14 de octubre de 2013

Yvette Guilbert y el pequeño monstruo

Henri de Toulouse-Lautrec, Yvette Guilbert (1893), Museo Thyssen-Bornemisza, Madrid

La cantante Yvette Guilbert fue uno de esos personajes que yendo contracorriente consiguió convertirse en un icono popular de la Belle Epóque. Su aspecto físico estaba a años luz de lo que habitualmente se veía en los escenarios de los cabarets y cafés concierto de París: mujeres entradas en carnes, con indumentarias excesivas y aspecto chabacano. Ella era una chica alta, pálida y esmirriada, pero muy inteligente. Y con muy buen criterio decidió potenciar esos "defectos" que la hacían diferente para destacar sobre la competencia.

Se vestía con trajes ceñidos y escotados que resaltaban su delgadez y su piel clara. Apenas utilizaba maquillaje o joyas y se recogía el cabello pelirrojo en un sencillo moño de andar por casa. Su rasgo más característico eran unos guantes largos de color negro que podían distinguirse con claridad desde el fondo de la sala. En el escenario se mantenía prácticamente inmovil, a excepción de algún gesto con los brazos y las expresivas muecas de su cara.

Yvette Guilbert

Su aspecto elegante (o por lo menos, más elegante que el resto) y un tanto virginal chocaba de lleno con la letra cruda de sus canciones que hablaban sobre una sociedad marginal que llamaba morbosamente la atención del público de Les Ambassadeurs y el Divan Japonais: prostitución, robos y asesinatos, adulterio, homosexualidad, drogas, abortos... Todo cantado en tercera persona, sin pizca de sentimentalismo, llamando a las cosas por su nombre y con un sentido del humor que resultaba irresisitible. La apodaban la diseuse por su estilo peculiar en el que mezclaba el canto con lo recitado.

Carteles de Theóphile-Alexandre Steinlen (1894, izquierda) y Ferdinand Bac (1985, derecha)

El pintor más noctámbulo del momento cayó rendido a los pies de la cantante. Henri de Toulouse-Lautrec la retrató una y mil veces, capturando como ninguno su aspecto altivo, su cuerpo estilizado y las divertidas muecas de su rostro. Aunque se hicieron buenos amigos, ella rechazaba por sistema todos los bocetos de carteles publicitarios que Lautrec le proponía. Las deformidades expresivas, marca de la casa del pintor, mostraban a una Yvette Guilbert poco atractiva, quizás demasiado caricaturesca. A la hora de venderse, ella prefería los carteles de otros litógrafos más clásicos, como Théophile-Alexandre Steinlen o Ferdinand Bac, que la pintaban más mona (si comparáis los dos carteles de arriba con los retratos de aquí abajo, os podréis hacer una idea).

Henri de Toulouse-Lautrec, Yvette Guilbert saludando al público (1894), Museo Toulouse-Lautrec, Albi

Henri de Toulouse-Lautrec, Yvette Guilbert (1894), Museo Pushkin, Moscú

El único cartel de Lautrec que pasó la criba fue el que hizo para el Divan Japonais, donde se tomó la licencia de cortarle el cuello a la diva y colocarla en un lugar secundario de la composición. Los que aparecen en el centro y en grande, dominando el cotarro, son la conocida bailarina de cancán Jane Avril y el escritor Édouard Dujardin. Pero no nos engañemos, aquí la estrella es Yvette Guilbert, perfectamente reconocible por muy descabezada que esté y a quien todos, hasta los más famosos, van a ver.

Henri de Toulouse-Lautrec, Divan Japonais (1892-1893), Metropolitan Museum, Nueva York

El ingenio de Lautrec no tenía límites. Llegó incluso a retratar a la cantante a través de su elemento más identificativo, sus largos guantes negros. ¿Para qué pintarla entera si con esto era suficiente? Además, si no le pintaba la cara, la cantante no podría enfadarse por haber salido fea...

Henri de Toulouse-Lautrec, Los guantes negros de Yvette Guilbert (1894)
Museo Toulouse-Lautrec, Albi

Este tira y afloja llegó al delirio cuando a Lautrec se le ocurrió mandar hacer unas placas de cerámica esmaltada con el retrato de Yvette Guilbert, un soporte muy chic para colocar encima un juego de té. Una vez perpetrado el diseño, se lo llevó a la cantante para que lo firmase. Ella, divertida, añadió a su firma el siguiente comentario: Petit monstre!! Mais vous avez fait un horreur!! Ni corto ni perezoso, Lautrec, con su habitual sentido del humor, encargó que incluyesen la inscripción en las doce placas. La crítica de Guilbert quedó inmortalizada junto a su retrato.

