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22 de febrero de 2014

Alma Mahler, Kokoschka y la muñeca vestida de azul

Marga Fdez-Villaverde
Oskar Kokoschka, La novia del viento (1914), Kustmuseum, Basilea.
Es de noche, sopla el viento y el mar está embravecido. Las olas agitan con violencia una concha gigantesca que cobija a una pareja de amantes. Ella duerme plácidamente, ajena al peligro de la tempestad. Él yace despierto, en tensión, con la mirada perdida y las manos crispadas, consciente de que su amor pende de un hilo. Son Oskar Kokoschka y Alma Mahler. El título del cuadro, La novia del viento, procede de unos versos que compuso el poeta Georg Trakl inspirándose en la obra que estaba pintando su amigo, a quien iba a visitar todos los días:
Über schwärzliche Klippen / Desde un negruzco acantilado,Stürzt todestrunken / se precipita, ebria de muerte,Die erglühende Windsbraut / la ardiente novia del viento.(Die Nacht / La noche, fragmento)
Según Kokoschka, gracias a sus pinceles había conseguido salvar "del tempestuoso naufragio del mundo, un abrazo". Estaba en lo cierto. Con el tiempo, lo único que quedó de esa tormentosa relación de tres años fueron sus magníficos cuadros expresionistas.

Oskar Kokoschka y Alma Mahler
Oskar Kokoschka y Alma Mahler se conocieron en la primavera de 1912. A sus treinta y dos años, Alma Mahler continuaba siendo una de las mujeres más populares de Viena: culta, inteligente, guapa y con un gran talento musical. Hacía menos de un año que se había quedado viuda del compositor Gustav Mahler y ya había tenido que dar calabazas a un par de moscones. Sin embargo, se sintió atraída por este enfant terrible del arte, un chaval resultón de veintiseis años que le pidió matrimonio al día siguiente de conocerla. Ella rechazó la propuesta, pero se convirtió en su amante. Su relación fue pasional y complicada y, aunque supo cómo capear el carácter celoso y posesivo del pintor, acabó psicológicamente agotada.

La obsesión de Kokoschka por su amante rozaba lo patológico. Era incapaz de pintar a ninguna otra mujer que no fuese ella y le escribía cartas y cartas que firmaba como Alma Oskar Kokoschka, para remarcar la unión entre ambos. La anciana madre del pintor, preocupada por la salud mental de su hijito y demostrando que la suya también dejaba bastante que desear, llegó a amenazar a Alma con matarla de un disparo si no abandonaba inmediatamente al "pobre" Oskar, amenaza que por fortuna no cumplió.

Uno de los mayores deseos de Kokoschka era tener un hijo con ella: "sería un acto compasivo de la naturaleza que nos libraría de todo lo horrible de este mundo y nos uniría por fin y para siempre", le escribió. Alma no lo acababa de ver claro, pero en 1914 se quedó embarazada. Tras una violenta discusión con Kokoschka, que seguía teniendo celos del difunto Mahler, decidió ingresar en una clínica para abortar. El artista quedó devastado y se desahogó pintando varias obras que aludían a la traición de su amante y al hijo perdido.

Oskar Kokoschka, Naturaleza muerta con putto y conejo (1914), Kunsthaus, Zurich
En Naturaleza muerta con putto y conejo (los putti son los típicos niños regordetes que aparecen en los cuadros), Kokoschka pinta al niño que no llegó a nacer, y lo separa del resto de la composición mediante una siniestra rama inclinada. A la derecha de la rama, vemos a un indefenso conejo (símbolo de la fertilidad) que está a punto de ser atacado por un enorme gato salvaje (Alma Mahler). La casa roja del fondo es una representación del infierno, y la barca esbozada junto a ella es la zodiac de Caronte.

A raíz de este incidente, los amantes empezaron a distanciarse. Había estallado la Primera Guerra Mundial y Kokoschka se planteaba la posibilidad de alistarse en el ejército austriaco como voluntario. Alma Mahler, que no veía el momento de librarse de él, le animaba con un entusiasmo poco disimulado. En 1915, antes de marcharse al frente, Kokoschka pinta uno de sus lienzos más angustiosos: Caballero errante. Se autorretrata tumbado a orillas del mar, incapaz de levantarse del suelo por el peso de la armadura. Las pinceladas violentas son reflejo de su malestar interior. Junto a su cuerpo, hay una concha rojiza, parecida a la que cobijaba a los amantes en La novia del viento. A la derecha, una extraña bestia con el rostro de Alma Mahler y en el cielo, un ángel exterminador con las letras ES, que hacen referencia a las palabra de Jesucristo en la cruz Eli, Eli, lema sabactani (Señor, Señor, ¿por qué me has abandonado?)  ¡Esto es hacerse el mártir, y lo demás son pamplinas!

