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31 de octubre de 2011

El final de Romeo y Julieta

Marga Fdez-Villaverde
Théodore Chasseriau, Romeo y Julieta, segunda mitad XIX, Museo del Louvre, París

Todos conocemos el final de Romeo y Julieta, la inmortal tragedia de Shakespeare que ha servido de inspiración a muchos artistas y músicos. Sin embargo, los lenguajes en que estos artistas cuentan la historia son en ocasiones muy diferentes al original. ¿Cómo se puede adaptar una escena tan famosa al lenguaje de la pintura, la ópera o el ballet sin traicionar el original? ¿Cómo lograr que siga siendo igual de sublime?

Empecemos por admitir que el original de Shakespeare tiene sus gazapillos. Como lectores, hay que tener bastantes tragaderas para creer que un brebaje medieval pueda dejarte las constantes vitales a cero sin matarte... porque es de suponer que Julieta no respiraba ¿verdad? Y si respiraba, hay que hacer otro acto de fe para creer que su familia fue tan estúpida como para no comprobarlo antes de enterrarla. El caso es que Romeo se la encuentra aparentemente muerta en la cripta, se bebe un veneno y se muere, Julieta se despierta, se desespera, se clava una daga y se muere también.

La escena del balcón o la despedida en la habitación de Julieta se han representado miles de veces en la pintura. Pero, curiosamente, el final es un tema mucho menos explotado. Podemos encontrarlo sobre todo en la obra de algunos pintores románticos, como Delacroix o Chasseriau. En el romanticismo, sentían una fascinación morbosa por el tema del amor imposible que sólo puede realizarse plenamente después de la muerte. (Por eso las óperas románticas casi siempre acaban mal.)

Eugène Delacroix, La tumba de los Capuleto, h.1850, Museo Delacroix, París

Tanto la ópera como el ballet tienen el valor añadido de la música, que ayuda a aumentar la tensión dramática. Sin embargo, ha de reducirse el texto: un poco en el caso de la ópera y del todo en el caso del ballet.

En la ópera de Charles Gounod, fue necesario cambiar un poco el final ya que quedaría un poco deslucido que los protagonistas agonizasen por separado cuando podrían morir juntos cantando un bonito dúo. Por tanto, el veneno del Romeo operístico es de efecto lento. Otra pequeña diferencia es que los intérpretes no suelen ser precisamente adolescentes (los cantantes necesitan su tiempo para formarse). Aquí tenéis la escena completa intérpretada por Roberto Alagna y Leontina Vaduva, que se mueren estupendamente (Covent Garden, 1994).


Vídeo de muezzab

Y este es el final del ballet Romeo y Julieta de Sergei Prokofiev, compuesto en 1935, con la impactante coreografía de Kenneth MacMillan de 1965. Aquí se pierde completamente el texto, pero la música y la expresividad de los movimientos es lo suficientemente intensa como para convertir este ballet en otra obra de arte. En este caso, los bailarines son Alessandra Ferri y Ángel Corella (Teatro alla Scala, 2000).


Vídeo de svjeta

¿Con cuál os quedáis?


Marga Fdez-Villaverde / Historia del arte - Gestión Cultural

Autora de los blogs Harte con Hache y El cuadro del día. Organizo visitas a museos y exposiciones en Madrid e imparto cursos online sobre arte.

4 comentarios:

  1. Yo siempre con la ópera. Alagna, tan joven, está espléndido.

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  2. Es que Alagna en esta grabación está insuperable... Creo que es lo mejor que hay de él en vídeo (y eso que el Don Carlos del Chatelet me encanta)

    Por lo demás, yo también me quedo con la ópera

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  3. Pues yo, tropocientos años despues, por llevar la contraria y sin que sirva de precedente, con el ballet.

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  4. Pues yo, tropocientos años después, tengo que confesar que también me he pasado al ballet (en este caso concreto) :-)

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