5 de abril de 2012

Ni se mira, ni se toca (y 2)

Peter Paul Rubens, Diana y Calisto (detalle, hacia 1635), Museo del Prado, Madrid

En esta entrada, continuación de la anterior, seguimos contando los desvelos de la diosa Diana por preservar intacta su castidad y la de sus ninfas en un mundo mitológico plagado de pervertidos. Si no lo habéis hecho, os recomendamos leer antes la primera parte: Ni se mira, ni se toca (1).

De todos es conocida la incontinencia sexual del dios Júpiter, a quien la mojigatería de su hija Diana debía parecerle una verdadera aberración. El caso es que un día se encaprichó de Calisto, la ninfa más hermosa de la corte de Diana. Con todas las ninfas que había por el mundo, el que escogiese precisamente a ésta no debió ser casualidad, sino más bien ganas de hacerle la puñeta a la puritana de su hija. Júpiter sabía que Calisto le iba a rechazar, ya fuese por su voto de castidad o por miedo a las iras de su jefa, así que se le ocurrió la fantática idea de "disfrazarse" de Diana para acostarse con ella. En este punto nos surge una duda: ¿cómo se las apañó para embarazar a Calisto sin sus nobles atributos? Ni idea, pero lo hizo. Al cabo de unos meses, durante uno de sus baños, Diana se percató de que la barriga de Calisto se había abultado sospechosamente y sin más miramientos la convirtió en osa. Una vez que hubo parido a su hijito Arcas (un bebé bastante peludo, supongo), Júpiter la subió a los cielos convirtiéndola en la Osa Mayor para salvarla de las flechas de los cazadores.

La primera de estas escenas, la de los amores de Júpiter y Calisto, es uno de los temas lésbicos más famosos de la mitología. Aunque hay ejemplos en los que Júpiter aparece representado como hombre, no es muy habitual ya que daba muchísimo más juego pintarle con tetas. En este ejemplo de Rubens, Diana tiene un aspecto algo masculino y detrás de ella vemos el águila y los rayos, atributos de Júpiter, que nos aclaran quién es en realidad. Pero muchas otras veces los artistas no se molestaban en aclararnos nada: se limitan a pintar a dos chicas retozando en plena naturaleza.

Peter Paul Rubens, Júpiter y Calisto (1613), Staatliche Museen, Kassel
Federico Cervelli, Diana y Calisto (segunda mitad XVII), Museo Nacional de Varsovia
Jean Baptiste Marie Pierre, Diana y Calisto (1745-1749), Museo del Prado, Madrid

La escena del descubrimiento del embarazo de Calisto es mucho más dramática. Normalmente las ninfas forcejean con la avergonzada Calisto para quitarle las ropas por orden de Diana, que la señala con el dedo, majestuosa y bellísima.

Sebastiano Ricci, Diana y Calisto (1712-1716), Galleria dell'Accademia, Venecia
Peter Paul Rubens, Diana y Calisto (hacia 1635), Museo del Prado, Madrid
Peter Paul Rubens, Diana y Calisto (detalle)

En este cuadro de Tiziano es imposible no preguntarse qué tendrá de especial la barriga de Calisto, cuando la de sus compañeras es más o menos igual de generosa. Eso sí, ante el uso del color del maestro veneciano hay que quitarse el sombrero.

Tiziano Vecellio, Diana y Calisto (1556-1559), National Gallery of Scotland, Edimburgo
Tiziano Vecellio, Diana y Calisto (detalle)

En la iconografía de Diana hay otra anécdota que no le pertenece realmente a ella, sino a Selene, la diosa de la luna. Por esos raros caprichos del destino, la mitología acabó mezclando la historia de estas dos diosas, cuando una era tremendamente recatada y la otra la anticastidad personificada. De este modo, Diana acabó convirtiéndose en diosa de la luna.

Según este sugerente mito, la Luna se enamoró de un bellísimo pastor llamado Endimión. No se sabe si por petición de la Luna o del propio Endimión, Júpiter le otorgó el don de la juventud a cambio de dejarle dormido el resto de la eternidad. Las ventajas que podía tener este pacto para Endimión se me escapan: su belleza no se marchitaría nunca, pero tampoco podía aprovecharse de ella. La que sí se aprovechó fue la Luna, que tuvo cincuenta hijas con este pastorcillo que se dejaba hacer en sueños sin oponer resistencia. En el caso de Diana, se quedó tan prendada de Endimión que se pasaba las noches contemplándole castamente, sin peligro de que el chico intentase nada.

En el arte, podemos encontrar Endimión durmiendo solo, aunque lo más habitual es que estén Diana o la Luna mirándole o acariciándole. Por sus ronquidos le conoceréis... y también porque suele tener a su lado un cayado de pastor y uno o dos perros, que a veces también están dormidos. Normalmente la diosa aparece en el cielo flotando sobre la luna, como podéis ver en estos dos ejemplos de Filippo Lauri y Jean-Honoré Fragonard. El primero duerme plácidamente, con la boca entreabierta, a punto de dejar caer la babilla (no lo ampliéis que es broma). El segundo es el típico cuadro rococó, cupido con flecha y flores incluido, tan almibarado que empalaga.

Filippo Lauri, Endimión y Selene (hacia 1650), Akademie der bildenden Künste, Viena
Jean-Honoré Fragonard, Diana y Endimión (1753-1756), National Gallery of Art, Washington

Los dos ejemplos siguientes son mucho más oníricos (nunca mejor dicho). En la obra de George Frederic Watts, pintor simbolista, la Luna es un ente brillante y difuminado que apenas alcanzamos a distinguir. En la del pintor neoclásico Girodet, la diosa se transforma en un rayo de luna que acaricia el cuerpo de Endimión, mientras Zéfiro, dios del viento, aparta las ramas abriéndole paso. La sensualidad de ambas escenas nos hace pensar más en Selene que en Diana.

George Frederic Watts, Diana y Endimión (1869-1903), The Watts Gallery, Compton

Anne-Louis Girodet de Roucy-Triosson, El sueño de Endimión (1791), Museo del Louvre, París

Y acabamos con este precioso escorzo barroco de Pietro Liberi, el único Endimión que duerme más o menos de forma natural, porque ¿os habéis fijado en las posturas de los otros?

Pietro Liberi, El sueño de Endimión (hacia 1660), Museo Hermitage, San Petersburgo

7 comentarios:

  1. Muy interesante. Parece que lo lésbico y los grupos de chicas les pone a los mecenas, en cambio los chicos imberbes y depilados, siempre duermen la siesta muy solitos.
    El Liberi y el Watts fantásticos, duermen profundamente y los otros Edimiones, a punto de despertar..

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  2. Es que no estaría bien abusar de un chico imberbe y depilado cuando está dormido e indefenso... ¿o sí?

    Estos Endimiones, por las posturas en que duermen, debían asegurar el trabajo a los fisios de la época.

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  3. De todos es sabido que los mitos i dioses eran los únicos personajes que se podian representar despendolados en las imágenes, però dentro del "despendole" general,los dioses aparecen casi siempre con más harapos estrategicamente colocados que las pobres diosas. Lo de las "posturitas" es digno de un estudio amplio i exhaustivo.
    Un abrazo

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  4. Los que encargaban las obras eran hombres, por lo que no deja de tener cierta lógica que las que más ligeras vayan de ropa sean las diosas...

    :)

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  6. He llegado aquí haciendo turismo de un blog a un otro, y lo cierto es que este blog me ha encantado! Me hago seguidora ya :)

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  7. Muchas gracias María!!!! Espero estar a la altura ;)

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