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27 de octubre de 2011

Singing in the rain

Marga Fdez-Villaverde
O cómo pintar días lluviosos...

Por lo que parece, el primer viaje en tren de William Turner fue toda una experiencia para el artista. Tanto que, a pesar de que los pintores románticos odiaban representar cualquier cosa relacionada con el progreso, no pudo resistirse a pintar un tren a vapor cruzando un puente sobre el Támesis. Si el pobre hombre hubiese subido en AVE, no habría hecho otra cosa que pintar trenes toda su vida.
Clasificación: "Lluvia intensa"

Turner, Lluvia, vapor y velocidad (1844), The National Gallery, Londres

Este pintor impresionista francés, Gustave Caillebotte, pinta a una pareja de parisinos elegantes paseando tranquilamente por la calle... Vista la calma de todos los personajes, no debía llover mucho.
Clasificación: "Orbayo o calabobos"

Caillebotte, París en un día de lluvia (1877), The Art Institute of Chicago

Esta obra del pintor japonés Hiroshigue representa a unos pobres orientales a los que les ha pillado un chaparrón en medio de un puente. Lo mejor que te puede pasar cuando llueve, sin duda. Esta estampa japonesa le gustaba tanto a Van Gogh, que hizo una copia a su estilo titulada Japonaiserie: Puente bajo la lluvia.
Clasificación: "Putadilla"

Hiroshige, Lluvia repentina sobre Atake y el puente Shin-Ohashi (1856)
Brooklin Museum, Nueva York

Camille Pissarro nos muestra una vista de una calle de París desde el interior de su casa, la mejor forma de ver llover. El mayor reto de un pintor impresionista era crear obras diferentes a partir de un mismo paisaje, variando solamente las condiciones atmosféricas. 
Clasificación: "Míralos, pobrecitos, cómo se mojan" (con tono condescendiente)

Pissarro, Rue Saint-Honoré por la tarde. Efecto de lluvia (1897)
Museo Thyssen-Bornemisza, Madrid

Inspirado por la lluvia, Renoir pintó esta abigarrada escena de chicas de negro con paraguas negros... ¿una convención de viudas, quizás? ¿Dónde se cree que va esa niñita tan cursi con el aro? La verdad es que tiene su mérito saber meter tanta gente en un marco tan estrecho. Utiliza el siempre efectivo recurso de colocar un personaje mirando al espectador (la chica de la izquierda), para conseguir meternos en la escena. Aunque la verdad es que aquí ya no cabe ni un alfiler...
Clasificación: "Tarde de lluvia en las Ramblas"

Renoir, Los paraguas (1883), The National Gallery, Londres

25 de octubre de 2011

En boca cerrada, no entran moscas

Marga Fdez-Villaverde
Édouard Manet, Le déjeuner sur l'herbe, 1863, Museo d'Orsay, París

"Una mujer vulgar del demi-monde tan desnuda como es posible estarlo, aparece sentada sin el menor pudor entre dos lechuguinos completamente vestidos, que parecen escolares en un día de fiesta haciendo una travesura y fingiéndose mayores. Busco en vano algún significado a este acertijo indecoroso."
Louis Étienne, Le Jury et les exposants, 1863

Como diría una tía muy sabia que tengo: "Monsieur Étienne... la langue au cul" (*)

(*) Versión francesa y elegante de nuestro famoso "el que tiene boca, se equivoca"

22 de octubre de 2011

La pájara de Tamara Karsavina

Marga Fdez-Villaverde
Ilustración de Ivan Bilibin para El pájaro de fuego, 1899

El ballet L'oiseau de feu (El pájaro de fuego) fue la primera colaboración del empresario ruso Sergei Diaghilev con su compositor fetiche, Igor Stravinsky. La suya fue una relación de amor y odio, pero muy productiva. Stravinsky decía en sus memorias que trabajar con Diaghilev era "aterrador y tranquilizador a la vez". Las broncas podían llegar a ser monumentales, pero el resultado acababa siendo siempre excepcional.

