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6 de junio de 2013

Hércules borracho en la boda de Baco

Marga Fdez-Villaverde
Hércules borracho, escultura romana de la Casa de los ciervos (Pompeya, 1-79 d.C.) 
Hércules, el gran héroe de la mitología clásica. Ese tiarrón inmenso que era capaz de llevar a cabo hazañas imposibles para el común de los mortales, e incluso de los dioses. Ese amante del exhibicionismo, cuyos únicos atributos son una maza y una piel de león que suele quedarle tan raquítica que apenas le tapa nada (ni falta que hace, porque él nació para lucir músculo). Un tío hecho y derecho. El macho alfa perfecto. La dignidad hecha hombre.

Hasta que te invitan a una boda y el novio no es otro que tu colega Baco. ¿Cómo rechazar una copita, o dos, o tres, o las que se tercien de ese delicioso tintorro que cosecha el anfitrión? En cuanto la orquesta empieza a tocar los primeros acordes de Paquito el Chocolatero, Hércules ya está en la pista, dándolo todo. Aquí podéis verle, inmortalizado en el súmmum del decoro en una escultura pompeyana, con su maza y la americana leonina al hombro, echándose una meadita en el jardín de Baco.

¿Y qué me decís de esta otra instantánea de final de fiesta, de donde le sacan a rastras un fauno y su señora fauna, incapaz de dar un paso? Y es que con unas copichuelas de más, hasta los héroes más héroes pierden los papeles...

Rubens, Hércules borracho (1616), Gemäldegalerie, Dresde

3 de junio de 2013

Jael, la reina del martillo

Marga Fdez-Villaverde
Carlo Maratti, Estudio para la figura de Jael (1625-1713), Metropolitan Museum, Nueva York. 
Esta cándida jovencita de mirada perdida y nariz respingona es Jael. Y aunque lo parezca no está haciendo bricolaje. El clavo y el martillo que lleva en las manos no son para colgar un cuadro en la pared de su casa. Son las armas que utilizará para cometer un crimen. La historia de Jael y Sísara es uno de los pasajes más escabrosos del Antiguo Testamento. Se narra por duplicado en el libro de los Jueces, en los capítulos 4 y 5, primero en prosa y después en verso.

Todo empieza con una recomendación de la profetisa Débora a Barac, capitán de las tropas israelitas. Dios le ha dado un chivatazo: es el momento perfecto para plantar cara a los cananeos, con los que andan a la gresca. Sin embargo, Débora le advierte a Barac que no será él quien derrote al comandante cananeo Sísara, sino una mujer llamada Jael. En este cuadro de Salomon de Bray podemos ver a los tres "buenos" de la película: Jael con el clavo y el martillo, la anciana Débora y el aguerrido Barac, con cara de susto.

Salomon de Bray, Jael con Débora y Barac (1635), Museum Catharijneconvent, Utrecht
La profecía de Débora resulta ser cierta. En cuanto aparecen los israelitas, el ejército cananeo sale por patas con el rabo entre las piernas. Y uno de los que más corre es su jefe, Sísara, que llega sin aliento a la tienda de Jeber el quineo, un pariente lejano que en ese momento no está en casa. No importa, Jael, la esposa de Jeber, le recibe con todos los honores y cuando Sísara le pide un traguito de agua, ella le da un vaso de leche. Luego, como buena anfitriona, se lo beneficia siete veces, le tapa con una alfombra y le dice que duerma un ratito, que ella se quedará vigilando. (Los judíos aclaran en el Midrash que esta proeza sexual no fue pecado, ya que Jael lo hizo para agotar a su huésped, no por vicio.) En cuanto Sísara empezó a roncar, Jael agarró un clavo de los que utilizaban para fijar las tiendas al suelo y le atravesó la sien con la ayuda de un martillo.

Os podréis imaginar la cara del capitan Barac cuando llegó con sus hombres a la tienda de Jael, persiguiendo al fugitivo, y la joven señaló el cadáver, con el martillo aún en la mano y su deliciosa sonrisa de psicópata. 

Carlo Maratti, Estudio para Jael (1640-1713), British Museum, Londres
Y ahora que conocemos la historia, vamos a deleitar nuestros ojos con algunas representaciones artísticas de esta bonita escena. Empecemos con dos miniaturas, una francesa y otra holandesa. Jael se ha convertido en una elegante dama medieval que ya no vive en una tienda, sino en una casa con cimientos. El que tenga este tipo de clavos tan a mano en su domicilio hace pensar que su marido y ella eran aficionados a salir de acampada los fines de semana.

Biblia Porta, Jael y Sísara, (Francia, fines del XIII), Bibliothèque Cantonale, Lausanne
Jael y Sísara del Libro de los Jueces, KB 78 D38 I (Utrecht, h.1430), La Haya
En este grabado de Matthias Greuter, el artista se ha tomado una licencia "poética". La bella Jael no ha tenido suficiente con hacerle una trepanación amateur a Sísara (podemos verla al fondo, junto a la tienda, dándole el golpe de gracia), sino que además le ha cortado la cabeza para llevársela, agarrada por las barbas, como recuerdo.

Matthias Greuter, Jael con la cabeza de Sísara (1586), British Museum, Londres
El óleo de Jacopo Amigoni, pintor italiano que acabó siendo director de la Real Academia de San Fernando de Madrid, es un tanto relamido en cuanto a las figuras, típicas del rococó, algo que choca radicalmente con la temática de la obra haciéndola más cruel si cabe.

Jacopo Amigoni, Jael y Sísara (h.1739), Museo del Settecento Veneziano, Venecia
Acabamos con un cuadro pintado por Artemisia Gentileschi que, aunque no es una de sus mejores obras, encaja en la temática de muchos lienzos que pintó la artista italiana tras haber sido violada por su profesor de pintura, Agostino Tassi. Artemisia utilizaría los pinceles para exorcizar a sus demonios particulares, pintando a santas mártires, como Catalina de Alejandría, a mujeres víctimas de la lujuria de los hombres, como Lucrecia, o a heroínas que no se lo pensaban dos veces antes de dar el golpe de gracia para deshacerse de sus opresores, como la violenta Judit decapitando a Holofernes. Su Jael sigue esta misma línea.

Artemisia Gentileschi, Jael y Sísara (h.1620), Museo de Bellas Artes de Budapest

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