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17 de septiembre de 2008

Y Joanna creó el mundo (El origen del mundo de Courbet)

Marga Fdez-Villaverde
“Mientras retiraba el velo, se quedó estupefacto al descubrir una mujer de tamaño natural, vista de cara, extraordinariamente emocionada y convulsa, definida intensamente, reproducida “con amore”, como dicen los italianos, y dando la última expresión del realismo. Sin embargo, por un descuido inconcebible, el autor que había copiado el modelo al natural había olvidado representar los pies, las piernas, los muslos, el vientre, las caderas, el pecho, las manos, los brazos, los hombros, el cuello y la cabeza.”  Maxime Du Camp, Les convulsions de Paris, 1878

Esta es la irónica descripción que hizo el escritor francés Maxime Du Camp de un cuadro que había visto en casa de un rico musulmán, oculto tras una tela verde. La obra en cuestión era L'origin du monde (El origen del mundo) de Gustave Courbet. El título no puede ser más descriptivo y sugerente.

Courbet - El origen del mundo
Gustave Courbet, L'origine du monde (1866), Museo d'Orsay, París

Courbet, uno de los máximos representantes del realismo en Francia, pintó este cuadro en 1866. Se cree que fue un encargo que le hizo el diplomático turco Khalil-Bey para su colección privada de arte erótico, de la que también formaban parte El baño turco de Ingres y El sueño de Courbet. Tras pasar por varias manos, la obra llegó finalmente al Museo d'Orsay en 1995.

Se ha especulado mucho acerca de quién pudo ser la mujer que posó para la obra. La teoría más extendida es que se trata de la pelirroja Joanna Hiffernan, una joven irlandesa, amante del pintor norteamericano James McNeill Whistler, que era discípulo y amigo de Courbet. Joanna había posado para algunas obras de Courbet en aquella época y según parece, poco después de que pintase El origen del mundo, la amistad de ambos artistas se rompió bruscamente y Whistler regresó a los Estados Unidos. (Cosa harto comprensible, porque una cosa es pintar retratos de la novia de tu amigo, pero vender sus intimidades a un tercero quizás sea abusar un poco.) Entonces, ¿Joanna era pelirroja de bote? Pues no. Se cree que Courbet prefirió pintar el vello púbico de la chica en un tono mas “corriente”, para darle mayor realismo a la obra e impactar con más fuerza en el espectador. Teniendo en cuenta que hoy en día sigue siendo un cuadro bastante turbador, imaginemos lo que debió ser en el siglo XIX, cuando los pintores todavía tenían que recurrir a temas mitológicos para legitimar los desnudos.

Para acabar, os dejo con un par de retratos de la pelirroja Jo: Sinfonía en blanco nº2 de Whistler (que como puede verse estaba enamoradísimo de ella) y La bella irlandesa de Courbet (maestro del realismo, ejem).

James McNeill Whistler, Symphony in White, No.2 (1864), Tate Britain, Londres

Gustave Courbet, La bella irlandesa (1865), Metropolitan Museum, Nueva York

En mi otro blog, El cuadro del día, podéis encontrar comentadas algunas de las obras relacionadas con esta historia:
Gustave Courbet, Le sommeil
Gustave Courbet, Jo, la bella irlandesa
James McNeill Wistler, Sinfonía en blanco nº1

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