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17 de mayo de 2009

San Cristóbal, ex-santo y perro

Marga Fdez-Villaverde
Lucas Cranach, San Cristóbal (h. 1514), Colección Thyssen MNAC, Barcelona

"Ex-santo" porque la iglesia católica decidió borrarle del santoral a fines de los años sesenta, cuando pusieron en duda que el personaje fuese algo más que una leyenda (lo raro es que creyesen que era un personaje histórico durante tanto tiempo).

Pues bien, este señor, que antes de llamarse Cristóbal se llamaba Réprobo, era un gigante cananeo que deseaba ponerse al servicio de la persona más poderosa del mundo. Empezó con un rey pero al ver que este rey temblaba ante el diablo, le abandonó para servir a Satán, al que también abandonó cuando descubrió que tenía miedo de Cristo (un sirviente "nada" chaquetero). Mientras vagaba buscando a su futuro señor, llegó a un río peligrosísimo que la gente no se atrevía a cruzar. Réprobo, que en el fondo era un buenazo, decidió quedarse allí para ayudar a los viajeros a cruzar esas terribles aguas.

Un día apareció un niño pequeño que le pidió ayuda para pasar al otro lado. Réprobo, se lo cargó a los hombros y empezó a atravesar el ríó como hacía siempre, pero a medida que avanzaba notaba que el niño le iba pesando más y más, y que poco a poco se iba hundiendo. Cuando llegó a la otra orilla, completamente agotado, el niño -que resulta que era el niño Jesús- le confesó que acababa de cargar con todo el peso del mundo sobre sus hombros. En agradecimiento, le cambió el nombre por Christophoro (o Cristóbal), que en griego significa "el que lleva a Cristo", e hizo florecer el tronco que usaba el gigante como bastón, convirtiéndolo en una especie de palmera con dátiles.

San Cristóbal es un personaje fácil de identificar en el arte: un señor con barba, un bastón florido y un niño sobre los hombros. En el arte medieval, a veces se le representa con unos pequeños hombrecillos enganchados en el cinturón, que no son otra cosa que los viajeros que transporta por el río. A destacar, aparte de estos muñequitos, los peces que tiene en las piernas para representar el río y su delicioso estrabismo.

Anónimo español, Retablo de San Cristóbal (finales XIII), Museo del Prado, Madrid

Anónimo español, Retablo de San Cristóbal (detalle)

En algunas representaciones, puede aparecer incluso con cabeza de perro. Hay quien dice que esta tradición procede de una mala transcripción de la palabra "cananeus" (de Canaan) como "canineus" (canino)... Como sea así, el disléxico que se equivocó debe estar partiéndose de risa en su tumba.

Anónimo bizantino, San Cristóbal (siglo XVII), Museo Bizantino, Atenas

12 de abril de 2009

Una Carmen sin voz

Marga Fdez-Villaverde
Probablemente Carmen sea una de las óperas más famosas de todos los tiempos. Cualquiera podría reconocer, como mínimo, dos o tres de sus archiconocidas melodías. Esta ópera, compuesta por Bizet en 1875, está basada en una novela de Prosper Merimée. Sin embargo, la versión operística logró eclipsar a la novela original.

La ópera de Bizet es tan, tan, tan famosa que en los inicios del cine se hicieron varias películas ¡¡¡MUDAS!!! sobre esta inolvidable femme-fatale y todas ellas basadas en la ópera de Bizet, más que en la novela del pobre Merimée. Una de las primeras películas es la Carmen de Cecil B. DeMille, de 1915, protagonizada por una cantante de ópera muy conocida en la época: Geraldine Farrar. Aunque, evidentemente, no eran versiones cantadas, lo habitual era que los músicos locales interpretasen las melodías de Bizet como acompañamiento durante la proyección.

Este es el final de la película de DeMille, con la guapísima Geraldine Farrar como Carmen. La gitana ha abandonado al bandolero Don José, su anterior amante, por el torero Escamillo. Don José, que sigue loco por ella y está dispuesto a recuperarla cueste lo que cueste, la sigue hasta la plaza de toros para tratar de convencerla. Pero Carmen es una mujer de armas tomar y prefiere morir antes que perder su libertad.


Vídeo de Pablojvayon

6 de febrero de 2009

El sentido del humor de Puccini

Marga Fdez-Villaverde
Puccini a camello en el centro, entre el otro camello y el burro.

