20 de octubre de 2010

Definitivamente, Goya perdió la cabeza

Francisco de Goya, Autorretrato (1795-1797), Metropolitan Museum, Nueva York

Hay poca gente que sepa que nuestro afamado pintor Don Francisco de Goya y Lucientes yace decapitado en la ermita de San Antonio de la Florida. Y lo que es peor, que a día de hoy sigue sin conocerse el paradero de tan ilustre cabeza.

Goya murió en Burdeos en 1828, donde llevaba varios años exiliado por sus ideas políticas. Aunque en su testamento había pedido ser enterrado en Madrid, en la iglesia de San Francisco, sus huesos fueron a dar al cementerio de Burdeos, compartiendo panteón con su amigo y consuegro Don Martín Miguel de Goicoechea. El caso es que muchos años después, allá por 1880, el cónsul español en Burdeos, Joaquín Pereyra, se topó con la tumba de Goya mientras paseaba por el cementerio y pensó que los restos del pintor deberían descansar en España, y no en un panteón deteriorado, ruinoso y compartido de Gabacholandia.

Francisco de Goya, Goya atendido por el doctor Arrieta (1820), Minneapolis Institute of Art

Así que Pereyra empezó a dar la murga a la administración pública, que ya por entonces adolecía de los mismos vicios que hoy en día. En principio la idea les pareció buena. Se apresuraron a construir un panteón común en la Sacramental de San Isidro -uno de los cementerios madrileños de la época-, en el que reposarían también los restos de otros prestigiosos españoles muertos en el exilio (para ahorrar gastos, ya se sabe). Las obras fueron “rápidas”. En 1886 el panteón estaba listo y ya sólo quedaba solicitar los permisos necesarios para trasladar el cuerpo.

La administración le propone al cónsul Pereyra que busque en Burdeos a algún veraneante español de confianza, y que le pida amablemente que se traiga el cuerpo de Goya a España a la vuelta de sus vacaciones, como una maleta más, para evitar tener que mandar a alguien desde Madrid a recogerlo. Pereyra monta en cólera por tamaña tacañería. No logran ponerse de acuerdo y el asunto se archiva durante un par de años.

En 1888 Pereyra vuelve a la carga. Finalmente consigue los permisos para abrir el panteón de Goya y Goicoechea. Dentro del mismo, encuentran dos cajas sin inscripciones y cuando levantan las tapas ¡oh sorpresa! a uno de los cuerpos le falta el cráneo. Por pura lógica se trataba del féretro de Goya, ya que la caja era la más próxima a la entrada y Goya fue el último en morir.

Y aquí empieza el verdadero lío. El cónsul Pereyra opina que lo mejor es llevarse los dos cuerpos a Madrid, para tener la absoluta certeza de que los restos de Goya vuelvan a España. La administración pública, con su siempre reducido presupuesto, dice que no, que sólo un cuerpo, que traerse a los dos muertos es duplicar gastos. Pereyra insiste. La administración cede un poco: de acuerdo, los dos cuerpos, pero metidos en una sola caja, y que digan que es sólo el de Goya. Pereyra se niega, no quiere arriesgarse a que los familiares de Goicoechea le demanden por sustracción de muerto. Consecuencia: nuevo parón burocrático.

Francisco de Goya, El sueño de la razón produce monstruos (1799)
Grabado nº 43 de Los Caprichos

Cuando el famoso pintor Raimundo de Madrazo pasa por Burdeos en 1891, Pereyra le cuenta la historia. Madrazo se compadece y escribe un artículo en un importante periódico denunciando la situación y comprometiéndose a pagar él los gastos del traslado en caso necesario. Pasan de él olímpicamente.
Tres años después intentan darle un nuevo empujón al tema y vuelven a estancarse en el mismo punto. Pereyra quiere que se lleven los dos cuerpos, la administración dice que sólo uno. El panteón construido para albergar los restos de Goya en Madrid se ha deteriorado después de tanta espera. Toca restaurarlo ¡Típicamente español lo de trabajar dos veces!

