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4 de octubre de 2012

Madre no hay más que una

Marga Fdez-Villaverde
La imagen de la maternidad siempre ha estado muy idealizada en el arte. Madres jóvenes y guapas que miran con arrobo a sus infantes, unos niñitos angelicales, cariñosos, obedientes y limpios. El óscar a la madre perfecta se lo lleva la virgen María, que a través de sus imágenes nos presenta la maternidad como el súmmum de la felicidad femenina, el objetivo al que debería aspirar cualquier mujer de bien (aquí no entran las amantes de la mala vida, como Venus y sus acólitas).

Sin embargo, rebuscando un poco, podemos encontrar otros cuadros con detalles más realistas que, por su mayor humanidad a la hora de tratar el tema, resultan mucho más entrañables. Madres abnegadas y amantísimas, que tan pronto te dan un beso como un coscorrón y que te limpian los mocos y el trasero porque no les queda otra, no porque les guste. Madres de las de carne y hueso, como la tuya y como la mía.

O como La donna gravida de Rafael, una mujer en la recta final de su embarazo, con el rostro abotargado y las manos hinchadas. Desde la silla en que descansa, "porque hay qué ver lo que pesa esto", nos lanza una mirada enigmática, casi casi hipnótica, ¿pensando en lo que se le viene encima?

Rafael Sanzio, La mujer encinta (1505-1506), Palazzo Pitti, Florencia

Otro ejemplo de lo más realista lo podemos encontrar en la pobre recién parida del pintor polaco Daniel Nikolaus Chodowiecki: desaliñada, sudada, con la ropa arrugada, la cama hecha un asco, el niño enganchado a la teta... y aguantando estoicamente a las inoportunas visitas.

Daniel Nikolaus Chodowiecki, La habitación del parto (1759), Staatliche Museen, Berlín

En la pintura flamenca, más dada al naturalismo, podemos ver madres más de andar por casa. A pesar de que esta virgen de Gérard David sigue siendo una figura muy idealizada, se sale un poco de lo habitual. En vez de darle el pecho al niño, le sienta sobre sus rodillas y le deja jugar con una cuchara de madera para entretenerle mientras le da la papilla. Una escena tan adorable que el artista tuvo que pintar varias versiones (se vendían como churros).

Gérard David, La virgen de la sopa de leche (h.1520), Musée Royaux de Beaux-Arts, Bruselas

Esta jovencísima madre, pintada por Nicolaes Maes, levanta cuidadosa la tela que tapa la cuna para comprobar que su churumbel sigue dormido, encantada de poder seguir con la lectura de ese libro tan interesante un ratito más. El artista, que era un maestro del trampantojo, coloca una cortina amarilla a la derecha del lienzo que podría pertenecer tanto a la habitación como al marco del cuadro y que contribuye a darle una mayor sensación de seguridad a la escena.

Nicolaes Maes, Joven junto a la cuna (h.1665), Rijksmuseum, Amsterdam

Por lo general, en el arte, las madres que amamantan a sus hijos suelen estar mirando a sus retoños con embeleso, dedicadas en cuerpo y alma a la noble tarea de alimentarlos. Esta madre de Pieter de Grebber vuelve a salirse de los cánones. Por su edad y su aire despreocupado, ha debido cumplir sobradamente el cupo de horas de contemplación y ahora prefiere dedicar los ratos muertos de central lechera a otros quehaceres más intelectuales.

Pieter de Grebber, Madre e hijo (1622), Frans Halsmuseum, Haarlem
Las madres son las mejores enfermeras. Y si no, que se lo pregunten a la niña de este cuadro de Gabriël Metsu, que nos mira fijamente con ojillos de fiebre. Es la hora de comer, pero la pequeña, delgada como un espárrago, ha rechazado el cuenco de sopa. A pesar de su carilla de enferma, es evidente la satisfacción que siente por estar en brazos de su mamá.

Gabriël Metsu, La niña enferma (h.1660), Rijksmuseum, Amsterdam

Y aquí tenemos una de las tareas más ingratas del oficio de madre: la caza de piojos. En esta pintura de Gerard Terborch, la mujer se ha sentado junto a una ventana para inspeccionar con atención la cabeza de su hija. La cara de circunstancia de la niña, que se apoya resignada y un tanto tensa en las rodillas de su madre es sin duda lo mejor del cuadro.

Gerard Terborch, Buscando piojos (1652-1653), Mauritshuis, La Haya
Para acabar nuestro paseo artístico, un cuadro muy pequeño de Jean-François Millet del que me enamoré en el Louvre hace unos meses y que me dio la idea para este post. Un clásico: "mamá, pis".

Jean-François Millet, La precaución maternal (h.1855-1857), Museo del Louvre, París

Dedicado a mi progenitora, Gloria.

Marga Fdez-Villaverde / Historia del arte - Gestión Cultural

Autora de los blogs Harte con Hache y El cuadro del día. Organizo visitas a museos y exposiciones en Madrid e imparto cursos online sobre arte.

7 comentarios:

  1. Felicidades a Gloria. Que nos ha brindado a una obra de arte como tu.

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  2. Deliciosos cuadros y delicioso post. Las mamás, que son lo mejor.

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  3. cómo me ha gustado el maternal artículo, Marga. El de las papillas, me entusiasma, no me extraña que se vendieran tantos. ¿Hizo tantos?

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  4. Pues como poco cuatro: http://www.wga.hu/html_m/d/david/2/milksoup.html
    Y los que no nos hayan llegado.

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  5. Que delicia de artículo Marga...te seguiré desde la distancia

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    Respuestas
    1. ¡¡¡Muchas gracias!!! Y sigue comentando desde la distancia

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