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29 de noviembre de 2011

Tarareando Rigoletto

Marga Fdez-Villaverde
Henri Lehmann, Retrato de Franz Liszt (1839)... Guapete, ¿verdad?

¿Quién no ha salido alguna vez de una ópera o de un concierto tarareando algún fragmento de lo que acaba de oír? A veces canturreamos mentalmente, otras muy bajito y otras sin cortarnos un pelo. Esto es lo que hace el común de los mortales. Pero Franz Liszt, que no era un común mortal, se iba a su casa, se sentaba al piano y componía una nueva pieza inspirado en lo que había escuchado. Muchas de estas composiciones, llamadas paraphrases, reminiscences o fantasies, están basadas en fragmentos de óperas archiconocidos.


Una de las más famosas, Paráfrasis de Rigoletto, es una transcripción libre del famoso cuarteto Bella figlia dell'amore de la ópera de Verdi. En este fragmento operístico, participan cuatro cantantes: el duque de Mantua (tenor), Gilda (soprano), Rigoletto (barítono) y Maddalena (contralto). La escena se sitúa en una posada, de noche, y cada personaje va un poco a lo suyo. El duque intenta ligarse a la posadera, Maddalena, para llevársela a la cama, mientras ella le sigue el rollo. Rigoletto y su hija Gilda están espiándoles desde fuera, el primero diciendo a su retoña "mira de qué joyita te has enamorado, tontaina" y ella lamentándose y lloriqueando con frases entrecortadas. Veamos una versión de la Ópera de Dresde (2008) cantada por Zeljko Lucic (Rigoletto), Diana Damrau (Gilda), Juan Diego Flórez (el duque) y Christa Mayer (Maddalena).


Vídeo de Onegin65

¿Os habéis quedado con la melodía? Pues bien, Liszt tiene que conseguir hacer el mismo "ruido" con un solo piano que cuatro cantantes y una orquesta juntos. O como mínimo, ser capaz de sugerir la misma emoción e intensidad. ¿Lo logrará? Pues la verdad es que depende mucho del pianista que interprete la pieza, que de fácil tiene poco. En este caso, Daniel Barenboim pasa el examen con nota en un concierto del 2007 en La Scala de Milán (ojo, es sólo un fragmento, para escucharlo entero, utilizad el enlace de abajo de Spotify).


Vídeo de naxosvideos


20 de noviembre de 2011

Queridos mininos

Marga Fdez-Villaverde
Hace un par de semanas dedicamos un post a nuestros amigos los perros. Así que para no hacer discriminaciones, hoy se lo dedicamos a los gatos, aunque la verdad es que los pobres no siempre salen bien parados en el arte. Mientras que el perro es sinónimo de fidelidad, lealtad y nobleza, el gato es un animal traidor, ladrón y agresivo, o eso quieren hacernos creer muchos artistas... menos mal que ha habido otros que les han llevado la contraria.

El antiguo Egipto estaba lleno de estatuas y amuletos egipcios relacionados con el culto a Bastet, la diosa del hogar y la fertilidad. En casi todas las casas egipcias había un gato al que la familia trataba con gran respeto y deferencia. Pero no penséis que lo hacían por amor a los animales, ¡para nada! Era por puro interés: todos los gatos eran propiedad de Bastet y había que tener contenta a la diosa que proveía de hijos a las familias.

Figura de gato sentado (periodo egipcio tardío, posterior al 600 a.C), Museo Británico, Londres

Durante los siglos XVII y XVIII, se pintaron muchos bodegones que incluían gatos ladrones de cara diabólica. No deja de tener su lógica. En una época en que no había frigoríficos, es de suponer que la peste que desprendían el pescado y la carne debía ser un imán para los gatos del vecindario. Aquí tenéis tres ejemplos, uno del flamenco Paul del Vos y una pareja de bodegones del frances Jean Siméon Chardin.

