12 de marzo de 2013

Los Guggenheim "pobres"

Peggy Guggenheim con su colección de gafas  de sol y un Kandinsky al fondo

Entre mis libros de cabecera, hay uno especialmente mal escrito que he devorado ya varias veces. Es la autobiografía de una de las grandes coleccionistas y mecenas del arte del siglo XX, Peggy Guggenheim, que por la cantidad de cosas que hizo en 81 años, parece que vivió cuatro o cinco vidas, en vez de una sola. Cada vez que he intentado escribir algo sobre ella, lo he dejado por imposible. No sé por dónde empezar, a no ser que empiece por el principio. Así que me temo que vais a tener que soportar estoicamente un monográfico sobre esta deliciosa ancianita de gafas imposibles, dividido en varios capítulos tipo "continuará".

Los Guggenheim eran una acaudalada familia de Nueva York. Pero no siempre fueron millonarios. El bisabuelo de Peggy emigró desde Suiza con una mano delante y otra atras. Fue su hijo Meyer quien logró forrarse en menos de cincuenta años comprando minas y montando negocios de fundición. Estas patillas pegadas a un señor son Meyer Guggenheim, el abuelo de Peggy:

Meyer Guggenheim, el potentado

Meyer tuvo diez hijos, unos le salieron trabajadores y otros rana. Solomon Guggenheim, el del museo de Nueva York, fue de los buenos. Benjamin, el padre de Peggy, de los malos. En 1894, se casó con Florette Seligman, de los Seligman de toda la vida (otra de las grandes familias judías de la gran manzana) y tuvo tres hijas con ella: Benita, Peggy y Hazel. Hasta aquí todo correcto, como mandan los cánones de la buena sociedad. Cuando Peggy tenía cuatro o cinco años años, Benjamin le encargó al pintor muniqués Franz von Lenbach que la retratase. El resultado fue esta cursilada:

Franz von Lenbach, Peggy Guggenheim (h.1903), Peggy Guggenheim Collection, Venecia
Benjamin y Florette Guggenheim, los padres de Peggy
Peggy (izquierda) con sus dos hermanas, Hazel y Benita

Unos años más tarde, Benjamin Guggenheim abandona el lucrativo negocio familiar y se va a París a buscar "fortuna", dejando a Florette y a las niñas en Nueva York. Invierte sus dineros aquí y alla en diferentes proyectos que acaban siendo ruinosos. Estos negocios parisinos eran una vulgar excusa para poder estar lejos de casa y dedicarse a la buena vida y a sus amantes. En abril de 1912, decide ir a visitar a su familia unos días y para demostrar que no era gafe solamente en sus inversiones, saca pasajes para el Titanic. De todas las personas que viajaban con él, la única que sobrevivió fue su joven amante, una cantante francesa llamada Léontine Aubert. Sabemos de sus últimas horas en el barco gracias al testimonio de un camarero superviviente y al amarillismo del New York Times:

Página del New York Times, 20 de abril de 1912
Florette Guggenheim y su hermano James en las oficinas de la
White Star esperando noticias.

Cuando la desconsolada viuda fue a echar mano a la herencia, descubrió con sorpresa que los millones que esperaba recibir no pasaban de unos cientos de miles de dólares. Una verdadera fortuna para la mayoría de los mortales, pero que convertía a Florette y a sus hijas en las parientes "pobres" de los Guggenheim.

Peggy acabó sus estudios en un instituto privado para señoritas judías y, aunque luego se arrepentiría, prefirió no ir a la universidad. Al cumplir los veintiún años, entró en posesión de la herencia que le había dejado su padre (450.000$) y lo primero que hizo fue ir a Connecticut a operarse la nariz. Peggy quería una nariz tip-tilted like the petal of a flower (lo había leído en un poema de Tennyson y le sonaba bastate bien). A media operación, con anestesia local, el cirujano plástico le confesó que no era capaz de hacerle la nariz que había pedido y le sacó el muestrario para que escogiese otra. Muerta de dolor, le mandó a la mismísima y le dijo que se la dejase como estaba. A partir de entonces, la prominente nariz de Peggy le serviría de barómetro avisándole de cuando iba a cambiar el tiempo.

Peggy (derecha) y su hermana Benita en 1919

Desde que era niña, Peggy había aborrecido la vida vacía y sinsustancia de la alta sociedad neoyorquina. Para sentirse útil, entra a trabajar como ayudante en la librería radical de un tío suyo, Harold Loeb, donde conoce a algunos escritores y pintores famosos. El futuro que le esperaba en Nueva York a una chica como ella era encontrar un buen partido, entre los pocos judíos disponibles, y convertirse en una mujer florero. Lo poco que había visto del mundo de la bohemia parecía bastante más divertido. Hizo las maletas y se largó a Europa.

Continuará...

Capítulo siguiente: Peggy pagafantas

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