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24 de marzo de 2013

Peggy Guggenheim en Venecia, la última dogaresa

Marga Fdez-Villaverde
Peggy en la terraza del Palazzo Venier del Leoni (David Seymour, 1950). 

Nota: este artículo forma parte de una serie. Si no te quieres perder nada, te recomendamos leer antes estos otros:

  1. Los Guggenheim pobres
  2. Peggy Guggenheim pagafantas (bueno, mecenas)
  3. Guggenheim Jeune, la galería de Peggy en Londres
  4. Cómo comprar una colección de arte (si eres Peggy Guggenheim) 
  5. Art of This Century, la galería de Peggy Guggenheim en NY
No hace falta ser muy perspicaz para darse cuenta de que Peggy Guggenheim era un culo de mal asiento. La aventura americana, con su galería-museo Art of This Century, había sido de lo más gratificante, pero echaba de menos Europa y ahora que la guerra había acabado, no había excusa para quedarse en Nueva York. En 1947 cierra la galería, mete su colección en un almacén, deja a Pollock más o menos colocado en manos de la galerista Betty Parsons y se va a Venecia, dispuesta a establecerse allí de forma definitiva.

Carta de Peggy Guggenheim a la galerista Betty Parsons
"cediéndole" a Jackson Pollock (Archivo Smithsonian)

Para poder echar raíces en Venecia, era necesario resolver antes que nada dos problemas:
  1. Hacer la mudanza
  2. Encontrar casa
Una no puede viajar por el mundo con más de cien obras de arte en la maleta así por las buenas. Hay unos entes, llamados aduanas, que tienen la mala costumbre de cobrar tasas por importar o exportar bienes. El gobierno italiano le exigía a Peggy una tasa del 3% del valor total de su colección si quería importarla de forma permanente a Venecia. Un auténtico dineral, incluso para una Guggenheim.

Peggy no se resigna. Empieza a mover hilos y consigue una invitación para exponer sus obras en la Bienal de Venecia de 1949, con un permiso de importación temporal. Aunque la exposición fue un éxito de público, Peggy se molestó el día en que el director de la Bienal le hizo descolgar un dibujo "picante" de Roberto Matta, titulado Las dríadas, porque esperaban la visita de unos curas que a lo mejor se escandalizaban:

Roberto Matta, Las dríadas (1941), Peggy Guggenheim Collection, Venecia

Una vez concluida la Bienal y siguiendo el consejo de un amigo, Peggy empieza a pasear su colección por otras ciudades de Europa: Amsterdam, Bruselas y Zurich. Cuando las obras llegan otra vez a la aduana italiana, de regreso a Venecia, la tasa de importación se ha reducido milagrosamente, ya que ahora vienen de Suiza, otro país europeo. Problema de la mudanza resuelto.

Peggy necesitaba encontrar una casa que pudiese ser vivienda y museo a la vez. Tras una larga búsqueda, consigue comprar un palacio veneciano del siglo XVIII en pleno Gran Canal, obra del arquitecto Lorenzo Boschetti: el Palazzo Venier dei Leoni. Gracias a que en su día la construcción quedó inacabada (iba a tener varios pisos y se quedó solo en uno), el edificio no había sido declarado monumento nacional y se podían hacer reformas en él. Además, tenía una amplia terraza que daba al Gran Canal y en la parte de atrás, uno de los jardines privados más grandes de Venecia.

El Palazzo Venier del Leoni, la casa de Peggy Guggenheim en Venecia

La colección estaba repartida por todas las habitaciones del palacio y como estaba abierto al público, la intimidad en la casa era mínima. A Peggy no le importaba demasiado, ella quería que la gente disfrutase de esas obras increíbles que tanto esfuerzo le había costado reunir. Sin embargo, a sus invitados no acababa de hacerles gracia salir del dormitorio en paños menores y encontrarse con un grupo de japoneses cámara en mano. Al final, Peggy optó por construir un pabellón en el jardín y habilitar el sótano para ampliar el espacio expositivo. Esto le permitía, por fin, reservarse algunas habitaciones para ella y sus visitas.

Uno de sus huéspedes fue Truman Capote, que estuvo viviendo allí dos meses mientas escribía su primera novela "periodística" The Muses Are Heard. Según nos cuenta Peggy, el escritor estaba obsesionado con mantener la línea y obligaba a su anfitriona a que hiciese también dieta .