Paul del Vos, Pelea de gatos en una despensa (mediados XVII), Museo del Prado, Madrid

Jean Siméon Chardin, Bodegón con gato y pescado y Bodegón con gato y raya (1728)
Museo Thyssen-Bornemisza, Madrid

El pintor inglés Thomas Gainsborough hizo este genial estudio de gatos en el siglo XVIII. Gainsborough no solía pintar gatos, ni tampoco firmaba sus dibujos. Por lo que parece, fue un regalo para la dueña de la casa donde se hospedaba. Y para no pintar gatos, la verdad es que le quedaron francamente bien. Las posturas son muy naturales, sobre todo la de la esquina superior derecha, que plasma a la perfección la elegancia de un minino espatarrado.

Thomas Gainsborough, Seis estudios de gatos (1765-1770), Rijksmuseum, Amsterdam

Uno de mis cuadros favoritos de todos los tiempos es la Riña de gatos de Goya, que forma parte de sus cartones para tapices. En este caso concreto, el tapiz se colocaría encima de una puerta del Palacio del Pardo, por eso tiene un formato tan alargado. El punto de vista que utiliza, con la tapia y las nubes de fondo, provoca una cierta sensación de vértigo e inestabilidad. Pero lo que realmente me fascina es la cara de acojonadillo del gato negro.

Francisco de Goya, Riña de gatos (1786), Museo del Prado, Madrid

Francisco de Goya, Riña de gatos (detalle)

A los grabadores japoneses también se les daban bien los gatos, sobre todo a Utagawa Kuniyoshi que según sus alumnos tenía un montón de gatos en casa. Las estampas de gatos de Kuniyoshi están entre las más cotizadas del artista. En esta estampa, se le ocurrió la original idea de entrelazar gatos y peces gato para formar los caracteres de la palabra namazu (pez gato).

Utagawa Kuniyoshi, Gatos formando los caracteres de "pez gato" (hacia 1842)

El pintor nabi Pierre Bonnard era otro enamorado de los gatos. En este cuadrito del museo d'Orsay distorsiona el cuerpo arqueado del minino con intención humorística. La composición descentrada y plana está inspirada en las estampas japonesas, muy de moda en esa época.

Pierre Bonnard, El gato blanco (1894), Museo d'Orsay, París

De esa misma época es uno de los gatos más conocidos de la historia del arte, Le Chat Noir, protagonista del cartel publicitario que hizo Steinlen para un famoso cabaret de Montmartre, propiedad de Rodolphe Salis. Durante un tiempo, Le Chat Noir, fue centro de reunión de pintores, escritores y músicos de París (Debussy y Satie trabajaron allí tocando el piano)

Théophile-Alexandre Steinlen, Le Chat Noir (litografía, 1896)

El pintor expresionista alemán Franz Marc dedicó gran parte de su breve carrera artística a pintar animales (con muy buen criterio, consideraba que eran más bellos y puros que el ser humano). Estos tres gatos, pintados con colores arbitrarios, son típicos de su última etapa, en la que se iba aproximando a la abstracción. El chico prometía como pintor pero desgraciadamente falleció en la batalla de Verdún.

Franz Marc, Tres gatos (1913), Kunstsammlung Nordrhein-Westfalen, Dusseldorf

La representación del gato que hace Picasso en este cuadro no puede ser más negativa. La obra se sitúa en la misma línea que El Guernica (1937), salvando las distancias. La imagen terrorífica de este gato cazando y destripando un pájaro indefenso, pretende ser una alegoría de la guerra civil, que había concluido el mes anterior.

Pablo Picasso, Gato capturando un pájaro (1939), Museo Picasso, París

El Gato y pájaro de Paul Klee es una obra mucho más amable. La pintura de Klee tiene siempre un cierto toque infantil, ya que para él los niños tenían una visión menos contaminada de la realidad. Aquí vemos la cabeza de un gato que tiene un pájaro "entre ceja y ceja". Mediante este recurso nos permite ser espectadores de las fantasías del animal.