Carta del compositor Giacomo Puccini a su hermana Ramelde, escrita desde Egipto, donde estaba pasando unos días de vacaciones con su mujer Elvira en 1908:

"Las pirámides, camellos, turbantes, puestas de sol, sarcófagos, momias, escarabajos, colosos, columnas, tumbas de los reyes, barcas en el Nilo, un río que no es más que nuestro freddane agrandado, los feces, las largas batas que usan los hombres, los negros, los mulatos, las mujeres con velos, el sol, la arena amarilla, los avestruces, los ingleses, los museos, los arcos al estilo de Aida, los Ramsés I, II, III, etc., el fértil limo del Nilo, las cataratas, las mezquitas, las moscas, los hoteles, el valle del Nilo, los ibis, el búfalo, los insistentes vendedores callejeros, el olor de las frituras, los minaretes, las iglesias coptas, el árbol de la Virgen María, los transbordadores de Cook, asnos, caña de azúcar, algodón, acacias, sicomoros, café turco, bandas con flautas y tambores, procesiones religiosas, bazares, danzas del vientre, gallos, halcones negros, bailarinas, derviches, levantinos, beduinos, kedives, ahebes, cigarrillos, narguiles, hachís, esfinges, la inmensa Fta (el canto del sacerdote en la escena final del Aida de Verdi), Isis, Osiris. Todos me han hinchado los huevos y el día 20 me voy de aquí para descansar un poco. Ciao. Tu egiptólogo."

Extraída de la biografía "Puccini", de Peter Southwell-Sander, editorial Ma non troppo, 2002.

22 de enero de 2009

Aplaudidores profesionales

Marga Fdez-Villaverde
El oficio de aplaudidor profesional es tan antiguo como el de las plañideras. Desde la antigüedad era habitual pagar a profesionales para que aplaudiesen en los espectáculos públicos (de hecho, parece ser que el emperador Nerón fundó un escuela de aplausos). Esta costumbre, denominada claca, ha sido muy frecuente en la ópera.


En 1820 se abrió en París la primera agencia profesional de claca, llamada "L'Assurance des Succes Dramatiques", que envíaba a un chef de claque (jefe de aplausos) junto con su grupo de claqueurs (aplaudidores) donde pidiese el cliente. Había aplaudidores de distintos tipos:

Los tapageurs, que aplaudían enfervorizados.
Los pleurers, que olían sales para provocarse lágrimas de "emoción".
Los connaiseurs, que lanzaban sabias exclamaciones de aprobación.
Los bisseurs, que gritaban "¡otra! ¡otra!" para pedir repeticiones.
Los commisaires, que se estudiaban bien la obra y hacían comentarios durante los descansos.
Los rieurs, que se reían ruidosamente.
Los chauffeurs, que iban caldeando el ambiente, haciendo comentarios favorables antes y después de la función.

La lista de precios variaba, dependiendo del especialista que se quisiera contratar. Esta es una tarifa italiana de 1919:

Aplauso para la entrada de un caballero: 25 liras; para la entrada de una dama: 15 liras; aplauso ordinario durante la función: 10 liras; insistente: 15-17 liras según la intensidad; interrupciones con "Bene!", "Bravo!": 5 liras; un bis o repetición: 50 liras; entusiasmo desbordante: suma a discutir.

Hoy sigue siendo una práctica más o menos habitual... aunque los precios, evidentemente, han subido. ¿Sabe alguien dónde se apunta uno?

11 de enero de 2009

De quita y pon

Marga Fdez-Villaverde
La gran ilusión de Peggy Guggenheim fue crear un museo de arte contemporáneo en el que poder exponer su magnífica colección. Lo intentó en Londres y en Nueva York, pero al final se decidió por Venecia, donde compró un precioso palazzo a orillas del Gran Canal. Allí vivió los últimos años de su vida, dejando que la gente visitase su maravillosa casa museo.

En la terraza que da al Gran Canal coloco una provocadora escultura de Marino Marini: un jinete montado a caballo, con los brazos extendidos, señalando descaradamente al canal (y no precisamente con el dedo). El autor hizo fundir el elemento apuntador por separado, para poder enroscarlo y desenroscarlo cuando fuese necesario.

Los días de fiesta en los que las monjas salían en lancha por el Gran Canal, o cuando recibía en casa visitas especialmente conservadoras, Peggy desenroscaba el pito y lo guardaba en un cajón. Como cuenta en sus memorias, por Venecia corría el rumor de que tenía aparatos de diferentes tamaños que iba alternando a placer.

Marino Marini, El ángel de la ciudad (1948), Museo Peggy Guggenheim, Venecia

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