vela)

    https://www.youtube.com/watch?v=y6Z2W9X49-c

    Un saludo

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    Respuestas
    1. Pues el BOE es peligrosísimo y cuando pone algo de "fiscal" todavía más. Pero bueno, esta chica fue prudente a apagó la vela antes de encamarse, no como Tula.

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