Paul Klee, Gato y pájaro (1928), MOMA, Nueva York

Y para rematar, unos divertidos gatos hechos con escabeles, obra del genial ilustrador Saul Steinberg.

Saul Steinberg (1913-1999), Stool Cats

16 de noviembre de 2011

Los cantos de Ossian, una gran falsificación

Marga Fdez-Villaverde
Jean Auguste Dominique Ingres, boceto para  El sueño de Ossian (1812), Museo del Louvre, París

En el año 1761, el escritor escocés James MacPherson publicó uno de los grandes bestsellers (y una de las mejores falsificaciones) de todos los tiempos: la traducción al inglés de los famosos cantos de Ossian. Según la mitología celta, Ossian era un bardo y guerrero irlandés que había escrito un poema épico sobre las aventuras de su padre, el rey Fingal. MacPherson se atribuía la hazaña de haber encontrado estos legendarios poemas en Escocia, cuando en realidad había hecho un refrito con unos pocos poemas antiguos y un mucho de cosecha propia.

George Romney, Retrato de James MacPherson (1779-1780), National Portrait Gallery, Londres

En pleno inicio del romanticismo, este falso "descubrimiento" supuso un auténtico bombazo. Los románticos estaban deseando dar puerta a la tradición grecolatina y reivindicar sus raíces nacionalistas. ¿Qué mejor forma de hacerlo que con un nuevo Homero celta? Aunque algunos estudiosos de la época ya advirtieron que los poemas de MacPherson eran más falsos que un duro de madera, nadie les hizo caso. Los cantos de Ossian se tradujeron a diferentes idiomas y Europa se lanzó a la ossianmanía. Todo intelectual que se preciase debía declararse fan incondicional de Ossian.

Uno de estos fans fue el famoso pintor Jean Auguste Dominique Ingres que en 1813 pintó un enorme lienzo titulado El sueño de Ossian, en el que representaba al bardo dormido (abajo) soñando con todos los personajes de su saga (arriba).

Jean Auguste Dominique Ingres, El sueño de Ossian (1813), Musée Ingres, Montauban

Ingres no fue el único en morder el anzuelo. Napoleón, Walter Scott y Goethe estaban locamente enamorados de la poesía de Ossian/MacPherson. De hecho, en la primera gran novela de Goethe, Las desventuras del joven Werther (1774), el protagonista dedica su tiempo libre a traducir estos poemas al alemán para leerselos después a su amada Charlotte. Varias páginas de la novela son traducciones de los poemas de MacPherson.

Primera edición de Las desventuras del joven Werther (1774)

Más de un siglo después, el compositor francés Jules Massenet dedicó una de las mejores arias de su ópera Werther (1892) a un falso canto de Ossian. En una de las escenas cumbre de la ópera, Werther le recita a Charlotte uno de los poemas que ha traducido, que sigue fielmente el texto de Goethe, basado a su vez en el de MacPherson. Aquí lo tenéis interpretado por el tenor alemán Jonas Kauffman (letra y traducción abajo). La mezcla de sentimientos y naturaleza es típica del romanticismo.


Vídeo de medicitv

Pourquoi me réveiller
¿Por qué me despiertas
ô souffle du printemps?
oh, viento de primavera?
Pourquoi me réveiller?
¿Por qué me despiertas?
Sur mon front je sens tes caresses,
Sobre mi frente, siento tus caricias
Et pourtant bien proche est le temps
¡Pero pronto llegará el tiempo
Des orages et des tristesses!
de las tormentas y las tristezas!
Pourquoi me réveiller,
¿Por qué me despiertas
ô souffle du printemps?
oh, viento de primavera?
Demain dans le vallon viendra le voyageur
Mañana vendrá el viajero al valle
Se souvenant de ma gloire première
Recordará mi antigua gloria
Et ses yeux vainement chercheront ma splendeur,
Y sus ojos buscarán en vano mi esplendor
Ils ne trouveront plus que deuil et que misère!
¡Pero no encontrarán más que luto y miseria!
Hélas! Pourquoi me réveiller
¡Ay! ¿Por qué me despiertas
ô souffle du printemps!
oh, viento de primavera?

