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9 de marzo de 2013

Yves Tanguy, cara de surrealista

Marga Fdez-Villaverde
El pintor surrealista Yves Tanguy.  
Yves Tanguy nació para surrealista. Con esa cara, está claro que no podía haber sido otra cosa. Sin embargo, hasta los veintidós años no se le pasó por la cabeza la posibilidad de dedicarse al arte. La suya fue una conversión mística, digna de un surrealista nato. Estamos en París,en 1922. El autobús en que viaja Tanguy pasa por la rue de la Boétie. El joven está distraído, mirando por la ventanilla, cuando de repente, de pasada, cree ver algo que le hace bajarse casi en marcha. Deshace a toda prisa el camino rodado y se planta frente al escaparate de la galería de Paul Guillaume, donde puede certificar que sus ojos no le han engañado. La obra que está viendo tras el cristal le deja clavado en el suelo, impactado, en estado de shock. En ese preciso instante, toma una decisión irrevocable: "voy a ser pintor ". Yves Tanguy acaba de tener una revelación metafísica. Literalmente. El cuadro en cuestión se titula El cerebro del niño y su autor es Giorgio de Chirico.

Giorgio de Chirico, El cerebro del niño (1914), Moderna Muset, Estocolmo
Al contemplar el cuadro con nuestros ojos del siglo XXI, nos asalta una duda existencial: ¿qué demonios tiene de extraordinario un señor bigotudo, en chichas, delante de un libro amarillo cerrado? Para poder entenderlo, tenemos que pensar en clave "surrealista". El bigotudo no es otro que el padre del pintor, que cierra los ojos ante la cultura que tiene delante porque lo verdaderamente importante no está fuera, sino dentro de su cabeza, en su imaginación. Es una obra enigmática, abierta a muchas otras interpretaciones psicológico-freudianas, de esas que tanto les gustaban a André Breton y a sus compinches. (De hecho, el cuadro era propiedad de Breton, que se lo había prestado a Paul Guillaume para que lo expusiera en su galería.)

Independientemente de que la obra nos haga caer en éxtasis o no, lo cierto es que tenemos que quitarnos el sombrero ante este señor bigotudo en chichas ya que, gracias a él, hoy podemos disfrutar de los cuadros que pintó Yves Tanguy.

Cuando uno no tiene un franco en el bolsillo y quiere convertirse en pintor, le toca ser autodidacta. Tanguy lo hizo en tiempo record. Con veintisiete años ya estaba exponiendo en solitario, con un estilo plenamente formado y maduro. Una madurez que se hace patente en fotos como estas:



Pero no cometamos el error de juzgar la pintura de Tanguy por el aspecto de Tanguy. Todos y cada uno de sus cuadros merecen estar colgados en las paredes de los mejores museos. Son misteriosos, herméticos y silenciosos, como los de su idolatrado Giorgio de Chirico. Las figuras son de contornos nítidos y precisos, igual que las del italiano. Y el aspecto final de sus obras también resulta inquietante. La genialidad de Tanguy fue absorber la esencia de la pintura metafísica de Giorgio de Chirico para hacer algo completamente nuevo.

Yves Tanguy, ¡Mamá, papá está herido! (1927), MOMA, Nueva York
Porque la pintura de Tanguy es completamente abstracta. De una abstracción engañosa y puñetera, pensada para fastidiar al espectador. A simple vista, sus cuadros pueden parecer paisajes relajantes de horizontes infinitos, pero no lo son. Están plagados de extrañas formas orgánicas que nos resultan familiares por sus texturas minerales o vegetales, pero que no podemos concretar qué son (porque no son nada). Tanguy manipula hábilmente nuestro cerebro haciendo pequeñas concesiones al mundo real, como el horizonte, la perspectiva o las sombras. Al reconocer estos elementos, nuestra cabeza se niega a aceptar que está ante una obra abstracta e inconscientemente, trata de identificar sin éxito las formas que tiene delante de los ojos. Los títulos de sus obras, poéticos y sugerentes, hacen el resto. Tanguy nos obliga a intentar comprender lo incomprensible. Es un esfuerzo inútil e infructuoso que nos hace sentirnos incómodos, con esa sensación tan agobiante de "me suena pero no sé de qué".

Yves Tanguy, Palais promontoire (1931), Peggy Guggenheim Collection, Venecia

Yves Tanguy, Todavía y siempre (1942), Museo Thyssen Bornemisza, Madrid
En la Segunda Guerra Mundial, Tanguy emigra a Estados Unidos con la pintora surrealista norteamericana Key Sage. Se casan en Reno y se instalan en Woodbury (Connecticut) hasta el final de sus días. Su estilo evoluciona sutilmente a lo largo de los años. Las obras pierden poesía y se hacen más oscuras y claustrofóbicas. El horizonte sigue ahí, pero Tanguy interpone obstáculos en nuestro camino, como por ejemplo este laberinto rocoso de Números imaginarios, que según algunos es el último cuadro que pintó en su vida:

Yves Tanguy, Números imaginarios (1954), Museo Thyssen Bornemisza, Madrid
Aquí le tenemos sentado, con Key Sage, muy modositos ellos, en el sofá de su casa. Aunque personalmente, me gusta más recordarle como el pintor de mirada salvaje y alucinada que inmortalizó Man Ray en 1934.

Yves Tanguy y Key Sage
Man Ray, retrato de Yves Tanguy (1934)

Marga Fdez-Villaverde / Historia del arte - Gestión Cultural

Autora de los blogs Harte con Hache y El cuadro del día. Organizo visitas a museos y exposiciones en Madrid e imparto cursos online sobre arte.

4 comentarios:

  1. Muy daliniano, ¿no? Personalmente prefiero al Tanguy más tardío, el de los "Números imaginarios", más denso.

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    1. Si te fijas en lo que hacía Dalí en 1927, verás que el que es "tanguiano" es Dalí, no al revés ;-)
      Igual que también copió cosas de muchos otros surrealistas, haciendo un pastiche muy personal, que luego supo vender estupendamente.

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  2. qué buena aquella expo del MNAC! me parece un artistazo. No tuvieron hijos, verdad? Su sobrina, medio griega, murió hace poco, vivía en Palma.

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    1. No, creo que no tuvieron hijos. Al menos ella. Quién sabe si Tanguy dejó alguno no reconocido por el mundo... era bastante mujeriego. ¡Qué curioso lo de la sobrina de Palma!

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