3 de diciembre de 2011

Intercambio de cromos

Vincent Van Gogh, La casa amarilla (1888), Museo Van Gogh, Amsterdam

En 1888, a Vincent Van Gogh se le ocurrió la genial idea de montar una comunidad de artistas en Arlés. Esto permitiría a los pintores que quisieran participar en ella intercambiar conocimientos e ideas, trabajar en colaboración para enriquecerse mutuamente y vivir con todos los gastos pagados por el sableado hermano de Vincent, Theo Van Gogh, un importante marchante de París que además podía proporcionarles la publicidad que necesitaban para salir del anominato artístico. En papel, sonaba estupendo (sobre todo lo de vivir de gorra) y Paul Gauguin y Émile Bernard se apuntaron sin dudarlo.

Antes del gran encuentro, Vincent les propuso un intercambio de retratos, una costumbre típica de los artistas japoneses a quienes los tres reverenciaban. El problema es que Gauguin y Bernard vivían en la Bretaña y Van Gogh en la Provenza, por lo que posar unos para otros no era factible y además, Bernard tampoco se atrevía a retratar el enorme ego de Gauguin. Al final, acordaron hacer un intercambio de autorretratos, algo bastante menos comprometido. Estos tres autorretratos están hoy en el Museo Van Gogh de Amsterdam.

El autorretrato de Gauguin, titulado Les Miserables, tiene mucho de literario. El pintor se retrata como Jean Valjean, el protagonista de la novela de Victor Hugo, un héroe marginado e incomprendido por la sociedad, que es como Gauguin se sentía en ese momento. El gesto y la mirada reflejan un carácter fuerte y decidido. Según el propio Gauguin, el papel pintado estilo japonés del fondo es el que podría encontrarse en el dormitorio de una joven pura y casta, y simbolizaría su virginidad artística (que no física, porque el señor tenía por aquel entonces cuarenta tacos y cinco hijos a sus espaldas). A la derecha, pegado en la pared, coloca un boceto sobre papel de su amigo Bernard.

Paul Gauguin, Retrato Les Miserables (1888), Museo Van Gogh, Amsterdam

Émile Bernard, que en esa época trabajaba con Gauguin en la Provenza, utiliza el mismo esquema: se autorretrata a la izquierda y coloca un retrato abocetado de Gauguin en la pared del fondo. El estilo de Bernard es muy característico, con esas líneas negras intensas delimitando los contornos, mucho más moderno y vanguardista que el de sus compañeros. Gauguin, que era bastante copión, se apropió de esta forma de pintar de Bernard y pasó injustamente a la posteridad como su "inventor".

Émile Bernard, Autorretrato con retrato de Gauguin (1888), Museo Van Gogh, Amsterdam

El autorretrato de Van Gogh es también literario, aunque esto lo sabemos únicamente por sus cartas. Según sus propias palabras, se pinta como un monje budista, inspirado en una novela que había leído hacía poco, Madame Chrysanthème de Pierre Loti (que inspiraría a su vez la ópera Madame Butterfly de Puccini). El rostro no transmite emoción ninguna, es una cara de póquer total, pero no importa porque logra darle la intensidad necesaria a través del color, algo típico de su pintura. En este caso, utiliza una combinación de colores bastante audaz, naranjas-marrones y verde claro, que parece que le dio bastantes quebraderos de cabeza.

Vincent Van Gogh, Autorretrato como bonzo (1888), Museo Van Gogh, Amsterdam

¿Y por qué se pinta como monje budista? Pues porque lo que pretendía es que los tres viviesen de forma casi monacal en la casa amarilla que había alquilado en Arlés, llevando una vida ascética dedicada únicamente al arte. Para Vincent, un tipo con serios desórdenes alimenticios, el ayuno no era un problema. Podía vivir durante semanas a base de mendrugos de pan y litros de café. El único lujo que se permitirían serían las excursiones nocturnas a los burdeles de la ciudad, una costumbre muy sana de la que no se podía prescindir bajo ningún concepto.

En cuanto Vincent les propuso este planazo, Bernard se escaqueó y decidió quedarse en la Bretaña, pero Gauguin, presionado por Theo, no tuvo más remedio que ir. La luna de miel artística duró dos meses escasos... En Arlés hacía mal tiempo y estar encerrado día tras día en esa diminuta casa amarilla, compartiendo estudio con un hombre terriblemente desordenado, que olía fatal (Vincent era poco amigo del jabón) y con un carácter que podía pasar en cuestión de segundos del más terrible abatimiento a una excitación extrema, fue demasiado para el pobre Gauguin, que huyó espantado aquel famoso día de diciembre en que Vincent se cortó la oreja...

Para saber más de la vida en común de estos dos artistas, os recomiendo el magnífico libro The Yellow House de Martin Gayford

No hay comentarios:

Publicar un comentario