15 de noviembre de 2011

Taparrabos ecológicos

Marga Fdez-Villaverde
En lo tocante al arte profano, los artistas no solían tener muchos remilgos a la hora de mostrar las vergüenzas de dioses y diosas. Al fin y al cabo, ya se sabe que los paganos de la antigüedad estaban muy sueltos. Sin embargo, representar a personajes sagrados en pelotas no era para nada recomendable, a no ser que al pintor no le importase asarse eternamente en las llamas del infierno y ya de paso dar explicaciones a la Santa Inquisición (que era casi peor).

Pero había casos en los que los protagonistas bíblicos de los cuadros tenían que estar desnudos sí o sí y había que echar mano del ingenio para taparles discretamente sus partes pudendas. El caso más típico es el de Adán y Eva. Antes de comerse la manzana, Adán y Eva vivían felices y contentos en porretas como buenos naturistas, sin necesidad ninguna de taparse (lo de la hoja de parra es postmanzana). ¿Cómo solucionar el problema?

Algunos lo conseguían colocando a los personajes sentados e improvisando un discreto cruce de piernas. Pero lo más habitual era acudir a la vegetación. Aunque sólo haya una ramita con hojas o una florecilla en todo el cuadro, Adán y Eva siempre estarán estratégicamente colocados detrás de ella, como quien no quiere la cosa. Por muy bueno que sea el artista, debemos reconocer que el recurso queda siempre algo forzado...

Alberto Durero, Adán y Eva (1507), Museo del Prado, Madrid

Hugo van der Goes, Adán y Eva (1470), Kunsthistorisches Museum, Viena

Jacopo Tintoretto, Adán y Eva (h.1550), Galleria dell'Accademia, Venecia

Jan Gossaert, Adán y Eva (1507-1508), Museo Thyssen-Bornemisza, Madrid

Con los personajes profanos ya hemos dicho que no habia ese problema. Lo de taparles las partes nobles era totalmente opcional. Había artistas que preferían no dejar nada a la imaginación, como es el caso de este fresco de Giulio Romano en el Palazzo de Te de Mantua, que según el título, políticamente correcto, representa a Júpiter "seduciendo" a Olimpia.

Giulio Romano, Júpiter seduciendo a Olimpia (1526-1534), Palazzo de Te, Mantua

Pero también había artistas pudorosos que preferían idear originales taparrabos, como podemos ver en esta representación de Neptuno de Jan Gossaert. Como dios del mar, lo lógico es que se tape con una caracola ¿no? (a su compañera Anfítrite no le hace falta porque va bien depilada). Fijaos además que Neptuno ha tenido el detalle de pedirle a su estilista que le haga un peinado a juego con su escaso vestuario: unos elegantes rizos en forma de caracola.

Jan Gossaert, Neptuno y Anfítrite (1516), Gemäldgalerie, Berlín

8 de noviembre de 2011

Queridos chuchos

Marga Fdez-Villaverde
Nuestros amigos los perros han estado presentes siempre en el arte como compañeros fieles de sus dueños. Sin embargo, hasta finales del XIX, no se les consideró lo bastante importantes como para convertirles en protagonistas absolutos de una obra. ¿Qué os parece si vemos algunos ejemplos?

Empezamos el recorrido en la antigua Roma. En la entrada de algunas casas, se colocaban mosaicos con la imagen de un perro y la inscripción cave canem ("cuidado con el perro"). Con el paso de los siglos, estas advertencias se han convertido en obras de arte que ahora admiramos en los museos. Quién sabe, quizás de aquí a quinientos años nuestros descendientes contemplarán con embeleso nuestras actuales señales de tráfico.

