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21 de septiembre de 2012

¿Pero qué está pasando aquí?

Marga Fdez-Villaverde
Hoy traemos otra pintura de género holandesa con significado aparentemente oculto, igual que El regalo del cazador que vimos a principios de este mes. Aclaremos: "significado oculto" para nosotros que no estamos entrenados para leerlas, pero no para los contemporáneos del artista, a quienes no se les escapaban todos estos detalles . Esta vez no diremos el título hasta el final, para no desvelar el misterio.

Frans van Mieris el Viejo, El título lo dejamos para el final (1658), Mauritshuis, La Haya

Se trata de un cuadro de pequeño tamaño, de unos 43x33 cm, como muchas de las pinturas de esta temática pensadas, no para grandes palacios o iglesias, sino para decorar las casas más modestas de la floreciente burguesía. Es obra de Frans van Mieris el Viejo, artista especializado en escenas de género que fue discípulo de Gerrit Dou, uno de los pintores de abuelitas lectoras del otro día. Su pincelada era prácticamente invisible y gracias a esto lograba una minuciosidad extrema en los detalles y las texturas, como podréis comprobar a continuación.

A simple vista puede parecer una escena más o menos típica de un soldado intentando ligar con la camarera de una taberna. El local es una especie de quiero y no puedo que debió conocer tiempos mejores. Para muestra, la silla de la izquierda, a la que le falta una de las bolas del respaldo y oculta el cuero gastado del asiento con un cojín viejo y descosido. Un joven duerme, probablemente la mona, apoyado en la mesa del fondo.


El soldado mira a la joven con ojos golosones y le tira suavemente del mandil para acercarla hacia él. Con la otra mano levanta una copa de cristal del bueno para que se la llene de vino. Por su parte, la chica, que lleva la parte superior del corpiño desatada para lucir sus prietas carnes, le devuelve la mirada sonriéndole con picardía. Aquí hay tema.



Otra pareja cuchichea en la puerta del fondo. Se cree que el hombre es el propio Frans van Mieris que, al igual que Alfred Hitchcock, era bastante aficionado a los cameos. Aunque apenas se le ve el rostro, tanto el peinado, como la forma de la nariz y el bigote coinciden con los de el retrato de más abajo.


Frans van Mieris, Autorretrato (1674), National Gallery, Londres

En la parte de arriba del cuadro, asoman por la barandilla un colchón de paja y ropa de cama. No deja de ser un poco extraño ver una cama en el altillo de una taberna.

 

Pero sin duda, el detalle más revelador del cuadro son los dos perritos que se están apareando alegremente a la vista de todos. Durante el siglo XIX, un antiguo propietario del cuadro, escandalizado por esta escena de dos rombos, hizo que pintasen sobre el macho para ocultarlo. Tras la restauración de la obra, el vehemente animalillo volvió a salir a la luz y el cuadro dejó de ser "El soldado y la doncella" para convertirse en una "Escena de burdel".


Como curiosidad, la chica y el perrito que posaron para la obra vuelven a aparecer en otro cuadro del artista ligeramente posterior. Después de su toilette matutina, una mujer elegante juega con su perrito en el dormitorio. El animal se pone de pie sobre las dos patitas de atrás para ganarse el dulce que ella sostiene entre los dedos. Qué escena más dulce e inocente, ¿verdad? Pues no. Es un paralelismo del juego amoroso, mediante el cual la mujer logra que su amante se pliegue a su voluntad para conseguir también su premio. La criada haciendo la cama, la carta abierta sobre el tocador y las zapatillas verdes del escalón nos están insinuando también lo que debió suceder en ese dormitorio la noche anterior.

¿Quién dijo que la pintura de género era aburrida?

Frans van Mieris, El perrito (1659-1660), Museo Hermitage, San Petersburgo



17 de septiembre de 2012

Pobrecito Wagner

Marga Fdez-Villaverde
James Ensor, Au conservatoire (1902), Museo d'Orsay, París

En este descarnado óleo del pintor belga James Ensor, el pobre Richard Wagner llora de rabia y se tapa los oídos ante el destrozo que están haciendo unos músicos de su maravillosa obra.