Oskar Kokoschka, Caballero errante (1915), Guggenheim Museum, Nueva York

Oskar Kokoschka en 1915
A finales de ese año, Kokoschka es gravemente herido en Rusia. Sus compañeros le recogen del campo de batalla con una herida de bala en la cabeza y un bayonetazo en el pulmón y le trasladan a un hospital de Viena para que se recupere. Durante su convalecencia, se entera de que Alma Mahler se ha casado en secreto con un antiguo amante, el arquitecto Walter Gropius. Despechado, pide volver al frente y acaba de nuevo en el hospital.
 
Al salir se instala en Dresde, decidido a retomar su carrera artística lo más alejado posible de Viena. No sirve de mucho. El tiempo y la distancia no son suficiente para curar su mal de amores; sigue echando de menos a Alma y no logra concentrarse en su trabajo. En julio de 1918, se le ocurre una idea un tanto peregrina. Se pone en contacto con una famosa fabricante de muñecas de Munich llamada Hermine Moos y le encarga una copia de Alma Mahler de tamaño natural:
"Si fuese capaz de llevar a cabo esta tarea como yo deseo, si pudiese engañarme de tal modo que cuando la vea y la toque me parezca estar frente a la mujer de mis sueños, entonces, querida señorita Moos, le estaría eternamente agradecido."
Entusiasmado con el proyecto, Kokoschka le envía a Moos fotografías y bocetos hechos por él mismo, le indica las medidas exactas de su ex amante y le da instrucciones detalladas del tipo "las partes íntimas deben estar perfectamente hechas y cubiertas de pelo", o "haga posible que mi sentido del tacto sea capaz de sentir placer en esas partes en que las capas de grasa y músculo dan paso, de repente, a un recubrimiento sinuoso de piel". Le pide a Moos que la boca tenga lengua y dientes, y que pueda abrirse, y que la piel sea lo más parecida posible a la de una mujer real. Mientras tanto, se entretiene comprando lencería y ropa lujosa para vestirla. Cuando por fin recibe la muñeca, nueve meses más tarde, la decepción es enorme:
"La capa exterior es como un pellejo de oso polar, más parecido a una alfombra peluda para colocar a los pies de la cama que a la piel suave y flexible de una mujer. El resultado es que ni siquiera puedo vestir a la muñeca que, como sabe, era mi intención, y menos aún adornarla con lencería delicada. Tratar de subirle una media sería como pedirle a un profesor de danza francés que bailase con un oso polar."
La doble de Alma tumbada cual odalisca
La doble de Alma sentada con las piernas cruzadas
La muñeca con su creadora Hermine Moos
Por muy buena predisposición que tuviese, era evidente que la muñeca no iba a satisfacer los deseos eróticos de Kokoschka. Aún así, hizo buen uso de ella. Le pidió a su joven ama de llaves, Russerl, que se vistiese de doncella y atendiese a la muñeca como si fuese una mujer de verdad. La chica, que era muy imaginativa, se apuntó encantada al jueguecito y bautizó a su nueva señora como "la mujer silente" (Schweigsame Frau). Siguiendo las órdenes del pintor, empezó a difundir por Dresde rumores falsos sobre el excéntrico comportamiento del artista, contando por aquí y por allá que estaba enamorado hasta las cachas de una muñeca de trapo, que la sacaba de paseo en carruaje y que la llevaba a la ópera para presumir de amante. Al poco tiempo, la simpática Russerl ya le había quitado el sitio a la muñeca en la cama del artista.

La mejor terapia para Kokoschka fue retratar varias veces a este feo clon de Alma Mahler. La primera vez que lo hace, la pinta recostada en una especie de cama o diván, con un vestido azul muy escotado. No pretende hacerla pasar por una mujer de verdad. La rigidez de la postura y la forma de sus manos la delatan; incluso la textura de la piel parece imitar el cuerpo peludo de la muñeca. En cualquier caso, es una obra bastante inquietante que, además tiene el honor de ser el primer retrato que se conoce de una muñeca "hinchable".

Oskar Kokoschka, Mujer de azul (1919), Staatsgalerie, Stuttgart
Oskar Kokoschka, Autorretrato con muñeca (1920), Neue Nationalgalerie, Berlín
A medida que va liberándose de su obsesión, Kokoschka va despojando a la muñeca de sus rasgos humanos. En Autorretrato con muñeca, la doble de Alma se ha convertido en un mero juguete sexual, por eso la pinta desnuda y señala con el dedo sus genitales de trapo.
"Finalmente, cuando ya la había dibujado y pintado una y otra vez, decidí deshacerme de ella. Me había ayudado a curarme completamente de mi pasión. Organicé una gran fiesta con champán y música de cámara, en la que mi doncella Russerl exhibió a la muñeca con sus hermosos vestidos por última vez. Cuando empezó a amanecer -yo estaba bastante borracho, como todos los demás-, la decapité en el jardín y vacié una botella de vino tinto sobre su cabeza."
Una terapia como otra cualquiera, ¿no os parece?


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