23 de marzo de 2012

Los orígenes de la alergia primaveral

Peter Paul Rubens, El rapto de Proserpina, detalle (1636-1637), Museo del Prado, Madrid

Proserpina, hija de Ceres y Júpiter, era una deliciosa jovencita que vivía feliz y contenta recogiendo florecillas por el campo y bañándose en los ríos con sus amigas. La buena vida se le acabó el día en que Plutón, dios del inframundo, se enamoró de ella. El pretendiente no estaba dispuesto a perder el tiempo con un cortejo tradicional y con gran sutileza decidió raptarla para convertirla en su esposa, llevándosela al infierno en un carro tirado por cuatro caballos negros. Este matrimonio venía a ser un incesto doble puesto que Júpiter, Ceres y Plutón eran hermanos. Pero en fin, ya sabemos que los árboles geneálogicos de los dioses grecorromanos, más que árboles parecen arbustos de lo enmarañadas que tienen las ramas.

Ceres, que era la diosa de la agricultura, se disgustó muchísimo, pidió una baja por depresión y empezó a vagar por el mundo buscando a su querida hija. Esto trajo una terrible consecuencia: las cosechas dejaron de crecer y la humanidad empezó a pasar hambre. Ante la perspectiva de quedarse sin mortales que le adorasen, Júpiter, el capo de los dioses, no tuvo más remedio que tomar cartas en el asunto y mediar entre sus hermanos. Le ordenó a Plutón que devolviese a Proserpina a su madre, pero ya era tarde. Tras varios meses de ayuno en el infierno, la pobre joven había caído en la tentación de comer seis semillas de granada y como la granada era el fruto de la fidelidad matrimonial, esto significaba (y no intentemos buscarle la lógica) que Proserpina estaba obligada a pasar seis meses al año con Plutón y los otros seis donde le diese la gana.

El día en que Ceres se reencuentra con su hija, hace florecer los campos para que Proserpina disfrute de ellos. Cuando la joven regresa al infierno, Ceres engalana las hojas de los árboles de rojo, naranja y amarillo a modo de despedida. Y como los dioses son inmortales, los humanos seguimos siendo víctimas de los altibajos estacionales de esta madre despechada que nos obliga a tiritar de frío en invierno y a estornudar en primavera.

Los artistas barrocos representaron mucho la escena del rapto de Proserpina. A Plutón solían pintarle como un señor forzudo de mediana edad, con barba y muy moreno (para diferenciarle de su hermano Júpiter, que es casi igual pero en canoso). Proserpina es joven y guapa, ha dejado caer al suelo las flores que estaba recogiendo y forcejea. Estas dos versiones de Rembrandt y Rubens son muy diferentes, a pesar de estar pintadas en la misma década. En la obra de Rembrandt predomina el juego de claroscuros, destacando mediante un foco de luz la parte de la escena en que debemos fijarnos y dejando todo lo accesorio en penumbra. El cuadro de Rubens es todo confusión y dinamismo, una amalgama de cuerpos y colores, puro exceso barroco.

Rembrandt, El rapto de Proserpina (1631-1632), Gemäldegalerie, Berlín

Peter Paul Rubens, El rapto de Proserpina (1636-1637), Museo del Prado, Madrid

A pesar de las diferencias, estos dos cuadros tienen algo en común: la obsesión de los artistas barrocos por captar el momento justo de la acción. Otro buen ejemplo de movimiento detenido es la escultura Plutón y Proserpina de Gian Lorenzo Bernini, también del siglo XVII. Aquí sólo se utilizan dos figuras por lo que el autor tiene que añadir algo más que nos indique qué rapto se está representando... ¿qué tal el Can Cerbero, el perro de tres cabezas mascota de Plutón?

Gian Lorenzo Bernini, Plutón y Proserpina (1621-1622), Galeria Borghese, Roma


¿Mármol o carne?

Y para acabar, una Proserpina más contemplativa pintada en el siglo XIX por el pintor prerrafaelita inglés Dante Gabriel Rossetti, que aprovecha el mito para contarnos sus desvelos amorosos. En esa época, Rossetti estaba locamente enamorado de la mujer de su amigo William Morris, iniciador del movimiento Arts and Crafts. No se sabe con certeza si Jane Morris le seguía el juego o no, pero lo cierto es que se llevaban muy bien y posó para muchas de sus obras. El cuadro de Proserpina es un retrato de Jane, que aparece pensativa, con la mirada perdida, dudando si comerse la granada o no. El gesto de las manos es muy revelador: con la izquierda se acerca el fruto a la boca y con la derecha se detiene a sí misma. ¿Se comerá la granada y se quedará con su marido o no se la comerá y se fugará con Rossetti?

Dante Gabriel Rossetti, Proserpina (1877), Tate Britain, Londres

Fotografía de Jane Morris

4 comentarios:

  1. Marga,
    M'ha agradat molt aquesta entrada. En primer lloc, m'encanten les històries mitologiques i els "merders" ques muntàven els Deus de l'Olimp. En segon lloc en el tema artístic, ja que el quadre del Rapte de Proserpina té molts elements de El rapte de les filles de Leucip del mateix autor. Suposo que Rubens com altres pintors, aprofitava apunts i models per a fer més d'un quadre. Una espècie de Rossini de la pintura.
    Una abraçada i fins aviat

    ResponderEliminar
  2. ¡¡¡Gracias Josep!!!
    Los culebrones mitológicos (por no hablar de los bíblicos) son de lo más políticamente incorrectos y si no tuviesen toda esa pátina de "respetable" antigüedad más de uno se echaría las manos a la cabeza.
    Y en cuanto al arte, es cierto que todos los raptos se dan un aire pero Rubens era un verdadero maestro en escenas de confusión de este tipo. Mediante la complejidad visual de la escena, es capaz de transmitir al espectador esa misma sensación de caos. Sus composiciones son tan enmarañadas que te confunden, porque realmente no sabes bien dónde mirar.
    Se nota que me encanta, ¿verdad?

    ResponderEliminar
  3. me encanta tu blog, Marga, a ver si me pongo al día con tus entradas, que hay unas cuantas suculentas,
    un beso.

    ResponderEliminar
  4. ¡¡¡Gracias kalamar!!! Lo mismo digo respecto al tuyo. He ido leyendo cosas sueltas, pero me queda un montón todavía. Las entradas de Eurovegas son geniales.

    ResponderEliminar