20 de noviembre de 2011

Queridos mininos

Hace un par de semanas dedicamos un post a nuestros amigos los perros. Así que para no hacer discriminaciones, hoy se lo dedicamos a los gatos, aunque la verdad es que los pobres no siempre salen bien parados en el arte. Mientras que el perro es sinónimo de fidelidad, lealtad y nobleza, el gato es un animal traidor, ladrón y agresivo, o eso quieren hacernos creer muchos artistas... menos mal que ha habido otros que les han llevado la contraria.

El antiguo Egipto estaba lleno de estatuas y amuletos egipcios relacionados con el culto a Bastet, la diosa del hogar y la fertilidad. En casi todas las casas egipcias había un gato al que la familia trataba con gran respeto y deferencia. Pero no penséis que lo hacían por amor a los animales, ¡para nada! Era por puro interés: todos los gatos eran propiedad de Bastet y había que tener contenta a la diosa que proveía de hijos a las familias.

Figura de gato sentado (periodo egipcio tardío, posterior al 600 a.C), Museo Británico, Londres

Durante los siglos XVII y XVIII, se pintaron muchos bodegones que incluían gatos ladrones de cara diabólica. No deja de tener su lógica. En una época en que no había frigoríficos, es de suponer que la peste que desprendían el pescado y la carne debía ser un imán para los gatos del vecindario. Aquí tenéis tres ejemplos, uno del flamenco Paul del Vos y una pareja de bodegones del frances Jean Siméon Chardin.

Paul del Vos, Pelea de gatos en una despensa (mediados XVII), Museo del Prado, Madrid

Jean Siméon Chardin, Bodegón con gato y pescado y Bodegón con gato y raya (1728)
Museo Thyssen-Bornemisza, Madrid

El pintor inglés Thomas Gainsborough hizo este genial estudio de gatos en el siglo XVIII. Gainsborough no solía pintar gatos, ni tampoco firmaba sus dibujos. Por lo que parece, fue un regalo para la dueña de la casa donde se hospedaba. Y para no pintar gatos, la verdad es que le quedaron francamente bien. Las posturas son muy naturales, sobre todo la de la esquina superior derecha, que plasma a la perfección la elegancia de un minino espatarrado.

Thomas Gainsborough, Seis estudios de gatos (1765-1770), Rijksmuseum, Amsterdam

Uno de mis cuadros favoritos de todos los tiempos es la Riña de gatos de Goya, que forma parte de sus cartones para tapices. En este caso concreto, el tapiz se colocaría encima de una puerta del Palacio del Pardo, por eso tiene un formato tan alargado. El punto de vista que utiliza, con la tapia y las nubes de fondo, provoca una cierta sensación de vértigo e inestabilidad. Pero lo que realmente me fascina es la cara de acojonadillo del gato negro.

Francisco de Goya, Riña de gatos (1786), Museo del Prado, Madrid

Francisco de Goya, Riña de gatos (detalle)

A los grabadores japoneses también se les daban bien los gatos, sobre todo a Utagawa Kuniyoshi que según sus alumnos tenía un montón de gatos en casa. Las estampas de gatos de Kuniyoshi están entre las más cotizadas del artista. En esta estampa, se le ocurrió la original idea de entrelazar gatos y peces gato para formar los caracteres de la palabra namazu (pez gato).

Utagawa Kuniyoshi, Gatos formando los caracteres de "pez gato" (hacia 1842)

El pintor nabi Pierre Bonnard era otro enamorado de los gatos. En este cuadrito del museo d'Orsay distorsiona el cuerpo arqueado del minino con intención humorística. La composición descentrada y plana está inspirada en las estampas japonesas, muy de moda en esa época.

Pierre Bonnard, El gato blanco (1894), Museo d'Orsay, París

De esa misma época es uno de los gatos más conocidos de la historia del arte, Le Chat Noir, protagonista del cartel publicitario que hizo Steinlen para un famoso cabaret de Montmartre, propiedad de Rodolphe Salis. Durante un tiempo, Le Chat Noir, fue centro de reunión de pintores, escritores y músicos de París (Debussy y Satie trabajaron allí tocando el piano)

Théophile-Alexandre Steinlen, Le Chat Noir (litografía, 1896)

El pintor expresionista alemán Franz Marc dedicó gran parte de su breve carrera artística a pintar animales (con muy buen criterio, consideraba que eran más bellos y puros que el ser humano). Estos tres gatos, pintados con colores arbitrarios, son típicos de su última etapa, en la que se iba aproximando a la abstracción. El chico prometía como pintor pero desgraciadamente falleció en la batalla de Verdún.

Franz Marc, Tres gatos (1913), Kunstsammlung Nordrhein-Westfalen, Dusseldorf

La representación del gato que hace Picasso en este cuadro no puede ser más negativa. La obra se sitúa en la misma línea que El Guernica (1937), salvando las distancias. La imagen terrorífica de este gato cazando y destripando un pájaro indefenso, pretende ser una alegoría de la guerra civil, que había concluido el mes anterior.

Pablo Picasso, Gato capturando un pájaro (1939), Museo Picasso, París

El Gato y pájaro de Paul Klee es una obra mucho más amable. La pintura de Klee tiene siempre un cierto toque infantil, ya que para él los niños tenían una visión menos contaminada de la realidad. Aquí vemos la cabeza de un gato que tiene un pájaro "entre ceja y ceja". Mediante este recurso nos permite ser espectadores de las fantasías del animal.

Paul Klee, Gato y pájaro (1928), MOMA, Nueva York

Y para rematar, unos divertidos gatos hechos con escabeles, obra del genial ilustrador Saul Steinberg.

Saul Steinberg (1913-1999), Stool Cats

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