El público enfervorecido, fuera de los límites del lienzo, lanza a los intérpretes flores sueltas y ramos completos, pero también objetos de todo tipo, como un gato espatarrado, un pato con un billete atado a la cola, dos zanahorias y la marca de identidad de Ensor: un arenque ahumado (hareng-saur en francés, que al pronunciarse suena igual que art Ensor).

James Ensor, Au conservatoire (1902), Museo d'Orsay, París

Los músicos son miembros del conservatorio de Bruselas. Personajes de rostros deformados, algún que otro escote que deja ver más de la cuenta, salivazos y notas musicales casi escupidas. El director de orquesta, con cara de pocas luces y un largo moco que le cuelga de la nariz, agita la batuta con poco brío (¿o quizás es un látigo?). El músico de la izquierda, al que le ha caído un ramo de flores en la cabeza y que suda copiosamente, es Eugène Ysaÿe, un violinista de la época.

La banda sonora del cuadro es la famosa cabalgata de las valquirias, como podemos ver en el libreto que sujeta la mujer del centro. Es Madame Servais, profesora de canto. El grito de guerra que inventó Wagner para las valquirias (Hojotoho! Hojotoho! Heiaha! Heiaha!, que así leído suena bastante ridículo) se convierte a partir de la tercera línea en un absurdo juego de palabras sin sentido.

Y Wagner preside la escena horrorizado, desde un viejo óleo lleno de telarañas que cuelga de una soga, como si fuese un ahorcado. El mensaje es claro: los músicos y el público no le rinden al maestro el respeto que merece. La cultura muere aniquilada en manos de ignorantes que aparentan saber, pero que en realidad no saben nada.

Irónico, grotesco, ácido, desagradable y muy divertido. Criticando la sociedad sin piedad ninguna. Es el genial James Ensor, heredero directo de El Bosco y Peter Brueghel.

La cabalgata de las valquirias, de la ópera Die Walküre de Richard Wagner. En este archiconocido fragmento del tercer acto, las valquirias, diosas guerreras hijas del dios Wotan, recogen a los héroes caídos en la batalla para llevárselos al Walhalla, la residencia de los dioses, donde pasarán a formar parte del ejército del dios. 


16 de septiembre de 2012

Abuelitas lectoras

Marga Fdez-Villaverde
Allá por el siglo XVII, tres grandes artistas de los Países Bajos pintaron tres encantadoras obras de ancianitas leyendo. Estas arrugadísimas abuelitas no leen novelas, sino libros piadosos. En esa época, muchos de los habitantes de los Países Bajos sabían leer. A diferencia de los católicos, los protestantes promovían la lectura entre sus fieles, para que todos y cada uno de ellos pudieran interpretar las sagradas escrituras por sí mismos (mejor que no entremos a divagar sobre la influencia que tuvo esta cuestión en la evolución cultural de los países). Podemos deducir, por tanto, que pintar viejecitas leyendo era una buena forma de presumir de tener una población culta. Hoy en día, estos tres cuadros se conservan en el Rijksmuseum de Amsterdam.

Rembrandt, Anciana leyendo o La profetisa Ana (1631), Rijksmuseum, Amsterdam

Empecemos por el de Rembrandt. En este caso, la viejecilla no es una mujer anónima, sino la profetisa Ana del templo de Jerusalén, de ahí su tocado de tipo oriental. La iluminación es magistral. El artista decide dejar el rostro de la mujer casi en penumbra y mediante un foco de luz diagonal, ilumina intensamente el libro y la mano con la que se ayuda para seguir las líneas del texto. Las arrugas de la mano están pintadas con una precisión extrema (haced clic en la imagen para verla en grande), sin embargo, el texto no puede leerse. Esto era típico de Rembrandt, combinar áreas de mucho detalle con otras más abocetadas.
 
