18 de octubre de 2012

Dentistas y sacamuelas

Hoy tenemos dentistas. Antes tenían sacamuelas. Hoy acudimos a asépticas clínicas dentales. Antes abrían la boca y se dejaban hacer en medio de la plaza del pueblo, a la vista de todos. Hoy es obligatorio cursar una carrera universitaria para ejercer esta profesión. Antes era suficiente con comprarse unas tenazas y tener un poco de labia para engatusar a la gente.

Este cuadro de Gerrit Dou nos permite hacernos una idea de cómo debía ser la consulta de un dentista holandés del siglo XVII. Nada de sillones reclinables iluminados por potentes focos, a los sacamuelas les bastaba con una butaca corriente y moliente colocada frente a la ventana. El instrumental "médico" se amontona en la mesa y las estanterías del fondo: botes, redomas, mortero, una calavera, una bola del mundo, una viola... lo habitual en una consulta, vaya. Si os fijáis, veréis también dos bacías de barbero, una en la mesa de la izquierda y otra colgada de la pared de la derecha, porque estos sacamuelas tan pronto extraían un diente como rasuraban una perilla. Logradísimo, eso sí, el gesto tenso del paciente, que ha dejado su compra posada en el suelo, junto a la butaca, y levanta los puños un tanto acojonadillo.

Gerrit Dou, El sacamuelas (1630-1635), Museo del Louvre, París

Si hacemos caso a los cuadros, en cuanto el sacamuelas sacaba las tenazas, el pueblo entero se acercaba a cotillear. Y es que el hombre es un animal morboso por naturaleza y más aún cuando puede darse el gustazo de ver al vecino gritar y retorcerse como una nenaza. En manos de un sacamuelas, hasta el más macho perdía los papeles.

Eso es lo que sucede en este cuadro del holandés Gerrit van Honthorst. Este pintor hizo un viaje a Italia y volvió fascinado con el tenebrismo de Caravaggio. La diferencia entre ambos es que Caravaggio no utiliza fuentes de luz artificial para iluminar sus escenas, mientras que van Honthorst hizo un máster en velas y lámparas. El recurso del niño sujetando la vela para que el sacamuelas pueda ver dónde atacar resulta de lo más efectista y consigue dirigir la mirada del espectador a la cara del paciente.

Gerrit van Honthorst, El sacamuelas (1622), Gemäldgalerie, Dresde

La escena pintada por Theodoor Rombouts es bastante similar, aunque con una iluminación mucho más homogénea. Los rostros de los mirones son dignos de un estudio sociológico, sobre todo el de ese señor despeinado que se acerca con los quevedos. ¿Y qué me decís del collar de muelas del dentista? A falta de diplomas para certificar su valía, los sacamuelas lucían este tipo de collares como muestra de su buen hacer. La mesa en la que ha desplegado su instrumental está llena de dientes, por lo que deducimos que debe llevar un buen rato trabajando. ¿Estarán los de atrás haciendo cola? Es probable. El vejete del turbante le enseña al joven de la pluma los pocos dientes que le quedan. Los detalles son magistrales, un cuadro de esos "inagotables" (clic en las imágenes para verlas en grande).

Theodoor Rombouts, El charlatán sacamuelas (1620-1625), Museo del Prado, Madrid
Theodoor Rombouts, El charlatán sacamuelas (detalle)
Theodoor Rombouts, El charlatán sacamuelas (detalle)
Theodoor Rombouts, El charlatán sacamuelas (detalle)

Viajemos ahora a la Italia del XVIII, concretamente a Venecia. Allí los sacamuelas trabajan en la calle, encima de un estrado, como auténticos charlatanes. El sacamuelas de Pietro Longhi está subido a un estrado, en los pórticos del Palacio Ducal, la plaza más concurrida de la ciudad. Enseña orgulloso a su público el diente que acaba de arrancarle al chaval que está a sus pies. En la mesa del estrado, ricamente adornada con un mantel de brocado, se sienta un mono, fantástico reclamo publicitario. Dos niños le ofrecen pan, mientras que el tercero se lleva la mano al doloroso flemón. El tópico folclórico de las máscaras no puede faltar (qué sería Venecia sin máscaras).
 
Pietro Longhi, El sacamuelas (1746), Pinacoteca Brera, Milán

La escena pintada por Giandomenico Tiepolo, hijo de Giambattista Tiepolo, es confusa y abigarrada. Este sacamuelas sabe ganarse mejor el pan y ha conseguido atraer a una verdadera multitud. Su tenderete es mucho más vistoso (aunque le ha copiado la idea del mono al otro) y hasta tiene ayudante.

Giandomenico Tiepolo, El sacamuelas (1754-1755), Museo del Louvre, París

Rematamos con dos grabados relacionados con este tema que me han llamado la atención. El primero es de Peeter van der Borcht. Este sacamuelas es un auténtico campeón, ¡ni se molesta en bajar del burro para sacar dientes!

Peeter van der Borcht, El sacamuelas (segunda mitad XVI), Metropolitan Museum, Nueva York

El segundo es un grabado de Francisco de Goya titulado A caza de dientes, perteneciente a la serie Los caprichos. Esta jovencita, que evidentemente no es sacamuelas profesional, le está arrancando los dientes a un ahorcado para preparar un hechizo amoroso que le permita conquistar a su amado. Como buen ilustrado, Goya critica duramente la ignorancia y superchería de la sociedad en la que le tocó vivir.

Francisco de Goya, A caza de dientes (plancha nº 12 del álbum Los caprichos, 1799)

5 comentarios:

  1. Prueba fehaciente de la decadencia artística de la profesión: mi sacamuelas, no es que no exhiba viola de gamba o espineta en su botica/estudio, es que ni siquiera dispone de órgano Hammond.

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  2. Búscate otro. El mío hace verdaderas melodías dodecafónicas con el torno y el palito chupababas.

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  3. A pesar del detallista despliegue de instrumental en el cuadro de Theodoor Rombouts, me quedo con la escena callejera de "El sacamuelas" de Pietro Longhi.

    Hay que lamentar la desaparición de los oficios ambulantes. Aunque tal y como están las cosas hoy en día, cosas veredes: vuelven los afiladores, y el otro día un señor muy mayor sacó el organillo en plena carretera de Sants.

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    1. Como sigan apretándonos, no nos dará la cartera para sacamuelas profesionales y los dentistas volverán a tomar la calle... tiempo al tiempo.

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  4. Menos mal que los dentistas han evolucionado. Si no que dolor!!!

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