28 de mayo de 2010

Dos sillas, una navaja y una oreja

Vincent Van Gogh, Autorretrato (1889), Museo d'Orsay, París

Érase un pintor llamado Vincent. Vincent era un tipo muy triste que no tenía casi amigos. Aunque pintaba bastante bien, la gente no le compraba cuadros, así que su hermano Theo tenía que darle dinero para que pudiese vivir y comer. Resumiendo: era un mantenido.

Paul Gauguin, Autorretrato con Cristo amarillo (1889), Museo d'Orsay, París

Érase otro pintor llamado Paul, que antes de ser pintor había sido marinero, y luego broker en la Bolsa de París. Paul estaba casado y tenía cinco hijos. Un día salió a comprar tabaco a la Martinica. Tardó más de un año en encontrarlo. Y además debía de ser carísimo porque cuando volvió a París no le quedaba ni un franco.

Vincent y Paul eran amigos. Un día a Vincent se le ocurrió una fantástica idea ¿qué tal si montamos una comuna prehippy de artistas en Arlés? Y allá que se fue con todos sus bártulos, alquiló una casa de color amarillo, dejó todo bien limpito e invitó a sus amigos pintores. Pero todos le daban largas, “oye mira, lo siento mucho pero no voy a poder ir, es que llevo una semana con una lumbalgia terrible”, “vaya hombre, qué lástima, pero es que desde que mi mujer me pilló en la cama con la modelo me tiene atado muy corto”... Todos menos Paul, que como no tenía un chavo, había decidido convertirse también en mantenido de Theo. Y Theo, con muy buen criterio, le mandó a vivir con su otro mantenido para ahorrar en alquileres.

Esta es la casa amarilla de los mantenidos
Vincent Van Gogh, La casa amarilla (1888), Museo Van Gogh, Amsterdam

Vincent estaba tan emocionado con la inminente llegada de Paul que quiso prepararle una sorpresa. Pintó varios cuadros de girasoles para decorar la habitación de su querido amigo.

Vincent Van Gogh, Los girasoles (1888), National Gallery, Londres

Paul Gauguin, Van Gogh pintando girasoles (1888), Museo Van Gogh, Amsterdam

Vincent y Paul trabajaban juntos. Salían al campo y pintaban los mismos paisajes, luego los comparaban y analizaban las diferencias. A veces también retrataban a las mismas personas, como por ejemplo a Madame Ginoux, La Arlesiana:

Vincent Van Gogh, La arlesiana (1888-1889), Metropolitan Museum, Nueva York

Paul Gauguin, La arlesiana (1888), Museo Pushkin, Moscú

En esa época Vincent pintó dos de sus mejores obras: La silla de Van Gogh y La silla de Gauguin, que en realidad son fieles retratos de ambos y testimonio de las dos direcciones que tomaría el arte a partir de ese momento.

La silla de Vincent es amarilla (igual que las tenía en su habitación de Arlés, que también pintó en otro cuadro requetefamoso, sabéis cual digo ¿no?). Sobre el asiento hay un pañuelo con tabaco y una pipa. La silla está pintada a la luz del día. El arte de Vincent, precursor del expresionismo, era como esa silla: sencillo, directo, natural, directamente salido de las entrañas.

Vincent Van Gogh, La silla de Van Gogh (1888), National Gallery, Londres

La silla de Paul es de color rojizo y verde y de formas sinuosas, está iluminada por dos velas y tiene dos libros sobre el asiento. En el suelo, una moqueta de colores. Así era la pintura de Paul, precedente del simbolismo, decorativa e intelectual, meditada y elegante, oscura y misteriosa.

Vincent Van Gogh, La silla de Gauguin (1888), Museo Van Gogh, Amsterdam

Pero nos estamos desviando del tema, volvamos a la historia. No todo era tan idílico en esta amarilla comuna de dos. Vincent y Paul discutían por todo. Que si ese tono es una birria, que si deberías haber pintado ese puente en azul, que si el viento de Arlés es un coñazo, que no tienes ni idea de cocinar, que yo me la pedí primero...