Stravinsky compuso esta partitura para un pastiche de cuentos rusos que se les había ocurrido a Diaghilev y a sus amigos. Algunos de ellos, como Ivan Bilibin, ya habían hecho ilustraciones para este tipo de cuentos (es la imagen que tenéis justo arriba). En esta historia, un príncipe atrapa a una especie de mujer pájaro con poderes mágicos (el pájaro de fuego) y ella promete ayudarle si la deja de nuevo en libertad. Contra todo pronóstico, el chico no se enamora de la pájara, que es la que mejor baila, sino que se encapricha de una princesa bastante cursi y es la pájara quien le ayuda a vencer al mago malvado que la tiene prisionera. Este es a grandes rasgos el argumento del ballet.

Anna Pavlova en La muerte del cisne

El coreógrafo encargado del ballet era Mijail Fokine y había decidido darle el papel protagonista, el del pájaro de fuego, a la famosísima bailarina Anna Pavlova. Sin embargo, la Pavlova estaba muy chapada a la antigua y la música de Stravinsky le parecía imposible de bailar. Se negó en redondo a interpretar el papel, ella solo pajareaba cuando le tocaba hacer de cisne, y abandonó la compañía. Esto fue una oportunidad de oro para la adorable Tamara Karsavina, que pasó a convertirse en la bailarina principal de los ballets rusos de Diaghilev. A la Karsavina no le asustaban las novedades, se apuntaba a un fuego, nunca mejor dicho.

Tamara Karsavina en El pájaro de fuego

De los decorados y el vestuario se encargaron dos artistas rusos, Alexandr Golovin y Léon Bakst. A Léon Bakst, los críticos le consideraban "una mente enferma" (un salido, vamos) porque los vestuarios que diseñaba dejaban ver mucha carnaza. En realidad, Bakst era un artista típico del Art Nouveau, no mucho más salido de lo que podían estarlo Klimt, Mucha o Schiele.
 
Figurín para El pájaro de fuego de Léon Bakst, 1910
Tamara Karsavina y Adolphe Bolm en El pájaro de fuego

El pájaro de fuego se estrenó el 25 de junio de 1910 en el Teatro de la Ópera de París. Era la segunda temporada de la compañía en esta ciudad y el éxito fue arrollador.

Os dejo aquí un enlace a una representación completa del ballet interpretada por el Ballet Kirov. La música de Stravinsky evoca de forma magistral la atmósfera mágica del cuento, y es que hoy ya no nos suena tan moderna...


17 de octubre de 2011

Caos en el teatro

Marga Fdez-Villaverde
El estreno del ballet La consagración de la primavera fue uno de los hitos del arte contemporáneo. A todos nos hubiese encantado estar en el Teatro de los Campos Elíseos de París ese 29 de mayo de 1913. Ese día se rompieron muchos moldes. La salvaje partitura del joven Igor Stravinsky le convirtió de golpe en el padre de la música contemporánea, con tan solo treinta años. El bailarín Vaslav Nijinski escandalizó al público con una coreografía violenta que se alejaba completamente de la elegancia del ballet clásico. Los decorados y el vestuario de Nicholas Roerich eran demasiado primitivos para el gusto del público.

La consagración de la primavera (1913)

Decorados, coreografía y partitura formaban un todo que se adecuaba a la perfección al argumento del ballet: los habitantes de la Rusia pagana invocan la llegada de la primavera, sacrificando para ello a una joven doncella.

Sergei Diaghilev e Igor Stravinsky

El público del teatro estaba dividido, la mitad aplaudía encantada y la otra mitad pataleaba y chillaba indignada. Los bailarines eran incapaces de escuchar a la orquesta y Nijinsky, entre bambalinas, les iba indicando a gritos los movimientos para que no se perdieran. Las discusiones entre admiradores y detractores degeneraron hasta el punto de que tuvo que intervenir la policía. Diaghilev, el genial empresario que había organizado el ballet, estaba encantado con la que se había montado. Había conseguido su objetivo: revolucionar el mundo de la cultura y que todo el mundo hablase de su compañía de baile.

Y para muestra, un botón. Aquí tenéis la reconstrucción del famoso ballet realizada por el Teatro Mariinsky de San Petersburgo, dirigida por Valery Gergiev el año 2008.


13 de octubre de 2011

Ambroise Vollard pintado por...

