28 de septiembre de 2013

Antes y después

No os estamos intentando vender ningún producto adelgazante. Antes y Después son los títulos de una pareja de cuadritos del pintor británico William Hogarth (1697-1764), para los que creo que no hace falta mucha explicación, porque se entienden a la primera.

William Hogarth, Before (1730-1731), J. Paul Getty Museum, Los Ángeles
William Hogarth, After (1730-1731), J. Paul Getty Museum, Los Ángeles

Solo destacar algunos detalles que puede que se os pasen por alto a primera vista. Como el perrito, alter ego del seductor, que en el primer cuadro ladra excitado y en el segundo descansa plácidamente, después de culminar la faena. O el espejo roto del tocador en la segunda escena, sobre el que duerme el perro, y que simboliza la virtud de la joven.

25 de septiembre de 2013

Agostina Segatori y sus panderetas

Camille Corot, Agostina (detalle, 1866), National Gallery of Art, Washington

Esta chica tan resultona, retratada por Camille Corot, es Agostina Segatori, una italiana nacida en Ancona en 1841, que emigró a París muy jovecita para ganarse la vida como modelo de artistas, un empleo que estaba casi tan mal visto como la prostitución. La poquísima información que tenemos sobre su vida son los típicos datos de los registros (nació, se casó, tuvo un hijo y se murió) y algunas menciones en documentos o cartas de pintores de la época.

Como suele ser habitual, cuando la modelo adquiere cierta fama postmortem, y luego entenderéis por qué, se ha intentado localizar el rostro de Agostina en cuadros, cuadros y más cuadros, sin evidencia documental alguna. La atribución más fiable de su etapa como modelo es el retrato de Corot, en el que la supuesta Agostina viste el traje regional de la Ciociaria, una región de Italia, y posa con dignidad de estatua clásica.

Camille Corot, Agostina (1866), National Gallery of Art, Washington

También se ha querido ver a Agostina en un retrato pintado por Manet de una italiana con el mismo traje regional, así como en un cuadro mitológico de Corot en el que la modelo posa "vestida" de bacante, con una pandereta en la mano y recostada en un idílico paisaje. Los rostros de los tres cuadros tienen poco que ver entre sí, y en mi opinión es difícil que se trate de la misma persona.
 
Édouard Manet, La italiana (h.1860), colección particular
Camille Corot, Bacante con pandereta (1860), Corcoran Gallery, Washington

Entre 1872 y 1884, Agostina Segatori mantuvo una relación un tanto conflictiva con el pintor Édouard Joseph Dantan y tuvo un hijo que el artista no quiso reconocer, Jean-Pierre Segatori. Se sabe que durante estos doce años posó varias veces para Dantan, al igual que el niño, pero no hay quien localice esos cuadros. Nada más dejar a Dantan, se casó con un oscuro señor llamado Mr. Morière que le cedió su apellido al crío.

Agostina era consciente de que los pintores no suelen contratar a cuarentonas como modelos y para seguir siendo económicamente independiente, decidió montar su propio negocio: el Café au Tambourin (Café de la pandereta) en el 27 de la rue Richelieu, muy cerca del Louvre. Para darse a conocer, le encargó un cartel a uno de los litógrafos más destacados del momento, Jules Chéret. Muy poco tiempo después, Agostina trasladó el chiringuito al número 62 del Boulevard de Clichy, a los pies de Montmartre (supongo que los alquileres en el centro debían ser prohibitivos).

Jules Chéret, cartel para el Café au Tambourin de Agostina Segatori

El restaurante de Agostina era bastante pintoresco. Tanto la jefa como las camareras iban vestidas con el traje regional de la Ciociaria que hemos visto más arriba. En las paredes colgaban cuadros de pintores conocidos, como Dantan o Jean-Léon Gerome. Pero lo más característico eran las panderetas: mesas en forma de pandereta, taburetes en forma de pandereta, platos en forma de pandereta, panderetas por aquí y panderetas por allá, a veces decoradas por los artistas que frecuentaban el local, como Paul Gauguin.