El dormitorio de Peggy era un sueño para cualquier amante del arte de vanguardia. Sobre las paredes color turquesa destacaba un impresionante cabecero de plata fabricado por Alexander Calder especialmente para ella, así como su colección de pendientes y un cuadro de Francis Bacon de quitar el hipo. Y por aquí y por allá, botellas decoradas de su ex Laurence Vail y algunos objetos surrealistas de Joseph Cornell.

El dormitorio de Peggy Guggenheim en el Palazzo Venier dei Leoni
Alexander Calder, cabecero de plata (1946), Peggy Guggenheim Collection, Venecia
Francis Bacon, Estudio para chimpancé (1957), Peggy Guggenheim Collection, Venecia
Laurence Vail, botella decorada (sin fechar), Peggy Guggenheim Collection, Venecia
Joseph Cornell, El loro que adivina el futuro (1937-1938), Peggy Guggenheim Collection, Venecia

Prácticamente en todas las fotos de Venecia, Peggy aparece rodeada por sus inseparables chuchos. Su primer terrier tibetano, que se llamaba Kachina, lo tuvo a medias con Max Ernst en Nueva York. Cuando se divorciaron, se planteó pedir la custodia compartida pero como vio que era complicado, se conformó con un par de hijas de la perrita. En Venecia, les buscó novio y llegó a tener hasta cincuenta y siete cachorros en casa. Los sofás y sillones de la casa los tenía tapizados en skay blanco, material sufrido por excelencia, y sobre ellos tenía puestas unas alfombras rayadas de piel que a los perros les encantaba lamer.

El salón de Peggy, con el loro de Joseph Cornell sobre la mesa
Peggy y su hija Pegeen en la terraza del Palazzo Venier, con un montón de perros

En la imagen de aquí arriba, podemos ver a Peggy y a su hija Pegeen con un montón de perros en la terraza del Palazzo Venier dei Leoni. Detrás de ellas, asoma la controvertida escultura que Peggy decidió colocar allí (y que allí sigue): El ángel de la ciudad de Marino Marini. Es un hombre a caballo que, con los brazos abiertos, eleva la cara hacia el cielo poéticamente, a la vez que apunta con descaro hacia el Gran Canal (y no precisamente con el dedo). El elemento apuntador podía desenroscarse para guardarlo en un cajón, cosa que hacía Peggy cuando tenía visitas mojigatas. (En este enlace, encontraréis un post antiguo sobre esta obra: De quita y pon.)

Marino Marini, El ángel de la ciudad (1948), Peggy Guggenheim Collection, Venecia

En esta otra fotografía, vemos a la última dogaresa, como la llamaban los venecianos, en la entrada de su casa, decorada, como quien no quiere la cosa, con un móvil de Alexander Calder, una escultura de Anton Pevsner (sobre un pedestal, en la esquina) y uno de los cuadros de Picasso más bellos que he visto en mi vida: La baignade.

Peggy Guggenheim en la entrada de su casa de Venecia
Alexander Calder, Arco de pétalos (1941), Peggy Guggenheim Collection, Venecia
Picasso, En la playa (1937), Peggy Guggenheim Collection, Venecia
Antoine Pevsner, Surface développable (1941), Peggy Guggenheim Collection, Venecia


La colección de Peggy tenía muchos novios: varios museos y galerías le invitaron a exponerla con la esperanza de que al final se la dejase en herencia. Una de las candidadas fue la Tate Gallery de Londres, donde expuso la colección en 1965. Al final, Peggy optó por cedérsela a la fundación de su tío Solomon Guggenheim, con la condición expresa de que las piezas estuviesen siempre juntas en su palacio de Venecia y que ella pudiese administrarla hasta su muerte. Evidentemente, no le dijeron que no. Su colección completa le costó aproximadamente 93.000 dólares; hoy en día está tasada en más de 700 millones. Aunque eso a Peggy le importaba un pito. No coleccionaba para invertir, sino para ser recordada como mecenas.

Su capricho extravagante en Venecia fue tener góndola propia, una de las últimas góndolas privadas que hubo en la ciudad. Todas las tardes, salía a dar un paseo de dos horas en ella.

