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25 de abril de 2012

Degas el maniático

Marga Fdez-Villaverde
Edgar Degas, La orquesta de la Ópera (h.1868-1869), Museo d'Orsay, París

Edgar Degas era un maniático. Y un tío raro.

Según nos cuenta el galerista Ambroise Vollard, del que ya hablamos aquí, el taller de Degas era un verdadero caos, lleno de trastos y porquería por todos lados, pero no dejaba que nadie tocase nada. Un día que Vollard fue a visitarle se le cayó sin querer un papel de un paquete que llevaba bajo el brazo, un papelito minúsculo, del tamaño de un confeti. Degas corrió a recogerlo del suelo, rebuscando en la grieta donde había caído, y dijo ofendido a Vollard: "no me gusta el desorden".

Otro día Vollard le invitó a cenar a su casa. El artista aceptó la invitación pero le puso una serie de condiciones, siete para ser exactos:
"Por supuesto que iré Vollard, pero escuche: ¿podría preparar un plato especial para mí sin mantequilla? Recuerde que no debe haber flores sobre la mesa y que la cena debe servirse a las siete y media en punto. Ya sé que no dejará a su gato suelto por ahí, pero por favor no permita que nadie traiga perro. Y si viene alguna mujer, espero que no venga apestando a perfume. ¡Qué horribles son esos olores cuando hay tantas cosas que huelen bien, como las tostadas o incluso el estiércol! Ah, y que haya poca luz. Mis ojos, ya sabe, mis pobres ojos."
Estas condiciones nos hacen pensar, en primer lugar, que era un francés de pacotilla, porque ningún gabacho de pro despreciaría la mantequilla. Y en segundo lugar, que debía ser alérgico a las flores, a los gatos y a los perros. Respecto a su vista, es cierto que no veía demasiado bien, pero tampoco tanto como aparentaba. Era de todos sabido que fingía estar más ciego de lo que realmente estaba para no tener que saludar a la gente que le caía mal. Aunque a veces metía la pata: "¿quién es usted? No le reconozco... mis pobres ojos". Y al rato sacaba el reloj del bolsillo para mirar la hora.

Edgar Degas, La clase de danza (1873-1875), Museo d'Orsay, París

No le gustaba que le incluyesen en el grupo de los impresionistas. Al igual que Édouard Manet, era un urbanita convencido que prefería pintar seres humanos antes que paisajes y bodegones. Los dos utilizaban el color negro con fruición, lo que constituía prácticamente una blasfemia para los impresionistas de verdad, que juraban que el negro puro no existe en la naturaleza. Pero en lo que realmente destacó Degas fue en sus composiciones rompedoras, inspiradas en los encuadres fotográficos. No tenía problema en cortar una figura por la mitad, dejando sus piernas o incluso medio cuerpo entero fuera del cuadro, creando así una sensación de continuidad fuera de los límites del marco.

Intentaré explicarme mejor, cuando observamos una composición pictórica tradicional, con la figura principal en el centro del lienzo, estamos viendo todo lo que quiere mostrarnos el pintor y no nos cuestionamos el espacio. Sin embargo, los encuadres de Degas nos dejan con la sensación incómoda de que nos estamos perdiendo lo que sucede más allá del lienzo, porque es evidente que si las figuras no están enteras es porque hay algo más que no nos está enseñando el pintor. De este modo, el espacio pictórico se extiende imaginariamente más allá del cuadro.

Edgar Degas, La plaza de la Concordia (1875), Museo Hermitage, San Petersburgo

Edgar Degas, Miss La La en el Circo Fernando (1879), National Gallery, Londres

A pesar de sus rarezas, Degas era un hombre de buen corazón al que le gustaba bromear con sus modelos. "Eres un raro especimen", decía muy serio,"tienes el culo en forma de pera madura, como la Gioconda". Esto hacía que la chica saliese del taller de lo más ufana, meneando el trasero con orgullo. Y es que cumplidos así no se reciben todos los días. 

Edgar Degas, El barreño (1886), Hill Stead Museum, Farmington, Connecticut

Marga Fdez-Villaverde / Historia del arte - Gestión Cultural

Autora de los blogs Harte con Hache y El cuadro del día. Organizo visitas a museos y exposiciones en Madrid e imparto cursos online sobre arte.

7 comentarios:

  1. Pues para mi lo que mejor se le daba a Degas eran las texturas, gasas, tules y demás. Quizás exagero, pero el tío fue muy fino en estas delicadezas.

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  2. Señal que veía perfectamente, Allau. Se lo perdono todo, es el pintor que con más cariño pinta contrabajos.
    Me da la espina que debía usar muchísimo fotografías para cortarlas antes de crear las composiciones.
    Adoro sus bailarinas y músicos.

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  3. Allau, coincido en parte con tu opinión. Las texturas de Degas son magníficas, pero también lo son las de otros pintores de su época e incluso anteriores. Por eso considero que su mayor contribución a la evolución del arte contemporáneo fueron los encuadres. Una vez que entramos en la vorágine de las vanguardias, lo "valioso" es la novedad y la ruptura con lo "antiguo".

    Degas y Manet son dos de mis pintores idolatrados...

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  4. Kalamar, cegato estaba un rato (sin haberlo preparado me ha salido un pareado), pero no tanto como decía. Muchos de los artistas de esta época acabaron casi ciegos, unos por exponerse demasiado a la luz brillante del sol y otros por pintar en cuchitriles oscuros de iluminación precaria.

    Era un apasionado de la fotografía y agobiaba a sus amigos pidiéndoles que posasen para fotos y más fotos. No sé si luego las recortaba, lo que sí sé es que esas composiciones que parecen tan naturales estaban estudiadísimas y utilizaba modelos reales.

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  5. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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  6. A mi me gusta mucho Degas, tanto por los originales encuadres como por el tratamiento del color. Entre las alérgias veo que también tenia la de los perfumes, supongo que las bailarinas fueron fotografiadas/pintadas, sudorosas y sin desodorante, pobres chicas!

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  7. Si prefería el olor del estiércol al del perfume ponte en lo peor respecto al aroma corporal de las bailarinas...

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