25 de diciembre de 2013

Se armó el belén (2)

Niccolo di Tommaso, Visión de Santa Brígida de Suecia (después de 1372), Pinacoteca Vaticana, Roma

El modelo bizantino de representación de la natividad, que explicamos el otro día en Se armó el belén (1), cambió drásticamente a partir del Renacimiento, cuando empezaron a difundirse por Europa las visiones de Santa Brígida de Suecia (1301-1373). Esta monjita nórdica fue testigo privilegiado del nacimiento de Jesucristo, que presenció con sus propios ojos catorce siglos después de que sucediese, en una especie de viaje astral. Podéis verla en la esquina derecha del cuadro de arriba, arrodillada discretamente en un rinconcito de la cueva.

Brígida tuvo visiones durante toda su vida, que recopiló en varios volúmenes titulados Revelaciones Celestiales. Aunque probablemente hoy estaría medicada, tener apariciones de este tipo era todo un privilegio en esa época. La escena de la natividad está narrada con pelos y señales en el capítulo 12 del libro VII. Según Brígida, José llegó con María a la cueva-establo, ató a la mula y al buey en el pesebre y salió a esperar, para respetar la intimidad de la parturienta. María se descalzó, se quitó el manto y el velo, soltando su largo cabello rubio, y se puso de rodillas a rezar. De repente, sin dolor alguno, el niño salió de su vientre y aterrizó en el suelo, iluminando la oscuridad de la gruta con su resplandeciente cuerpecito. Cuando entró José, se dejó caer también de rodillas, acompañando a María en sus rezos. Los coros celestiales de los ángeles se mezclaban con los berridos del recién nacido, que estuvo tirado en el suelo hasta que los desnaturalizados padres se dignaron a vestirlo y acostarlo en el pesebre.

Roger Van der Weyden, Tríptico Bladelin (1445-1550), Staatliche Museen, Berlín

A partir del siglo XV, empezamos a ver cuadros con este modelo de natividad. María es ahora una rubia en camisón que reza arrodillada. Esto era ideal para la iglesia católica que siempre había considerado poco decoroso representar a la Virgen tumbada y convalenciente, teniendo en cuenta que parir al hijo de Dios era imposible que doliese. La cueva se transforma en un establo o templo clásico en ruinas, que simboliza la destrucción del paganismo gracias al nacimiento de la nueva fe cristiana. El niño está desnudo en el suelo, a veces sobre el manto de María, y otras veces directamente en la tierra, con una piedra o roca como almohada. ¡Cómo habría cambiado la historia si hubiesen pasado por allí los servicios sociales!

Piero della Francesca, Natividad (1470-1475), National Gallery, Londres

Francesco di Giorgio Martini, Natividad (1490-1495), San Domenico, Siena

Tanto los evangelios apócrifos como Brígida de Suecia, cuentan que el niño despedía una luz cegadora. Algunos pintores se limitan a dibujar unos tímidos rayitos dorados alrededor del niño, pero los más osados le convierten en un auténtico gusiluz que ilumina toda la escena. (Lo qué debía ahorrar en la factura de la luz esta familia.)

Geertgen tot Sint Jans, Natividad (h.1490), National Gallery, Londres

2 comentarios:

  1. juaaas, niño gusiluz! debía desprender su calorcillo. Pues vaya con la Brigitta sueca y su mala broma, hasta Ferrándiz se la cree a pies juntillas.

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    1. El niño gusiluz es super práctico para los apagones, como braserito, para ahorrar en la factura, como linterna... Eso sí, los mosquitos le debían acribillar en las calurosas noches de verano.

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