Y como era de suponer, la cosa terminó como el rosario de la aurora. Un día discutieron más de la cuenta. Vincent, auténtico rey del drama, amenazó a Paul con una navaja de afeitar. Paul, harto de tanto teatro, se largó dando un portazo. Y Vincent arrepentido -y posiblemente en un estado de embriaguez bastante lamentable-, se cortó el lóbulo de la oreja derecha, lo envolvió en un pañuelo y se lo llevó a una mujer de vida alegre de la que eran los dos muy “amigos” (pequeños vicios que también sufragaba San Theo).

Vincent Van Gogh, Autorretrato con oreja vendada (1888), Courtauld Gallery, Londres

Paul no quiso seguirle el juego. Fue a avisar al médico y volvió a París. Le dijo a Theo que pasaba de seguir siendo su “mantenido” y se largó en un barco a Tahití, donde vivió feliz y contento el resto de sus días, rodeado de morenitas despechugadas que se dejaban pintar... y hacer otras cosas.

Y colorín colorado la historia de Vincent y Paul se ha acabado.

7 comentarios:

  1. Pero esto es un culebrón en toda regla... Podrían haber sido un matrimonio de esos que se conocen demasiado bien y ya no se soportan.

    Desde luego, a veces la realidad tiene menos glamour que lo que conocemos de ella, pero qué quieres que te diga, chica, a mí me gusta más así.

    Y me encanta cómo lo cuentas.

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  2. ¡Gracias Cris!
    En las vidas de los artistas siempre hay cotilleos dignos de las mejores telenovelas... Y si nos paramos a pensar, en las nuestras seguro que también.

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  3. hay q hacer algo por el sacrosanto nombre d Theo
    como beatificarlo o algo, como santo patrono d los artistas incomprendidos y mantenidos

    dsd ahora Theo es my hero!!!

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  4. Venga, vamos a mandar una solicitud de canonización al Vaticano, a ver si hay suerte... aunque no sé si contará como labor humanitaria el pagarles (indirectamente) los vicios sexuales a los grandes artistas.

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  5. ¡Me ha encantado la forma en que has contado su historia! Realmente su amistad fue bastante peculiar, y bueno, la paciencia de Theo... ¡infinita! ¡Yo también apoyo su canonización!
    Me gusta mucho cómo contáis las cosas, por eso os hago referencia algunas veces en mi blog Arte para ti, ¡que tiene unos propósitos muy parecidos a los vuestros! Por supuesto os invito a que lo visitéis, ¡nos haría mucha ilusión!
    http://arteparati.wordpress.com/
    ¡Un abrazo!

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  6. A mi tambien me ha caido en gracia la forma en que has contado esta historia. Sin embargo, pienso que ni Vincent ni Paul eran unos mantenidos por cuanto les vendian sus pinturas a Theo que era un comerciante de arte. Theo como buen hermano, coleccionista y comerciante, compraba sus pinturas por que pensaba, quizas, que en algun momento recuperaria su capital vendiendolas a futuro, o sino, en el peor de los casos, tendria un buen recuerdo de su querido hermano y de Paul en su coleccion particular. No se equivoco del todo en hacerlo por que cuando murio, y gracias a su esposa y a su hijo, el arte de Vincent cobro su justo prestigio y valor, y ahora si quiere uno comprar uno de sus cuadros tiene que ser un millonario, o si quiere apreciarlos solamente puede hacerlo en su Museo Van Gogh o en algun otro museo que los muestre. Un abrazo

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  7. Gracias Jaime por tus apreciaciones. Es cierto que Theo tenía buen ojo artístico y sabía que tanto Van Gogh como Gauguin serían apreciados tarde o temprano. Lo que pasa es que no pudo disfrutar de ello, porque murió al poco tiempo de la muerte de su hermano. Su mujer y su hijo supongo que sí que podrían vivir de ello... Fue un buen hermano, de eso no hay duda. Y las ayudas a Gauguin fueron sobre todo por agradar a Vincent, que era su amigo.

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