Mosaico romano procedente de Pompeya (siglo I a.C.), Museo Arqueológico de Nápoles

Aquí tenemos un cuadro, situado a medio camino entre el bodegón y la pintura de género, realizado por un pintor barroco holandés llamado Gerrit Dou. Está pintado con tanto detalle que casi le podemos contar los pelos del lomo. Este tipo de pintura se desarrolló en los Países Bajos gracias al auge de la burguesía, que encargaba cuadros de pequeño formato y temas sencillos para decorar sus hogares.

Gerrit Dou, Perro durmiendo junto a un jarrón de terracota (1650), Museum of Fine Arts, Boston

A principios del siglo XIX, Théodore Géricault, uno de mis pintores favoritos, hizo este pequeño estudio de la cabeza de un bulldog que actualmente se conserva en el Louvre (supongo que en los sótanos). El pobre perro le quedó (o era) un pelín bizco, pero a Géricault se lo perdono todo.

Théodore Géricault, Cabeza de bulldog (1817-1819), Museo del Louvre, París

Una de las pinturas negras más inquietantes de Goya está protagonizada por un perro. Los estudiosos no han conseguido nunca ponerse de acuerdo sobre su significado, ya que es una composición excesivamente moderna e inusual para la época, incluso para un pintor tan original como Goya. Unos dicen que lo dejó incabado, otros que representa la angustia del hombre ante la muerte... ¡Qué más da! No nos hacen falta explicaciones para disfrutarlo. ¿Os habéis fijado en la expresión del perro?

Francisco de Goya, Perro semihundido (1820-1823), Museo del Prado, Madrid

Algunos años más tarde, el pintor impresionista Édouard Manet pintaría este delicado retrato de un king charles spaniel, raza distinguida donde las haya, que supo posar haciendo gala de su extensísimo pedigree y de su pelotita blanca y negra.

Édouard Manet, King Charles Spaniel (h.1866), National Gallery of Art, Washington

Sería imperdonable olvidar a uno de los perros más famosos de la publicidad, un chucho melómano que se convirtió en la imagen de la discográfica His Master's Voice (La voz de su amo). Se llamaba Nipper y por lo que parece le fascinaba el sonido que salía del fonógrafo. Y así es como le inmortalizó su dueño, el pintor inglés Francis Barraud, que más adelante vendió la imagen de Nipper a la discográfica.

Francis Barraud, Nipper (1898)

Entre mis cuadros favoritos de perros está sin duda Dinamismo de un perro con correa, del pintor futurista Giacomo Balla. Uno de los principales objetivos de los futuristas era representar el movimiento del mundo moderno. Balla logró plasmar a la perfección la rapidez de los pasitos del perro y el movimiento oscilante de la correa.

Giacomo Balla, Dinamismo de un perro con correa (1912), Galería Albright-Knox, Búfalo

Otro perro famoso fue Archie, el daschund de Andy Warhol. El pintor lo llevaba consigo en brazos a todas partes y cuando algún periodista le preguntaba algo que no quería contestar, Warhol le pasaba la palabra a su querido Archie que evidentemente tampoco contestaba.

Andy Warhol, Archie (1976) y una foto del artista con Archie en 1973

Y rematamos con una obra del magnífico pintor inglés Lucian Freud. En este caso, el protagonista también tiene nombre: Eli, el lebrel de su colaborador David Dawson. Probablemente, de todos los artistas contemporáneos, Freud ha sido el que mejor ha representado a los perros (y a los humanos).

Lucian Freud, Eli (2002), colección particular

De hecho, me gusta tanto que no me resisto a poner otro...

Lucian Freud, Retrato doble (1985-1986), colección particular

La primera Miss Universo

Marga Fdez-Villaverde
Auguste Renoir, El juicio de Paris, 1908-1910, Museo de Hiroshima

El juicio de Paris fue el primer concurso de belleza de la historia.

Todo empezó con el enfado de la diosa de la discordia, a la que no invitaron a una boda que se celebraba en el Olimpo. Muy molesta, decidió aguarles la fiesta dejando caer en medio del banquete una manzana de oro para la invitada más guapa. En seguida estuvo claro quienes serían las tres finalistas: Minerva, Juno y Venus. Júpiter prefirió no mojarse y dijo que no podía hacer de juez porque estaba casado con una de las participantes... y con lo celosa que era Juno, mejor no jugársela. Así que le pasó el marrón a otro.