Durante la primavera de 1887, Agostina tuvo un affair con uno de los habituales del Tambourin, Vincent Van Gogh, que por entonces vivía en el apartamento de su hermano Theo, en la cercana rue Lapic. Según el pintor Émile Bernard, Vincent le regaló muchos bodegones de flores a la Segatori, bien para cortejarla o bien como pago de los menús del día (aunque lo más probable es que los tuviese expuestos allí para intentar venderlos). Esta cesta de pensamientos la debió pintar en el Tambourin: si os fijáis, está colocada sobre uno de los taburetes en forma de pandereta del café.

Vincent Van Gogh, Cesta de pensamientos (1886), Museo Van Gogh, Amsterdam

Aparte de los cuadros de flores, Van Gogh hizo dos exposiciones en el Café au Tambourin, una con su colección de estampas japonesas, que había estado recopilando desde que llegó a París, y otra con sus propias pinturas, en la que también participaron sus amigos Émile Bernard, Louis Anquetin y Henri de Toulouse-Lautrec. Con bastante ironía, se autodenominaron los pintores du petit Boulevard, para diferenciarse de los pintores du Grand Boulevard, que eran los que exponían en la galería comercial de Theo.

Ese año de 1887 Van Gogh retrató dos veces a Agostina. En el primero de estos retratos, podemos ver a la Segatori sentada ante una de las mesas-pandereta de su local, fumando y bebiendo cerveza, como una mujer de mundo. Para salir más guapa, ha cambiado su traje de faena por un sombrero de plumas rojas, una falda estampada y una elegante chaqueta (en esa época, lo más chic era que falda y chaqueta no fuesen a juego). El efecto difuminado del fondo evoca el ambiente cargado de humo del local, pero aún así pueden distinguirse a la derecha algunas de las estampas japonesas de la colección de Vincent (se ve bastante bien la geisha). 

Vincent Van Gogh, Agostina Segatori en el Café du Tambourin (1887), Museo Van Gogh, Amsterdam

Muy poco después pinta La italiana, el segundo retrato de la Segatori. Cuando comparamos uno con otro, nos damos cuenta de lo rápido que evolucionaba el estilo de Van Gogh en París. Es uno de los cuadros más atrevidos que pintó en esos meses, que anticipa las explosivas obras de su etapa en Arlés. La influencia de la estampa japonesa es evidente: el marco asimétrico de rayas, que juega visualmente con los travesaños azules de la silla, la ausencia de sombras y perspectiva, la bidimensionalidad de la figura... La verdadera protagonista del cuadro ya no es Agostina, sino el color.

Vincent Van Gogh, La italiana (1887), Museo d'Orsay, París
Comparación de los dos retratos

Van Gogh pintó muy pocos desnudos durante su carrera artística (no tenía dinero para contratar modelos, o más bien prefería gastarse ese dinero en beber y pagar los servicios de señoritas de compañía). Ese año pintó varios y se especula sobre si la modelo era la Segatori. No podemos saberlo con certeza. La principal fuente de información sobre Van Gogh es la ingente cantidad de correspondencia que intercambió con su hermano Theo, pero como en ese momento vivía con él, le daba la chapa en vivo y en directo. (A veces, cuando Theo se iba a la cama a dormir, Vincent agarraba una silla y se sentaba junto a su cabecera para seguir con sus monólogos. El pobre era un plomo.)