En 1899 se logra, por fin, llegar a un acuerdo: deciden meter los restos de los dos difuntos en un mismo ataúd pero separados por dentro en dos cajitas individuales ¡Once años para una solución tan simple! Los restos de Goya, junto con los de Goicoechea, parten hacia España. Pero no se los llevan directamente al nuevo panteón, tampoco hay tanta prisa, mejor dejarlos en la iglesia de San Isidro junto con los de Moratín, Meléndez Valdés y Donoso Cortés, los otros copropietarios del mausoleo, que llevaban allí un porrón de años esperando la llegada de Goya, porque ya sabemos... oficiar un re-entierro común sale más barato que celebrar cuatro por separado. Un año después los restos de Goya-Goicoechea, Moratín, Meléndez Valdés y Donoso Cortés son enterrados finalmente en el mausoleo de San Isidro.

Pero bueno... bien pensado, ¿no sería mejor que Goya descansase en la ermita de San Antonio de la Florida, que es donde pintó esos frescos tan monos? Pues nada, vuelta a cambiarle de sitio. Y así, desde 1919 los restos de Goya y Goicoechea reposan en la ermita de San Antonio de la Florida, donde permanecerán juntitos pero no revueltos, si la administración lo permite, hasta el final de los tiempos.

Samuel R. Wells, Cabeza simbólica del libro How To Read Character (1890)

¿Y qué pasó con la cabeza?

Pues existen dos hipótesis al respecto. La primera dice que Goya dio su consentimiento a su amigo el doctor Lafargue para que una vez muerto le cortase la cabeza y la analizase. En esa época estaban muy de moda los estudios frenológicos, que trataban de relacionar la observación del cerebro con la genialidad y la locura. Por tanto, según esta teoría, Goya habría sido enterrado sin cabeza desde un principio. La segunda hipótesis es que algunos desalmados profanaron la tumba para llevarse la ilustre reliquia.

Dionisio Fierros, ¿El cráneo de Goya? (1849), Museo de Zaragoza
Firma del cuadro de Dionisio Fierros

Y aquí viene el segundo misterio. En 1918, sale a la luz un cuadrito del pintor asturiano Dionisio Fierros, conservado en el Museo de Zaragoza, en el que aparece representada una calavera sin mandíbula. En la parte de atrás del bastidor, están inscritas a mano las siguientes palabras: “cráneo de Goya pintado por Fierros”. La obra está firmada y fechada en 1849, es decir, veinte años después de la muerte de Goya y casi cuarenta años antes de que se abriese su tumba.

Empieza la barra libre de cotilleos sin base documental: que si un nieto de Dionisio Fierros afirma que su abuelo conservaba una calavera en su estudio y que podría haber sido la de Goya, que la viuda de Fierros lo corrobora, que uno de los hijos del pintor, estudiante de medicina, se llevó la calavera a Salamanca para hacer prácticas y la hizo estallar en pedazos en uno de sus experimentos... Suma y sigue.

¿Prófano Fierros la tumba de Goya? ¿Le compró el cráneo del artista a un chamarilero? ¿O sólo sabía de su existencia y se le ocurió pintarla en un cuadro? Si hacemos caso de la inscripción del cuadro, llegaríamos a la conclusión de que mucho antes de que se abriese la tumba de Goya por primera vez, algunos ya sabían que el artista estaba decapitado. Sin embargo, el Museo de Zaragoza propone una solución bastante más sencilla para todo este embrollo: la inscripción de la parte de atrás del cuadro probablemente sea posterior a la fecha de creación del mismo (de hecho, la letra se superpone a una inscripción anterior relacionada con un número de catálogo), y se habría hecho con fines "falsificatorios" para darle más valor económico a esta pintura de una calavera anónima cualquiera.

Trasera del cuadro de Dionisio Fierros
La polémica inscripción

Más información en este enlace: ¿El cráneo de Goya? pintado por Dionisio Fierros. Museo de Zaragoza.

4 comentarios:

  1. Anda! vaya historia más original y curiosa. No tenía ni idea.

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  2. ¡Fíjate! Tanto tiempo anonadada con la pintura de Goya y no saber lo de su cabeza..
    Maravillosa clase, la de ayer, como siempre, Marga.
    Besos y gracias, siempre.

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  3. ¿A qué es una historia rarísima? Yo, cuando la descubrí, no me lo podía creer. Eso sí, en temas de burocracia no hemos evolucionado gran cosa...

    Marga

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  4. Cierto Marga, la burocracia nos hace perder la cabeza.
    je, je, je,je

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