Ordenó a su recadero particular, Mercurio, que llevase a las tres diosas al monte Ida, donde pastoreaba el joven Paris, hijo del rey de Troya. En esa época era habitual que los hijos de los reyes empezasen trabajando como pastores (¿para saber dirigir rebaños de borregos cuando subiesen al trono, quizás?) El caso es que al pobre chico le tocaba escoger. Tras examinar atentamente a las tres diosas, que intentaron tentarle con suculentas ofertas, decidió dejarse comprar por Venus, que le prometió a cambio el amor de la mortal más hermosa del mundo. Esta no fue otra que la famosa Elena de Troya; por eso se dice que el juicio de Paris es el origen de la guerra de Troya.

Luca Giordano, El juicio de Paris, 1681-1683, Museo Hermitage, San Petersburgo

La escena se ha representado miles de veces en la pintura. Uno de los ejemplos más famosos es este cuadro de Rubens que podéis ver aquí abajo (haced clic en la imagen para agrandarla). A la izquierda, aparecen Paris y Mercurio, con la manzana en la mano. En vez de ponerle a Mercurio el típico casco con alas, Rubens le ha encasquetado un sombrerito más a la moda. Las tres concursantes, más sanotas que las que se presentan a los concursos de hoy en día, están en pelota picada, para que Paris pueda juzgar bien todos sus encantos. Sin embargo, las tres tienen a su lado algo que nos permite distinguirlas: Minerva ha dejado en el suelo su indumentaria habitual, el yelmo y la coraza; Venus, para la que posó la esposa de Rubens, tiene a su hijo Cupido agarrado a la pierna; y Juno está acompañada de su animal favorito, el pavo real.

Pedro Pablo Rubens, El juicio de Paris, h. 1638, Museo del Prado, Madrid

Y ahora vamos a ponerle banda sonora a este cuadro. Se trata del aria "Au mont Ida" de la opereta La belle Hélène, compuesta por Jacques Offenbach, una divertida parodia del inicio de la guerra de Troya. En esta animada cancioncilla, Paris le cuenta al sacerdote Calchas toda la historia. Aquí la tenéis cantada por Roberto Alagna y más abajo, en vídeo, por Juan Diego Flórez:



Au mont Ida trois déesses
En el Monte Ida, tres diosas
se querellaient dans un bois:
discutían en un bosque:
«Quelle est, disaient ces princesses,
«¿Quién es, decían estas princesas,
la plus belle de nous trois?»
la más bella de las tres?»

Évohé! que ces déesses,
¡Ay! Estas diosas,
pour enjôler les garçons,
para engatusar a los muchachos,
Évohé! Que ces déesses,
¡Ay! Estas diosas,

ont de drôles de façons
tienen ideas muy raras

Dans ce bois passe un jeune homme,
Por el bosque pasaba un joven
un jeune homme frais et beau (c'est moi)
un joven fresco y guapo (soy yo)
Sa main tenait une pomme…
En su mano sostenía una manzana
vous voyez bien le tableau.
podéis imaginar la escena.
«Ah, hola, eh! le beau jeune homme,
«¡Ah, hola, eh! Bello muchacho
beau jeune home, arrêtez-vous,
bello muchacho, detente
et veuillez donner la pomme
y dígnate a darle la manzana
a la plus belle d'entre nous»
a la más bella de las tres»

Évohé! Que ces déesses, etc.

L’une dit: «j’ai ma réserve,
Una dijo: «yo cuento con mi discrección,
ma pudeur, ma chasteté.
mi pudor, mi castidad.
Donne le prix à Minerve:
Dale el premio a Minerva
Minerve l’a mérité»
Minerva se lo merece»


Évohé! Que ces déesses, etc.