Final de la carta nº 572 de Vincent Van Gogh a su hermano Theo (23-25 julio 1887)

En julio de 1887, la relación de Van Gogh y Segatori llegó a su fin, parece que de mutuo acuerdo. Theo se fue de vacaciones a Holanda y en una de las cartas que le escribe Vincent (carta 571), le explica que está teniendo problemas para recuperar los cuadros que tenía expuestos en el Tambourin. El negocio había quebrado y estaba a punto de ser embargado, y como él no tenía ningún recibo, no se los querían devolver. En la carta siguiente (carta 572), confiesa que ha decidido tirar la toalla respecto a los cuadros, para no molestar a su antigua amante. Es la única carta en la que habla largo y tendido de la Segatori:
Puedes estar seguro de una cosa, y es que no volveré a trabajar para el Tambourin. Creo que va a cambiar de manos y, por supuesto, no me opongo.
En cuanto a la Segatori, es un tema completamente distinto, aún siento afecto por ella y espero que ella todavía lo sienta por mí. Pero ahora no está bien, no es libre ni dueña de su casa, y sobre todo sufre y está enferma. Aunque no me atrevería a decirlo en público, estoy convencido de que ha abortado (a menos, evidentemente, que haya sido un falso embarazo); en cualquier caso, teniendo en cuenta su situación, jamás la culparía. 
En un par de meses, espero, estará mejor y entonces, quizás, me agradezca que no la haya molestado. Te aseguro que si gozase de buena salud y, a sangre fría, rehusase devolverme lo que es mío o me hiciese algún daño, se vería las caras conmigo, pero no va a ser necesario. La conozco lo bastante bien como para seguir confiando en ella. 
Y una vez más, si consiguiese conservar su local, desde el punto de vista comercial no la culparía por haber escogido ser la que come, y no la que se deja comer. Si tiene que pisarme un poco para tener éxito, que así sea, tiene carta blanca. Cuando volví a verla, no jugó con mis sentimientos, cosa que habría hecho si fuese tan perversa como dicen.

Sería un coñazo, pero desde luego era un pedazo de pan, ¿no os parece? Aquí le tenéis, retratado en el Tambourin por su amigo Toulouse-Lautrec.

Henri de Toulouse-Lautrec, Van Gogh en el Café au Tambourin (1887), Museo Van Gogh, Amsterdam




21 de septiembre de 2013

De camino al hoyo

J. N. Hoechle, La habitación de Beethoven (1827), Museen der Stadt, Viena
(Dibujo pintado tres días después de la muerte del compositor)

Marcha fúnebre: pieza musical en tono menor caracterizada por su carácter sombrío y un ritmo lento y marcado, imitando el paso solemne de los cortejos fúnebres.

Hasta la llegada de Beethoven, a ningún compositor sensato se le había ocurrido la extravagante idea de meter una marcha fúnebre en una obra musical que no tuviese nada que ver con el tema. Fue el divino sordo quien abrió la veda nada más comenzar su etapa rebelde, cuando se propuso pasarse las normas clásicas de composición por el forro. Lo hizo en el tercer movimiento de su Sonata para piano nº 12 Op. 26 (compuesta entre 1800y 1801), que tituló Marcia funebre sulla morte d'un eroe. Es una pieza demasiado solemne; tanto, que no acaba de dar pena (objetivo primordial de las obras de este tipo), pero aún así marcó tendencia. De hecho, es la la obra que se interpretó en el funeral del propio Beethoven, convenientemente orquestada para darle más empaque. Aquí la tenéis interpretada por Daniel Barenboim (además de los vídeos de YouTube, he incluido en cada caso enlaces de Spotify).



vídeo de jcalvodiaz


Parece ser que Beethoven le cogió el gustillo a estas alegres melodías: un par de años después incluyó otra marcha fúnebre en el segundo movimiento de su Sinfonía nº 3, la famosa Eroica, obra dedicada a Napoleón Bonaparte en agradecimiento por propagar los ideales de la Revolución Francesa por Europa. (Y que le "desdedicó" cuando el corso tuvo la desvergüenza de autoproclamarse emperador, borrando su nombre de la partitura con tal inquina que hasta rompió el papel.) En el vídeo siguiente podéis escuchar este segundo movimiento interpretado por la descomunal Orquesta Sinfónica Simón Bolívar, dirigida por Gustavo Dudamel (y la versión de Spotify de Christian Thielemann, que personalmente me gusta más).