Marga Fdez-Villaverde
Ambroise Vollard

¿Quién es este señor?

Ambroise Vollard (1868-1939) fue el marchante y galerista más famoso del París de principios del XX. Gracias a su magnífico ojo crítico, muchos artistas encontraron un lugar donde exponer y consiguieron hacerse un hueco para siempre en la historia del arte. En su galería, presentó al mundo obras de Cézanne, Renoir, Picasso, los Fauves, Maillol, Gauguin, Matisse, los Nabis, etc. También se dedico a la edición de obra gráfica y libros ilustrados que encargaba a famosos artistas de la época.

¿Quién le retrató?

Muchos de sus amigos artistas. De hecho, Picasso llegó a decir que ni siquiera la mujer más hermosa de París conseguiría que la retratasen más veces que a Vollard.

Paul Cèzanne, Retrato de Ambroise Vollard (1899), Petit Palais, París

Aquí le tenemos en un retrato hecho por el maniático de Cèzanne que, según los testimonios de Vollard, le pedía que se comportase "como una manzana". Si el pintor veía que Vollard se adormecía, le subía la silla a una pila de cajas y tablones poco estable para que se mantuviese alerta. Lógicamente, el pobre se cayó al suelo alguna que otra vez. Para que Cèzanne pintase su retrato, Vollard tuvo que posar un total de 115 sesiones de tres horas y media cada una. Después de esta tortura, el artista se marchó a su casa de Aix diciendo que "bueno... la pechera de la camisa no había quedado del todo mal" y le pidió a Vollard que le dejase sus ropas para seguir trabajando en el cuadro cuando volviese.

Un día Vollard le preguntó porqué había dejado sin pintar esas dos manchas de los nudillos de la mano derecha. Cèzanne le contestó que tendría que reflexionar mucho antes de cubrirlas con un color adecuado. Si se equivocaba, tendría que empezar el cuadro de nuevo. Ese era el carácter de Cèzanne.

Auguste Renoir, Retrato de Ambroise Vollard (1908), Courtauld Institute, Londres

Vollard fue uno de los mejores amigos de Renoir. En este retrato, le representa contemplando una figurilla del escultor Aristide Maillol con mirada experta. La obra pertenece al llamado "periodo nacarado" de Renoir, que se inicia en torno a 1885 y que se llama así por el predominio de los tonos dorados y nacarados. En el siguiente cuadro, de 1917, el pobre Vollard no está muy digno para mi gusto, pero supongo que él se debía de encontrar guapo para dejarse retratar de esta guisa.

Auguste Renoir, Ambroise Vollard vestido de torero (1917), colección particular

En esta época, Picasso y su amigo Georges Braque se lo estaban pasando muy bien con sus experimentos pictóricos. El cubismo analítico (1909-1912), al que pertenece esta obra, es una de las etapas de Picasso más difíciles de entender y apreciar, pero con un poco de esfuerzo acaba gustando. Básicamente, sólo utilizaban tonos ocres, negros y grises, porque lo que les interesaba era la forma y el volumen, no el color. Buscaban descomponer el modelo en facetas y luego volver a construirlo de forma que pudiésemos verlo desde varias perspectivas diferentes, como si fuese una escultura. En este caso, al pintar el rostro de un color diferente, podemos distinguir sin problemas los rasgos de la cara de Vollard (y su característica calva).

Pablo Picasso, Retrato de Ambroise Vollard (1909-1910), Museo Pushkin, Moscú

Y para rematar, aquí le tenemos retratado por Pierre Bonnard, uno de los miembros del grupo de los Nabis. Las obras de estos artistas son siempre de carácter intimista. Sus temas favoritos son los interiores, decorados con papeles pintados, tapicerías y cortinas estampadas, bonitos objetos decorativos... La figura humana suele quedar camuflada entre todos los trastos como un mueble más, sin apenas destacar sobre el resto de elementos de la habitación. Como podéis ver, Vuillard era un gran amante de los felinos. Siempre estaba rodeado de gatos.

Pierre Bonnard, Retrato de Ambroise Vollard (1905), Kunsthaus, Zurich

Pierre Bonnard, Ambroise Vollard con su gato (1924), Petit Palais, París

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