Peggy en su góndola frente a su palacio
La última dogaresa

Ya sabéis, si alguno va a Venecia, que no se olvide de pasar por el Palazzo Venier del Leoni a saludar a esta gran mujer, que pidió que enterrasen sus cenizas en el jardín trasero, al lado de sus queridos perros, para no perder nunca de vista su colección de arte.

FIN.

Marga Fdez-Villaverde / Historia del arte - Gestión Cultural

Autora de los blogs Harte con Hache y El cuadro del día. Organizo visitas a museos y exposiciones en Madrid e imparto cursos online sobre arte.

13 comentarios:

  1. Qué ganas de volver a Venecia y visitar su Palazzo. Me he enamorado del cabecero de la cama.

    Fantástica serie de posts!!!

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    Respuestas
    1. Yo quiero uno igual... Bueno, igual no, quiero ESE.

      Gracias Rosa. Te recomiendo el libro (aunque creo que solo siguen editándolo en inglés). La pobre era pija a más no poder, pero de una pijez cándida encantadora.

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  2. alguna que otra muller coleccionando queda por ahí, no será la última Pegui.
    ahora bien... con ese glamour con el que la has bio-dogegrafiado, me parece que no. A su lado parecen gallegas del 18

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    Respuestas
    1. Eso de "bio-dogegrafiado" me suena a biodegradable. Pobre Peggy... Sí que hay coleccionistas, pero seguro que no tan interesantes como estas. Creo que deberíamos cogerle el testigo a Peggy, ¿qué te parece?

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    2. exxxxcelentísama baronesa Thyssen-Bornemisza de teta cancervera,
      también a la duquesa de Alba, le acaba de venir un repente quepaqué con el arte,

      Luego está Marga, mucho menos gallega,.. Eroticón que está ... "en train de.. dejar los grelos y el pulpo", a mí concretamente me queda dinero para otros 50.000 cuadros, y duplico la colección
      ;-), juas y rejuas

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    3. Nada, nada, Tita Cervera va a los clásicos, que no suponen riesgo alguno. No se dedica a comprar cuadros de artistas muertos de hambre porque sospecha que llegarán a ser de los grandes... Para lo que hace Tita, con tener dinero, basta.

      :-)

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  3. Vaya con la amiga Peggy... menudo personaje, empezando por las gafas. Aunque cualquiera puede permitirse ser un personaje teniendo dineros... Si el dormitorio de una persona es un espejo de su manera de ser, Peggy en su dormitorio lo dijo todo.

    Saludos y gracias por esta serie de entrada peggyanas.

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  4. ¡Hola Anónimo Castellano! La verdad es que tener dinero ayuda bastante, para qué nos vamos a engañar. Pero hay que reconocerle el mérito de haber sabido comprar obras de vanguardia recién salidas del horno y sin apenas equivocarse. Su colección es una verdadera joyita, con obras magníficas de cada artista representado. Se arriesgó y acertó de pleno. Eso es buen ojo (y buenos consejeros).

    El dormitorio... yo lo quiero.

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  5. Final redondo :)
    Lo primero que te quiero comentar es que... Quiero ese cabecero de Calder!!! Me he enamorado 0_o
    Lo segundo... 57 perros?? y yo pensaba que me gustaban demasiado... Uf! tendría el jardín fino de tanta "caquita", pero seguro que tenía a alguien que lo limpiara xD
    Ahora en serio. Esta mujer me ha encantado. Muchas gracias por hacer esta serie, ha sido genial :)

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    Respuestas
    1. ¡¡Hola Laura!! Gracias por el comentario.
      Esta señora era una loca de los perros. De hecho, una de las razones por las que le costó tanto encontrar casa en Venecia fue que necesitaba jardín para los perros. Como puedes ver en las fotos de este post, los enterraba con todos los honores: http://dreamdogsart.typepad.com/art/2009/10/peggy-.html

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    2. Y a uno de ellos le puso el nombre de su hija!!!!!

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    3. Qué tela!!!! Alucino de verdad. Lo bueno es que parece que le duraban mucho! Eso es que los tenía bien cuidados... tiene un gran mérito!! Otro punto a favor de Peggy :D

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