vídeo de geckoclarinetist


Frédéric Chopin

Y llegamos a Chopin, un compositor que no tenía especial cariño a la música de Beethoven, ni a la de Berlioz, ni a la de Schumann, ni a la de Liszt... (sólo hay que ver la cara de rancio que tiene en la foto de arriba). Milagrosamente salvaba de la quema la Sonata nº 12 de Beethoven, que le sirvió de inspiración para su Sonata para piano nº 2, compuesta en 1839 y que incluía, cómo no, una marcha fúnebre. O mejor dicho "la marcha fúnebre", esa que tenemos todos en mente, la que encabeza el top ten mundial de las marchas fúnebres. No me seáis vagos y escuchadla entera, que el tema del interludio (a partir del minuto 2:44) es una delicia. ¿Y qué mejor que vérsela tocar a Arthur Rubinstein?



vídeo de calibardo


Santiago Rusiñol, Erik Satie tocando el armonio (1891), MNAC, Barcelona

Pero tiremos del hilo un poquito más, hasta llegar al verano de 1913, cuando el genial compositor Erik Satie escribe tres piezas satíricas para piano tituladas Embriones disecados (Embryons desséchés). En la segunda de ellas, Embrión disecado de edriophtalmo (un tipo de crustáceo), versiona a su aire la marcha fúnebre de Chopin, que en manos de este gamberro pierde toda su solemnidad. ¿Sois capaces de visualizar mentalmente el funeral de una gamba de postín sin que os de la risa? Yo no. Como es habitual, la partitura incluye indicaciones manuscritas de Satie para "ayudar" al intérprete a la hora de tocar la pieza. Anotaciones del tipo Ils se mettent tous à pleurer (se echan todos a llorar) o Un père de famille prend la parole (un padre de familia toma la palabra)... Os dejo con Aldo Ciccolini al piano.



vídeo de where godslie




17 de septiembre de 2013

¿Empáticos y compasivos o simples panolis?

Cromo Liebig con una escena de Don Giovanni

empatía.
1. f. Identificación mental y afectiva de un sujeto con el estado de ánimo de otro.

Ejemplo mozartiano: Don Ottavio, el eterno enamorado dispuesto a poner la mano, el brazo y lo que haga falta en el fuego por su prometida, Donna Anna, una manipuladora de cuidado. El muy infeliz se cree a pies juntillas la excusa barata que se inventa su novia para justificar la presencia del macizorro de Don Giovanni en su dormitorio por la noche: "estaba muy oscuro y pensé que eras tú". A pesar de la música maravillosa que le regaló Mozart, Don Ottavio sigue resultando un personaje un tanto baboso... a menos que lo cante Piotr Beczala, claro.


vídeo de canalclasica

compasión.
(Del lat. compassĭo, -ōnis).
1. f. Sentimiento de conmiseración y lástima que se tiene hacia quienes sufren penalidades o desgracias.

Ejemplo mozartiano: la cretina de Donna Elvira, dispuesta a perdonar las veces que haga falta los deslices de Don Giovanni. La muy inocentona sucumbe al viejo truco de "promete hasta que la mete y una vez metido, nada de lo prometido" y persigue a su amante hasta Sevilla, convencida de que acabará casándose con ella. Su fe se mantiene inquebrantable a pesar de que Leporello, el criado de Don Giovanni, le enseña el catálogo amatorio de su jefe, que para entonces incluye la friolera de 2.155 registros. Nos hace alimentar alguna esperanza cuando canta su difícil aria Mi tradi quell'alma ingrata, en la que se debate entre la compasión y el deseo de venganza. Pero nada, falsa alarma. Acaba arrodillada a los pies de Don Giovanni, suplicándole que cambie de vida. Aquí tenemos a la enfurecida y compasiva Joyce DiDonato en el papel de Donna Elvira.


vídeo de thecelticspirit