Gerrit Dou, Anciana leyendo un leccionario (1630), Rijksmuseum, Amsterdam

La segunda abuelita está pintada por Gerrit Dou, discípulo de Rembrandt, más o menos en la misma época en que Rembrandt pintó la suya, cuando Dou aún trabajaba en el taller del maestro. Las principales diferencias son la luz, mucho más homogénea en este caso, y un mayor detalle. Aquí podemos leer claramente los títulos del libro (el que entendamos lo que pone es otra historia). Los que saben dicen que es un fragmento del evangelio de Lucas en el que se narra la entrada de Jesucristo en Jerusalén. De todas formas, la anciana parece estar más concentrada en mirar los santos que en el texto. La textura de los distintos materiales es impresionante, casi podemos sentirlos en los dedos.

Gabriël Metsu, Anciana meditando (h.1662-1663), Rijksmuseum, Amsterdam

La tercera ancianita es obra de Gabriël Metsu, discípulo del anterior. La iluminación no procede de un foco de luz concreto, sino que viene dada por los contrastes tonales del cuadro. El rostro, las manos y el libro destacan sobre un fondo prácticamente negro. La mujer se ha quitado las gafas y tiene los ojos entrecerrados. ¿Está leyendo o "meditando" como dice el título? Mi abuela también decía que estaba "pensando" cuando la pillábamos cabeceando delante de la tele...

9 de septiembre de 2012

Enseñando el pajarito en la pintura barroca holandesa

Marga Fdez-Villaverde

Gabriël Metsu, El regalo del cazador (hacia 1658-1660), Rijksmuseum, Amsterdam
En esta deliciosa pintura costumbrista, un cazador madurito le ofrece a una elegante dama holandesa una perdiz muerta. Para nuestros ojos del siglo XXI, la lectura más simplista de la escena sería: "cariño, deja de coser y prepárame la cena, y ya de paso ponme también una cerveza bien fresquita, que quiero sentarme a ver el partido". Sin embargo, para las cultivadas miradas del siglo XVII, el significado no era precisamente ese, sino este otro: "hola guapa, ¿te vienes al catre conmigo?"

Pues sí, en esa época, ofrecer a una mujer un ave muerta de cualquier tipo era lo mismo que pedirle mambo. En holandés y en alemán, el sustantivo vogel significa pájaro, término que puede hacer referencia tanto a las aves emplumadas como a esos otros pájaros que se esconden tras los calzones; y el verbo vogelen significa copular, dicho finamente. No deja de ser curiosa esa ancestral costumbre de referirse al miembro viril masculino en términos ornitológicos. Como muestra, el sustantivo inglés cock (gallo), nuestro divertido pajarito o, sin ir más lejos, la malsonante p***a (femenino de pollo).

Aparte de la perdiz muerta, Gabriël Metsu añadió otros detalles picantones a la escena, como la figura de Cupido sobre el armario o esas zapatillas rojas tiradas por el suelo junto a los aperos del cazador, en ese segundo significado de "salir de caza".

Ahora que ya sabemos interpretar estos símbolos, ¿qué os parece si intentamos descifrar lo que nos quiso decir el pintor Gerrit Dou en esta otra obra?

Gerrit Dou, Ama de casa holandesa (1650), Museo del Louvre, París
Es evidente que no estamos ante una inocente ama de casa que ordena diligentemente su cocina. La joven se asoma a la ventana para colgar un gallo muerto de un gancho, a su derecha hay una jaula de pájaros abierta y vacía, una jarra tumbada que ha dejado caer el líquido que contenía y una vela apagada, símbolo de la oscuridad o la noche. En resumidas cuentas, una chica con ganas de marcha.

Moraleja de la historia: amigas féminas, cuidadito cuando un hombre os enseñe el pajarito u os traiga pollo asado para cenar, que el mensaje de fondo viene a ser el mismo.

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