Henri de Toulouse-Lautrec, Yvette Guilbert (1895), colección particular

Me juego lo que sea a que estáis deseando escuchar la voz de Yvette Guilbert, que por suerte grabó en disco sus canciones más famosas. Uno de sus grandes hits fue Le Fiacre, compuesta por Léon Xanrof. La letra está llena de onomatopeyas e ironía: una calesa amarilla va trotando por las calles de una ciudad (el ritmo saltarín de la canción imita el movimiento de la calesa). Tras las persianas bajadas se escuchan besos y la voz de una mujer pidiéndole a su amante que se quite las gafas, que le hace daño. En ese momento pasa un anciano por la calle, reconoce la voz de su esposa dentro de la calesa e indignado, echa a correr detrás, con tan mala suerte que el suelo está mojado, patina y ¡crac!, se mata. Los amantes salen de la calesa y ella comenta como quien no quiere la cosa: "anda mira, era mi marido, ya no tendremos que escondernos, dale cien monedas al cochero".





Le Fiacre

Un fiacre allait, trottinant
Cahin, caha, hu, dia, hop là!
Un fiacre allait, trottinant
Jaune, avec un cocher blanc

Derrière les stores baissés
Cahin, caha, hu, dia, hop là!
Derrière les stores baissés
On entendait des baisers

Puis une voix disant "Léon!"
Cahin, caha, hu, dia, hop là!
Puis une voix disant "Léon!
Mais tu fais mal, ôte ton lorgnon!"

Un vieux monsieur qui passait
Cahin, caha, hu, dia, hop là!
Un vieux monsieur qui passait
S'écrie "Mais on dirait qu' c'est...

Ma femme, donc j'entends la voix"
Cahin, caha, hu, dia, hop là!
"Ma femme, donc j'entends la voix"
Y se lancer sur le pavé en bois
 
Mais y glisse su' l' sol mouillé
Cahin, caha, hu, dia, hop là!
Mais y glisse su' l' sol mouillé
Crac! il est écrabouillé.

Du fiacre une dame sort et dit
Cahin, caha, hu, dia, hop là!
Du fiacre une dame sort et dit:
"Chouette, Léon! C'est mon mari!

Y a plus besoin d' nous cacher,
Cahin, caha, hu, dia, hop là!
Y a plus besoin d' nous cacher
Donne donc cent sous au cocher!"

¿No os parece genial? En Spotify podéis deleitaros con el disco entero (yo hace días que no escucho otra cosa). Pero no me resisto a poner una más, su otro gran exitazo: Madame Arthur (los que no utilicéis Spotify, podéis hacer clic en el enlace para reproducir la canción y leer la letra).



Y para acabar, una galería de muecas de Yvette Guilbert que no tiene desperdicio y un chiste de Steinlen para una revista de la época. À bientot!

Arriba: Serenidad y Presintiendo un peligro
Abajo: Dolor moral y Dolor físico
Arriba: La sonrisa de la duda y Los dos reclamos (de los ojos y la boca)
Abajo: "Vendrás, ¿verdad?" y "Oh, no lo sé"

Arriba: La sospecha y El miedo
Abajo: La rabia y La crueldad
Theóphile-Alexandre Steinlen, ilustración para la revista Le Rire

6 comentarios:

  1. Respuestas
    1. Yvette Guilbert me comenta que está muy feliz con tus aplausos :-)

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    2. Yvette es una socarrona de mucho cuidado, Si da con Glen Ford en vez de con Toulouse-Lautrec, le da una hostia quepaqué

      http://www.youtube.com/watch?v=YnBmbsDan5s


      Es serio, es un buen trabajo, Marga, y muy ameno.
      Un saludo

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    3. Creo yo que esta señora era mucha señora para Glenn Ford... El que se hubiese llevado el guantazo seguro que era él, jajaja.

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  2. Gracias Marga por aumentar nuestra cultura, no tenia ni idea de quien era esta Yvette y ahora ya se quien es ese personaje que he visto un monton de veces en los carteles de Toulouse. Hace poco vi la peli de Edith Piaf y por lo que cuentas al principio me recordo un poco a ella. Un saludo.

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    1. No dejan de ser cantantes francesas que hablan de los bajos fondos :-)

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