22 de enero de 2009

Aplaudidores profesionales

El oficio de aplaudidor profesional es tan antiguo como el de las plañideras. Desde la antigüedad era habitual pagar a profesionales para que aplaudiesen en los espectáculos públicos (de hecho, parece ser que el emperador Nerón fundó un escuela de aplausos). Esta costumbre, denominada claca, ha sido muy frecuente en la ópera.


En 1820 se abrió en París la primera agencia profesional de claca, llamada "L'Assurance des Succes Dramatiques", que envíaba a un chef de claque (jefe de aplausos) junto con su grupo de claqueurs (aplaudidores) donde pidiese el cliente. Había aplaudidores de distintos tipos:

Los tapageurs, que aplaudían enfervorizados.
Los pleurers, que olían sales para provocarse lágrimas de "emoción".
Los connaiseurs, que lanzaban sabias exclamaciones de aprobación.
Los bisseurs, que gritaban "¡otra! ¡otra!" para pedir repeticiones.
Los commisaires, que se estudiaban bien la obra y hacían comentarios durante los descansos.
Los rieurs, que se reían ruidosamente.
Los chauffeurs, que iban caldeando el ambiente, haciendo comentarios favorables antes y después de la función.

La lista de precios variaba, dependiendo del especialista que se quisiera contratar. Esta es una tarifa italiana de 1919:

Aplauso para la entrada de un caballero: 25 liras; para la entrada de una dama: 15 liras; aplauso ordinario durante la función: 10 liras; insistente: 15-17 liras según la intensidad; interrupciones con "Bene!", "Bravo!": 5 liras; un bis o repetición: 50 liras; entusiasmo desbordante: suma a discutir.

Hoy sigue siendo una práctica más o menos habitual... aunque los precios, evidentemente, han subido. ¿Sabe alguien dónde se apunta uno?

11 de enero de 2009

De quita y pon

La gran ilusión de Peggy Guggenheim fue crear un museo de arte contemporáneo en el que poder exponer su magnífica colección. Lo intentó en Londres y en Nueva York, pero al final se decidió por Venecia, donde compró un precioso palazzo a orillas del Gran Canal. Allí vivió los últimos años de su vida, dejando que la gente visitase su maravillosa casa museo.

En la terraza que da al Gran Canal coloco una provocadora escultura de Marino Marini: un jinete montado a caballo, con los brazos extendidos, señalando descaradamente al canal (y no precisamente con el dedo). El autor hizo fundir el elemento apuntador por separado, para poder enroscarlo y desenroscarlo cuando fuese necesario.

Los días de fiesta en los que las monjas salían en lancha por el Gran Canal, o cuando recibía en casa visitas especialmente conservadoras, Peggy desenroscaba el pito y lo guardaba en un cajón. Como cuenta en sus memorias, por Venecia corría el rumor de que tenía aparatos de diferentes tamaños que iba alternando a placer.

Marino Marini, El ángel de la ciudad (1948), Museo Peggy Guggenheim, Venecia