L’autre dit : «J’ai ma naissance,
La otra dice: «Yo tengo mi estirpe
mon orgueil et mon paon.
mi orgullo y mi pavo real.
Je dois l’emporter, je pense:
Creo que debería de ganar:
donne la pomme à Junon!»
¡dale la manzana a Juno!»

Évohé! Que ces déesses, etc.

La troisième, ah! La troisième…
La tercera, ¡ah!, la tercera
La troisième ne dit rien.
La tercera no dijo nada
Elle eut le prix tout de même
Ella se llevó el premio
Calchas, vous m’entendez bien!
Ya me entiendes, Calchas

Évohé ! Que ces déesses,


7 de noviembre de 2011

Parejas bien avenidas

Marga Fdez-Villaverde
Seguimos con Lucas Cranach el viejo (1472-1553), que tiene el poco digno apodo de "el viejo" porque tuvo un hijo que también se dedicó al noble arte de la pintura: Lucas Cranach el joven (1515-1586). Como suele decirse, más sabe el diablo por viejo que por diablo, y es que en este caso, como en muchos otros, el viejo le da mil vueltas al joven, que se limitó a copiar el estilo de su padre.

Pero bueno, a lo que íbamos, Lucas Cranach el viejo pintó una serie de cuadritos, de entre 30 y 40 centímetros de alto, en los que ridiculizaba sin escrúpulos a diferentes tipos de parejas que él consideraba "antinaturales", más unidas por la bolsa que por otra cosa. En los tres cuadros, el guapo se aprovecha sin disimulo de la pasta del feo, que con tal de poder echar una cana al aire se deja robar feliz de la vida. Como decíamos el otro día, al hablar de los orígenes del botox, el mundo no ha cambiado tanto. 

Lucas Cranach el viejo, Campesino y prostituta (1525-1530), Hessisches Landesmuseum, Darmstadt
Lucas Cranach el viejo, Hombre joven y anciana (1520-1522), Museo Szépmûvészeti, Budapest
Lucas Cranach el viejo, Mujer joven y anciano (hacia 1530), Museo Kunstpalast, Düsseldorf

5 de noviembre de 2011

Los orígenes del botox

Marga Fdez-Villaverde
Lucas Cranach el viejo, Der Jungbrunnen (La fuente de la juventud), 1546, Staatliche Museen, Berlín

En este cuadro de Lucas Cranah el viejo (1472-1553) podemos ver los maravillosos efectos de la fuente de la juventud (haced clic en la imagen para verla más grande). Esta legendaria fuente quitaba años a cualquiera que se diese un chapuzón en ella. Y eso es lo que hacen los personajes del cuadro: se acercan renqueantes a la fuente por la izquierda, se pegan el remojón en el centro y disfrutan de su recién reestrenada lozanía a la derecha. Cranach utiliza esta composición para que nos resulte fácil "leer" el cuadro, ya que nuestra cabeza, acostumbrada a leer textos, tiende siempre a mirar de izquierda a derecha (ignoro si esta regla será también válida para los analfabetos).

El paisaje está relacionado con el tema del cuadro. A la izquierda, unas rocas áridas (la vejez) y a la derecha, una pradera verde con árboles (la juventud). Como buenos alemanes, todo está perfectamente organizado: un médico de rojo, a la izquierda de la fuente, examina a la gente antes de que se metan en el agua; a la derecha, un señor con bigote, les indica dónde se encuentra la tienda para que vuelvan a vestirse.

Traslado de las abuelitas a la fuente

El doctor examina a las abuelitas

Las abuelitas se pegan un baño...

... y se convierten en rosadas jovencitas

Las chicas se visten y una pareja retoza entre los arbustos

Y lo más curioso... ¿Os habéis fijado que sólo se bañan las mujeres en la fuente? ¿Habría otra fuente para hombres? ¿O es que en los hombres la arruga es bella y en las mujeres no? Realmente, seguimos igual que en el siglo XVI.

El banquete de chicas rejóvenes y señores maduritos

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